Footprints

Capítulo 7

—¿Cómo es posible que estén así? —masculló arrugando su pequeña nariz.

Mi profesora de física me había retenido en el aula nada más tocar el ultimo timbre del día y dios..., quería desaparecer de allí cuanto antes. Odiaba que me mirasen de aquella manera. Una entre decepción e impaciencia.

—Profesora Davis, si no me voy ahora, perderé el autobús...

Ella me evitó al seguir zarandeando el papel que tanto me había costado entregarle cuando me lo pidió. Mis mejillas ardían de la vergüenza al imaginar lo que debía haber pensado al corregirlos.

—La mitad de los ejercicios están incompletos. Y la otra mitad ni siquiera están bien.

—Solo necesito un poco más de tiempo. No... no he podido terminarlos.

¿Qué tal un no sabía hacerlos? No, nunca me lanzaba a decirlo.

—Grace, contigo estoy haciendo todo el tiempo excepciones. Y si por lo menos prestaras algo de atención en mi clase podría volver hacerlo, pero no es el caso. Lo siento, tendré que dar parte de esto pronto.

Mordí mis carrillos para más tarde suspirar con resignación. No tenía nada que decir porque en el fondo era cierto. La mayoría de los profesores no solían hacer la vista gorda conmigo, pero si algo caracterizaba a la de física es que solía dar más oportunidades.

El primer semestre ya había comenzado y debía tener más cuidado con las otras asignaturas. Logré hacer casi todos los deberes a tiempo, excepto estos, sabiendo que tal vez podría librarme. Estaba claro que me equivocaba. Lo estaba viendo en sus ojos; No más tiempo ni oportunidad para ti.

Aunque aquellos ejercicios no había quien los entendiese y más yo, alguien que aborrecía la materia. Lo intenté durante todo el fin de semana y solo conseguí hacer la mitad y por lo visto, mal.

Agarré mis desastrosos deberes y me retiré corriendo hacia la parada del autobús. Me había quedado sin la única profesora que me daba algo de tregua y eso, sin duda, me iba a dar problemas.

¿Debería llamarla?

Desde que había llegado a casa no paraba de contradecirme. En el fondo, me apetecía. Me apetecía quedar con alguien. Joder, claro que me apetecía. Durante toda mi vida había querido salir por allí con alguien y nunca había podido.

Pero todavía tenía deberes y tampoco la conocía tanto. Además, seguramente tendríamos que meternos en el centro de la ciudad y eso podía ser peligroso.

Dios... si tantas ganas tenía ¿por qué estaba poniéndome tantas excusas?

Eran las cuatro de la tarde. Mis padres volverían a las siete lo que me dejaba tres horas para ir y volver sin problema. No es que no quisiese contárselo, es que no quería molestarles. Ahora mismo seguro que estaban inmersos en el papeleo y el orden de las bodegas.

Aun con el móvil en mis manos me paseé por quinta vez por el cuarto notando el roce de mis medias. Estas acabaron raspándome la planta del pie de tanta frotarlas con indecisión contra el suelo. El número ya estaba marcado y me había tomado mi tiempo en registrarlo con su nombre.

No dejaba de pensar en todo la tarea que tenía, pero por otro lado necesitaba pasar el tiempo con alguien. Hablar y dejar de pensar en lo mismo y en... Miles.

No le di más vueltas.

Mi dedo cayó sobre la pantalla y llevé con lentitud el altavoz a mi oreja. Dio tres tonos.

—¿Sí?

Se escucharon ruidos al otro lado. Como si estuviera buscando algo con impaciencia.

—Hola —carraspeé —. Soy Grace.

Hey, ¿qué tal?

—Bien. —Atrapé el largo de mi falda fruncida y rasqué mis dedos en ella antes de preguntar con voz rasposa—: ¿Aun quieres que vaya a tu estudio?

Hubo una pequeña pausa.

—Sí, claro. Mándame tu ubicación y me paso a buscarte.

Colgó. Solté todo el aire retenido. No sabía porque estaba así de atacada. Es verdad que no solía salir mucho. Solía pasear por los terrenos, pero nunca más lejos.

Si mis padres se enteraban de que me había ido sin decirles nada... Decidí que lo mejor sería llamarles así que marqué el número de mi padre a toda prisa. Los tonos se repitieron y alargaron hasta que no hubo ninguno más. Volví a llamar, esta vez con el de mi madre. Nada. Bueno, lo había intentado.

Le mandé la ubicación a Kacey y durante la espera procuré calmar mis nervios. Abrí y cerré varias veces mis manos sudadas matando el tiempo. Busqué mi chaqueta de franela a cuadros y me la puse en tanto que me dirigía al baño para peinarme. Esta vez cerré mi fino flequillo dejando que abarcase toda mi frente y deje mi pelo como antes, aparcado a la altura de mis hombros. Mis azules ojos se movieron por todo el espejo. En su brillo se veía el dilema aun presente.

Antes de arrepentirme y anular todo, el pitido de una bocina me informó de su llegada. Me calcé con mis botas de cuero negras y agarré una pequeña mochila en la que metí las llaves y el teléfono.

«Venga..., no es para tanto. Tengo que relajarme».

Nada más llegar a la entrada encontré un jeep de tres puertas aparcado enfrente y de cabeza a la salida. De un color gris plomizo y con unas llantas gordas y repletas de polvo. Me acerqué hasta la ventanilla abierta del asiento de copiloto quedándome afuera. Kacey agarro con un solo brazo el volante. Giró e inclinó la cabeza al sonreírme.




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