Footprints

Capítulo 24

Un puto esguince. Le había hecho un esguince a Myrcella Roberts.

Y no uno cualquiera, uno de grado III. Nadie se atrevería a hacerle eso a ella. Al caer sobre mi cuerpo aquella tarde, su pie se torció y al parecer unos ligamentos se le rompieron o... algo así. Lo busqué por internet, pero ya ni me acordaba de lo grave que era.

Con la vuelta a clases pude verla con unas muletas. También eran visibles sus ganas de querer asesinarme. Lo sabía porque es lo que estaba pasando justo ahora.

Ella estaba al otro lado del pasillo. La gente andaba y hablaba enérgicamente, mientras esos ojos grises me fulminaban rabiosos. Hasta echaban chispas. Aguanté todo lo que pude mis ganas de rascar mi pantalón por esa maldita manía mía.

«No, no estoy nerviosa», me dije.

«No ha sido mi culpa. Ha sido un accidente».

Myrcella hoy tenía el pelo recogido y desordenado, nada que ver con la impecable coleta alta que siempre llevaba. También había algo nuevo y muy notable; su pantalón de chándal estaba rajado por la pierna derecha para dejar sobresalir la escayola. 

Intentaba esconderme en la puerta de mi taquilla. Hasta llevaba la capucha de mi chaqueta con tal de pasar desapercibida. Solo venía por mi libro de mates así que me apresuré en recogerlo.

Al cerrar la taquilla me topé con ella y con su cara de «me has jodido la vida». Pegué un brinco.

Mierda... Pues para llevar muletas se había acercado muy rápido.

—Hola—tosí—. ¿Cómo estás?

Me respondió ladeando la cabeza y estrechando de nuevo esos ojos con hostilidad.

—¿Cómo llevas...?

—Cállate —cortó.

Lo hice.

—No sabes las ganas que tengo de sacudirte ahora mismo —expresó. A pesar de intentar apretar su mandíbula, a ratos le temblaba. 

Miré disimuladamente a mi alrededor en busca de ayuda.

La había visto enfadada de todas las maneras posibles, pero lo que estaba presenciando en ese momento no se ajustaba a ninguna de ellas. Era peor que todas las anteriores.

No sabía que decir. Le había pedido disculpas varias veces, pero no aceptaba mi perdón. Entendía su enfado. Era una deportista muy entregada. Y por eso mismo no me fiaba de ella ni de lo que me podía hacer.

—Lo siento —repetí.

—¿Crees que con eso mi pie se va a curar? ¿Crees que con tus disculpas vas a arreglar esto? Es muy probable que no pueda entrenar hasta dentro de dos meses ¿Sabes lo que significa eso? —Apretó con saña las manos contra sus muletas y siseó—: Me estoy jugando mi puta beca deportiva. ¡Prácticamente ya no la tengo!

Sus gritos hicieron que las demás personas del pasillo nos miraran por un momento y después murmuraran.

—Te recuperaras a tiempo —dije con optimismo. Como imaginé, ella resopló.

—Pero no lo suficiente para cuando llegue el torneo. No lo suficiente para ser la mejor.

Respiré muy hondo antes de decir, seria:

—Myrcella, sabes que no fue algo intencionado. ¿Qué quieres que te diga?

—No quiero que digas nada —escupió—. Seguro que ni te importa. No todos tenemos unos padres dueños de unos viñedos y dinero de sobra. Por si no lo sabías, hay gente que no puede pagarse la uni.

—Oye, eso no...

—Te la pienso devolver —amenazó entre dientes. Y podía asegurar a cualquiera que esa mirada significaba que..., «oh sí, lo cumpliría».

No perdió el tiempo y se fue a un ritmo lento con sus muletas. Justo cuando Kacey venía hacia mí. Pasó por lado de Myrcella y frunció el ceño.

—Dios, tu compi casi me asesina con la mirada —susurró mi amiga, ajustando su vestido de tubo a cuadros azules y sus medias carne. 

Comenzamos a caminar por el pasillo.

—Cada segundo del día me hace lo mismo—respondí.

—Es normal, le has jodido el pie. —Se encogió de hombros.

—¡Fue un accidente!

Rio un poco sin contestarme. Había dicho esa frase un millón de veces desde que la gente se enteró del incidente.

Cuando cruzamos otro pasillo, le llegó un mensaje a Kacey. Decidió ignorarlo. Otras tres vibraciones volvieron a sonar por lo que no tuvo otra opción que revisarlo. Se mordió el labio al leerlos. La observé todo el tiempo, inquisitiva.

—¿Estas bien? —La veía perdida.

—Sí, sí.

Agitó un poco la cabeza, despertando.

—Bueno... ¿no me vas a hacer un update de Miles? —Sonrió picara cambiando de tema.

Aun desconfiando de su respuesta, busqué darle la mía.

No solía haber muchas cosas nuevas que contarle de nosotros. A ver sí que había cosas novedosas: como esos besos o cuando, de vez en cuando, le cogía de la mano y él no la apartaba; solo sonreía a medias y daba un suave apretón.

Sentía que era algo íntimo y no quería compartirlo por mucho que fuera mi amiga. Y aunque fueran acciones que parecían tan comunes, para nosotros tenían un gran peso y había que tener cuidado. Mucho cuidado.




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