Pueblo del Cuical, Reino de la Nueva españa 1819.
Atlolic Guia de almas.
El tiempo pasó. La curandera envejeció, el alimento comenzó a escasear y yo ya no debía intervenir, aunque lo hacía a veces, dejando costales en su puerta: grano, carne, pequeñas ayudas que no debía dar. No era compasión, era algo peor; no podía ignorarla.
Cuando la niña creció lo suficiente, tomó una decisión: se fue a buscar trabajo en la casa del hacendado más rico del pueblo, el único que importaba. Ahí se volvieron a encontrar. Dos almas con una deuda antigua que el tiempo no había logrado borrar. En otra vida algo quedó inconcluso y ahora el destino las había puesto frente a frente una vez más: una pobre, la otra heredera. Pero no importó. Se reconocieron. Entre ellas nació algo más fuerte que la sangre, un lazo. Así que la tomaron como doncella personal, y el destino siguió su curso.
Ella crecio bien, tan hermosa como lo era su alma, La tierra le dio su tono de piel, el barro el tono de sus ojos y cabello, pero su sonrisa se la dio la luna, con suficiente inteligencia para no dejarse engañar por el hombre y con demasiada alegría para llamar su atención. En casa del hacendado le dieron de comer bien, por lo que en sus mejillas regordetas siempre llevaba el tono rojizo de las rosas , al fin de cuentas le hacía honor a su nombre.
Una mañana calurosa los hombres de uniforme llegaron, supe que había llegado la hora. Ella regresó al pueblo para ver a quien la había criado, pasó por mi puesto, en ella podía oler la vida, sazonada con canela. Ese mismo día… él la vio y no pudo ignorar su esplendor.
—- ¡Xochiquetzali! —- la llamé, retrasando un poco más su encuentro. era lástima tal vez o un poco de amor.
Regreso y me sonrió.
—- ¿Ha estado bien señora Maria?
—- Sabes muy bien que no me llamo asi niña
—- ¿Me va a dar el broche amarillo?
—- No..
—- Entonces seguirá siendo Doña maria ….
—- Niña malcriada, ya veo que ni en casa del hacendao´ has aprendido modales, espero que te echen.
—- ¿No fue usted quien me recomendó?
—- Por eso mismo, ¡espero que te corran chamaca!
—- Tome, le traje una manzana —- dijo extendiéndome su mano con una gran sonrisa.
—- Vete ya, espantas a la clientela.
—- Me voy, ya me voy pero, usted fue la que me llamó —- y salió corriendo, siempre andaba a las prisas, con ansias de comerse el mundo.
Chocó con él y entonces entendí, que todo lo que está destinado a ser, en algún momento, será.
Esas dos almas habían comenzado su trágica historia.
……………..
Él era un joven soldado español, enviado a la Nueva España como petición especial de su tío, monseñor inquisidor. Aunque odiaba la idea, la orden ya estaba dada, así que se despidió de sus padres, de su hermano, y zarpó hacia tierras desconocidas que en sus propias palabras, eran “salvajes”.
Nacido en cuna de oro, aprendió pronto a separar las clases sociales y a evidenciar sus diferencias. Su agilidad y disciplina le valieron el rango de capitán en la academia militar. Comprometido con la hija de un ministro en su país de origen, juró volver en un año para formar con ella una familia; aunque no sentía amor por ella… en realidad, no sabía lo que era.
Lo primero que vio al llegar a nuestro pueblo fue la precariedad, y a los originarios, que vestían y hablaban muy distinto a él. No podía despreciarlos más. En busca del cuartel militar, o de la casa de su tío, lo que encontrara antes. Pasó por la alameda; entonces el hilo rojo se tensó y, en contra de su buen juicio, giró la mirada hacia donde una joven pasaba, dejando tras de sí un rastro dulce. Literalmente fue un choque para él, un simple accidente para ella.
Cuando la vio por primera vez, sintió algo en el pecho. Algo que no pudo nombrar. Una sensación de plenitud, como si un vacío antiguo se hubiera llenado de golpe. Su conciencia despertó y su corazón comenzó a latir con fuerza. Algo nuevo para él. Siempre había amado ser admirado, deseado, reconocido por mujeres; y su elegancia le había ganado el afecto de jóvenes y maduras. Pero hasta ese instante se dio cuenta que toda su vida había estado vacío.
La joven corría por el camino principal sin prestar atención, con una sonrisa radiante en el rostro, enrojecido por el sol de aquel pueblo que él tanto despreciaba. Su cabello negro, largo y sedoso, danzaba con el viento, y su piel —¡Dios!— su piel, pensó él, era de un tono canela que brillaba con el sudor. Había conocido y poseído a muchas doncellas, nunca de una cuna inferior a la suya, pero había algo en aquella muchacha que lo desarmó por completo. La observó correr con la boca entreabierta, los ojos fijos y el corazón desbocado.
—Si no cerráis la boca, se os meterán las moscas, mi joven señor —dije, en tono burlón.
Ni él mismo podía creer que algo tan “inferior”, tan… salvaje, pudiera captar de ese modo su atención.
—Yo no… ¿sabéis vos dónde se halla la oficina del Santo Inquisidor, buena anciana?
Le di indicaciones erróneas para que se perdiera un poco. Bien podría haberse ahorrado el “anciana”. Esta apariencia empezaba a cansarme… aunque tampoco era para tanto.