Pueblo del Cuical, Reino de la Nueva españa 1805
Atlolic Guia de almas:
Me gustaban las tardes tranquilas, esas en las que salía de mi choza a montar mi pequeño puesto de baratijas: una mesa de madera, un mantel gastado y mi vieja silla; el sol de la mañana cayendo tibio sobre mis manos y, al caer la tarde, la brisa colándose entre los árboles como un suspiro. Pero ese dia no es uno de esos ellos.
Vendo toda clase de objetos. No diré cómo llegan a mis manos —ni siquiera yo lo sé—, pero la mayoría de las veces sus dueños se deshacen de ellos conmigo a cambio de arroz, maíz o un par de monedas. No acepto piezas robadas, pero sí aquellas que cargan algo más pesado que el tiempo: mala energía. Ese es mi trabajo, purificarlos, limpiarlos de lo que no les pertenece para que, cuando sus dueños regresen por ellos, no se lleven también los viejos rencores.
Acababa de correr al mismo cliente por quinta vez en el día. Amenazaba con traer a los guardias, con la voz inflada de orgullo, insistiendo en llevarse una bandeja de plata por dos monedas. No era por el dinero; yo no lo necesitaba. Esa bandeja tenía dueña, y volvería por ella en unos días, cuando regresara de su largo viaje. Ya lo había hecho antes, en otra vida, cuando la vendió para pagar las medicinas de su padre. Las cosas siempre encuentran el camino de regreso a donde pertenecen.
Cuando el hombre por fin se fue, arrastrando su enojo, el silencio volvió a acomodarse a mi alrededor. Me dejé caer en la silla, pero el alivio duró poco; la madera se clavaba en mis huesos, este cuerpo envejecido ya no me servía como antes. Me levanté despacio para estirarme… y entonces lo vi: un viejo dios. Deambulaba por la plaza como una sombra que nadie reclamaba, encorvado, con la mirada perdida, como si aún esperara que alguien lo nombrara. Nadie lo hacía. Nadie lo veía. Sus hijos lo habían olvidado.
Los pobladores ya no miraban al cielo como antes. Habían cambiado a sus dioses por otros del exterior, por promesas traídas en barcos, acompañadas de hierro y fuego. Aquellos que nacieron siendo hijos de la tierra, del sol, de la luna, del agua y de las flores aprendieron a inclinar la cabeza ante nombres ajenos, y los antiguos fueron borrados. Ahora vagaban, condenados a existir sin voz, implorando ser recordados, no con los ojos, sino con algo más profundo que ya casi nadie usaba: el corazón. Algunos fueron enterrados, otros olvidados, pero yo sabía algo que ellos no.
Un día, cuando los hombres volaran con alas de metal, cuando el mundo fuera otro, sus hijos regresarían. Escucharían otra vez el tambor y el canto del ave, no la trompeta dorada que les prometieron, sino el pulso antiguo de la tierra. Porque nunca se trató de elegir: siempre hubo alguien en el cielo… y otros aquí, entre nosotros, dioses de los elementos. Aparté la mirada. Me dolía verlos así.
No eran los únicos que podía ver, pero sí los más difíciles de ignorar; tal vez porque, de alguna forma, entendía lo que era caer.
Ese día ya había empezado mal, así que levanté el puesto y me fui. Caminé sin rumbo junto al río, dejando que el murmullo del agua me distrajera, pero el cielo se cerró y la lluvia comenzó a caer. Los pobladores corrieron a resguardarse y entonces, entre el bosque, la vi: mi querida niña. Estaba tirada entre la tierra húmeda, tan delgada que parecía hecha de ramas, respirando apenas, como si el mundo ya hubiera decidido soltarla. Podía haber seguido de largo; de hecho, lo intenté. Di media vuelta… pero no avancé. Algo en ella me detuvo.
Cuando me acerqué, lo sentí: se aferraba a la vida con una fuerza absurda, desesperada, feroz. Cualquiera en su lugar, después de lo que le hicieron, ya se habría rendido. Me hinque junto a ella, ignorando la lluvia que empapaba mi ropa, y alcé la vista. —Si alguien puede escucharme… devuelvanmela— murmuré. No pedí por mí ni por justicia, solo pedí tiempo. Y algo respondió. La niña respiró, pero no regresó completa: se llevaron algo de ella, su memoria. Un regalo o un castigo, difícil de saberlo.
No podía quedármela, no debía; ya cargaba con demasiado. Así que la llevé con la única persona que no la juzgaría antes de conocerla: la vieja curandera, una terrenal con dones. No como los míos, pero suficientes. Los dioses la escuchaban, o tal vez la temían; a veces es lo mismo. Vivía sola, había sido madre asi que la recibió sin preguntas. Pensé que tal vez ambas podrían darse compañía hasta que el destino decidiera separarlas, pero el destino nunca llega solo.
Ese mismo día llegaron ellos: hombres a caballo, con cruces en el pecho y odio en la boca, demonios disfrazados de salvación. Y el pueblo hizo lo que siempre hace: buscó a quién culpar. La niña fue suficiente. La llamaron mal augurio, la miraron como si trajera la desgracia en la piel y vertieron en ella su miedo y su frustración, como si no hubiera cargado ya con lo peor del hombre.