Para ella, los días pasaban sin pena ni culpa. Estaba acostumbrada a las miradas: las mujeres que la señalaban, las jóvenes que la envidiaban, los hombres que la seguían, los muchachos que la observaban con curiosidad. Aquel joven amo no era más que otro cautivado por su belleza.
En la casa de su patrón era la sirvienta de la heredera. La madre había muerto en el parto, y su llegada a la vida del hacendado y su hija había sido, en cierto modo, providencial. Crecieron como ama y sirvienta, sí… pero en la intimidad eran como hermanas, distintas en origen, pero unidas por el afecto.
Xochiquetzali, aunque no recordaba su niñez, había crecido con amor junto a la curandera del pueblo. Por eso conservaba su sencillez, su calidez y esa alegría que distingue a los hijos de esta tierra.
Pero para él, Santiago de Corso, capitán de la guardia inquisitorial del Virreinato de la Nueva España, desde aquel día nada volvió a ser igual. Ni sus ocupaciones militares lograban apartarlo de la imagen de aquella sonrisa. Por primera vez, para un hombre a quien nunca se le había negado nada, deseaba algo con verdadera ansia… y estaba fuera de su alcance.
Pasó días buscándola con la mirada cada vez que cruzaba la explanada. Incluso se detenía en mi puesto durante sus ratos libres, fingiendo interés en las vasijas y los metales, observando sus reflejos… pero no el de ella.
—Pobre alma en vela… —pensé.
No la encontraría allí. Estaba fuera del pueblo, acompañando a sus amos. Pero pronto volverían a verse. Pronto…
…………………
Semanas después, cuando Xochiquetzali regresó, lo hizo con un vestido nuevo que vino a mostrar con orgullo. Yo le entregué la piedra que había escogido para ella, recogida del fondo del río, tallada por la corriente. Tal vez algún día le recordaría los ojos de quien ahora la buscaba. Un cuarzo para atraerle la buena ventura, si no en esta vida… en otra.
De todos modos, pronto cumpliría quince años y dejaría de ser una niña.
—Gracias, doña María. Combina bonito con el vestido que voy a usar hoy con la niña Micaela.
—Si me vas a decir así, mejor regrésame el cuarzo.
—No se enoje, que se le arruga más la cara… ya me voy.
—Llévate el cuarzo esta noche, niña. llevalo siempre…
—Está bien, nos vemos, su mercé —respondió, echando a correr antes de que alcanzara a tomar la escoba para espantarla. Su risa quedó flotando en el aire.
Esa misma noche, durante la presentación en sociedad de la señorita Micaela, Xochiquetzali observaba desde detrás de las pesadas cortinas de la cocina. No le molestaba; después de todo, había crecido entre los olores de hierbas y vapores de los remedios de su cuidadora, doña Chelo, su segunda madre. El no recordar su origen no le restaba valor a quien la trajo al mundo.
Desde su rincón podía ver a los caballeros elegantes tomar de la mano enguantada a jóvenes perfumadas, vestidas con telas amplias y brillantes, girando al ritmo de la orquesta. Se preguntó si algún día ella también podría bailar con alguien. Claro, alguien de su misma clase… aunque, en ese caso, ninguno sabría realmente cómo hacerlo. O tal vez ningún muchacho del pueblo se acercaría jamás a ella, por miedo a lo que sus madres decían: que era hija de una curandera, que traía mala suerte, que su origen era incierto.
No le dolía. Había aprendido a defenderse sola. Las hijas de doña Chelo no la querían, pero tampoco la odiaban; y sus nietas aun pequeñas, la defendían cuando otros le arrojaban piedras o la insultaban.
Había cosas peores que no saber bailar.
Cuando llegó su turno, salió a repartir los alimentos entre los invitados. Escuchó los murmullos, las risas contenidas. Una de las jóvenes le pisó el vestido; la charola cayó, y con ella la comida, esparcida sobre el suelo. El golpe en sus rodillas no dolió tanto como la humillación de ver su vestido nuevo manchado.
¿Y qué llevó al joven capitán, un invitado de honor, a ignorar los susurros y acercarse? y A tender la mano a una sirvienta indígena.
No fue amor.
Aún no.
Fue algo más oscuro: obsesión… y curiosidad.
Una mano enguantada, blanca como la luna, apareció ante ella. Antes de tomarla, Xochiquetzali levantó la mirada, pero lo ignoró y comenzó a incorporarse por sí misma. Aun así, él insistió. Ya fuera por orgullo o necedad, la sostuvo por la cintura y la levantó sin su permiso.
Los murmullos crecieron.
La música cesó.
La fiesta entera se detuvo.
La joven Micaela acudió de inmediato, tomó a su amiga y la condujo hacia el área de servicio, dejando atrás a las demás jóvenes con cara de asco, a los pretendientes divertidos… y a un capitán que aún sentía el contacto de su cuerpo en las manos.
La velada continuó como si nada: vals, risas, vino derramado. Pero esa no fue la última vez que se encontraron. Esa misma noche, durante uno de mis paseos, o tal vez por simple curiosidad, los vi en el jardín de la hacienda. Se encontraron por casualidad… pero fue el hilo rojo el que los obligó a quedarse. De haber sido descubiertos, habría sido la ruina de ambos.
Intercambiaron palabras. Para ella, no era más que un joven amo. Para él, fue una sorpresa: su forma de hablar, su inteligencia, su naturalidad… como si conversara con una dama. Después de todo, eso mismo era ella.