Footprints

Capítulo 30

Estaba cabreada con el mundo. Lo dejaba muy claro por cómo me comportaba, por como hablaba, por como miraba a la gente. Si antes me limitaba a parecer neutral en mi ambiente académico, ahora no me cansaba en lanzar miradas que podían matar.

Pero me daba igual. Estaba harta.

Me coloqué mis nuevos cascos en el cuello cuando me adentré a primera hora por las puertas del instituto. Eran de esos muy grandes y con bluetooth. Ahora los cuidaba mucho más de lo normal pues eran de Kacey. ¡Me los había regalado!

Estuve a punto de no aceptarlos, pero cuando me dijo: «considéralo un adelanto por tu cumple», me morí por dentro. En mi cumpleaños nunca me habían regalado algo. Alguien que no fueran mis padres, quiero decir. Estaba muy segura de que solo me los había dado para animarme. Y lo había conseguido, en serio.

Y podía prometer que había intentado animarme a mí misma. Incluso algunos días intenté practicar sola a escondidas en mi cuarto para activarme y dejar de sentirme como si no fuera nada. No obstante, ahora el dolor y la pereza habían ido mucho más allá. Era inexplicable y una grandísima putada. La dejadez que presentaba no era una a la que estaba dispuesta a luchar y cambiar. Simplemente no la tocaba; la mantenía y vivía con ella.

Además, eso me hizo darme cuenta de que el baile era simplemente el hobbie que había conseguido para escapar de mi realidad. Algo con lo que mi corazón no se sentía lleno pero sí sosegado. Algo que me hizo conectar mucho más con Kacey, una primera amiga que había tenido en mis dieciocho años y que esperaba que siguiese siéndolo muchos años más.

Arrastré mi aburrido cuerpo por los pasillos sin ninguna intención de disimular. Fui a dar la vuelta a la esquina hasta que me choqué con un cuerpo. Cuando vi quien era me apresuré en agarrarla para que no cayera de espaldas. Lo que me faltaba es que se volviese a hacer daño por mi culpa...

—Quita —siseó deshaciéndose de mi agarre y aferrándose muy fuerte a su muleta. Ahora podía andar con solo una, pero seguía cojeando y tenía un ligero vendaje que sobresalía por sus pantalones holgados.

Evité ese tono. Entendía por qué estaba enfadada, pero estaba a punto de explotar porque ya no la aguantaba más. Era demasiado ver como cuchucheaba a mis espaldas, contándole a todo el mundo lo que le había hecho. En su versión no aparecía la palabra «accidente», que era lo que realmente había pasado.

Vale, el torneo ya había llegado. Había llegado y ella no iba a poder participar. Creí que ya se habría curado, que podría jugar. Hasta la vi varias veces tratar de entrenar con la profesora de gimnasia para poder estar lista a tiempo. Sin embargo, me dijeron que no iba a acudir al torneo.

—Solo intentaba ayudarte —dije, cansada, alejándome un paso.

Me observó de mala gana.

—¿Quieres ayudarme? No vuelvas a cruzarte en mi camino.

De la nada tocó mis auriculares por alguna extraña razón. Tal vez solo quiso darme un empujón en el pecho, seguro para cabrearme. Aun así, me alejé un paso y los agarré por un momento, protegiéndolos.

Le eché la peor de las miradas y esta vez le gané. Nadie tocaba mis cascos. Bueno, casi nadie. Kacey sí podía. Pero nadie más. Y mucho menos estos. Mejor dicho: «y mucho menos Myrcella».

Al ver mi reacción, bufó y se fue. Me limité a seguir mi camino. Iba a encontrarme con Kacey en el ala donde estaba su taquilla. Aun podíamos charlar unos cuantos minutos antes de que sonase el timbre.

Justo cuando llegué a su lado ella cerró la taquilla de un golpe.

—Ey, ey, ey ¿Qué pasa?

Se giró y echó su pelo hacia atrás antes de suspirar.

—Nada.

Volvió a abrir la taquilla. La revolvió de arriba abajo hasta que encontró su paquete de chicles de mango. Se llevó uno a la boca y lo masticó con violencia. De nuevo, cerró la puerta con fuerza. Algunos compañeros nos miraron de reojo.

—Vale, estas muy irascible —comenté—. Pareces yo.

Acabó apoyándose en el taquillero para mirarme de lado. Se cruzó de brazos y habló más calmada.

—Perdón, es que estoy muy frustrada últimamente.

—¿Y eso tiene que ver con el nombre «Brianna»?

En nuestras llamadas me ponía al tanto de cómo estaban para no tener que lidiar con todo ella sola. Después de volver a hablar con Brianna, iban poco a poco e intentaban volver a estar como antes. Pero Kacey seguía sintiendo que no era lo mismo. Cada mirada en el estudio, cada roce en el hombro que Brianna le daba antes de despedirse y la tensión que había cuando Kacey a veces la llevaba al estudio, no la ayudaban a calmar sus pensamientos.

—No, estamos bien. Ya sabes hablamos y eso. No tanto como antes, pero no estamos tan distanciadas. Ya no la evito tanto.

Tras hablar un poco más del tema y decirle que no tenía que pensar todo de golpe y que se diese tiempo, me acordé de algo.

—Oye, pasado mañana abren una pizzería nueva cerca del parque. ¿Vamos juntas?

—¿No sigues castigada?

—Sí, pero, joder, ¡necesito salir de casa!




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