Forasteros

El hilo rojo 

Pueblo del Cuical, Reino de la Nueva España, 1819
Atlolic, guía de almas.

...................

El tiempo pasó. La curandera envejeció, el alimento comenzó a escasear y yo ya no debía intervenir. Aun así, de vez en cuando dejaba costales frente a su puerta: grano, carne, pequeñas ayudas que no tenía permitido ofrecer. No era compasión; era algo peor. Simplemente no podía ignorarla.

Cuando la niña creció lo suficiente, tomó una decisión: buscar trabajo en la casa del hacendado más rico del pueblo, el único cuya opinión parecía importar. Fue ahí donde volvieron a encontrarse.

Dos almas unidas por una deuda tan antigua que ni el tiempo había conseguido borrar. En otra vida dejaron algo inconcluso, y ahora el destino las colocaba frente a frente una vez más: una como heredera y la otra como una muchacha pobre. Pero aquello no importó. Se reconocieron. Entre ellas nació algo más fuerte que la sangre: un lazo. Así fue como la recibieron como doncella personal de la hija del hacendado, heredera de la familia mas rica del pueblo Micaela Villeyra, y el destino siguió su curso.

La niña creció bien, tan hermosa como lo era su alma. La tierra le regaló el tono de su piel; el barro, el color de sus ojos y de su cabello; pero su sonrisa se la concedió la luna. Era lo bastante inteligente para no dejarse engañar por los hombres y demasiado alegre como para pasar inadvertida ante ellos. En casa del hacendado nunca le faltó alimento y, gracias a ello, sus mejillas conservaban el rubor de las rosas. Al fin y al cabo, hacía honor a su nombre.

Una calurosa mañana llegaron los hombres de uniforme.

Supe que había llegado la hora.

Ella regresó al pueblo para visitar a quien la había criado. Pasó frente a mi puesto y, al verla, pude percibir el aroma de la vida impregnado en su piel, sazonado con un ligero toque de canela.

Ese mismo día...

Él la vio.

Y no pudo apartar la mirada.

—¡Xochiquetzali! —la llamé, retrasando apenas unos instantes aquel encuentro inevitable. Tal vez era lástima... o quizá un poco de amor.

Regresó sobre sus pasos y me dedicó una sonrisa.

—¿Ha estado bien, señora María?

—Sabes muy bien que no me llamo así, niña.

—¿Me va a regalar el broche amarillo?

—No.

—Entonces seguirá siendo doña María...

—Niña malcriada. Ya veo que ni en casa del hacendado has aprendido modales. Espero que te echen.

—¿No fue usted quien me recomendó?

—¡Por eso mismo! Espero que te corran, chamaca.

—Tome, le traje una manzana —dijo, extendiéndome la mano con una enorme sonrisa.

—Vete ya. Espantas a la clientela.

—Ya me voy, ya me voy... pero usted fue quien me llamó.

Salió corriendo antes de que pudiera responderle. Siempre andaba con prisas, como si quisiera comerse el mundo antes de que el mundo la devorara a ella.

Entonces chocó con él.

Y comprendí, una vez más, que todo aquello destinado a suceder termina encontrando la manera de hacerlo.

Esas dos almas acababan de comenzar su trágica historia.

…………………………

Él era un joven soldado español, enviado a la Nueva España por petición expresa de su tío, monseñor inquisidor. Aunque detestaba la idea, la orden ya estaba dada. Se despidió de sus padres, de su hermano y zarpó hacia aquellas tierras desconocidas que, en sus propias palabras, no eran más que un lugar de "salvajes".

Había nacido en cuna de oro y, desde pequeño, aprendió a distinguir las clases sociales y a marcar sus diferencias. Su disciplina y habilidad le valieron el rango de capitán en la academia militar. Comprometido con la hija de un ministro en su país de origen, juró regresar en un año para formar una familia junto a ella. No porque la amara... sino porque, en realidad, nunca había sabido lo que era el amor.

Lo primero que vio al llegar a nuestro pueblo fue la pobreza. Después, a sus habitantes, que vestían, hablaban y vivían de una forma que le resultaba ajena. No podía despreciarlos más.

Mientras buscaba el cuartel militar o la casa de su tío, lo que encontrara primero, cruzó la alameda.

Entonces el hilo rojo se tensó. Lo vi estremecerse entre ambos, brillante como una vena abierta bajo el sol. Ninguno de los dos podía verlo. Yo sí.

En contra de su propio juicio, giró la cabeza hacia una joven que pasaba corriendo, dejando tras de sí un tenue rastro de aroma dulce.

Para él fue un choque, una colisión estelar.

Para ella, apenas un accidente menor.

Cuando la vio por primera vez, sintió algo en el pecho.

Algo que no supo nombrar.

Una sensación de plenitud, como si un vacío antiquísimo acabara de llenarse de golpe. Su conciencia despertó y el corazón comenzó a latirle con una fuerza desconocida.

Era una sensación completamente nueva.



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Editado: 01.07.2026

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