Forasteros

Estaba escrito por el destino

Un día antes de la boda, Micaela lloraba por un matrimonio que no quería. Había suplicado; incluso había sido agredida por su padre por negarse en repetidas ocasiones, pero no funcionó. Ahora, mientras le medían su vestido de telas importadas, pensaba en quien había sido su amiga durante tanto tiempo. No solo le habían arrebatado a su amante, también seguía encerrada en un lugar horrible al que a ella le era imposible acceder.

Cuando terminó la modista más reconocida del pueblo, Micaela por fin pudo quitarse el vestido que empezaba a odiar con todo el corazón. Era precioso, sí, pero la asfixiaba el significado que su padre le había impuesto: un enlace con un hombre al que nunca amaría, pues su corazón ya tenía dueño.

El capitán, a punto de colapsar al saber que su amada seguía encerrada, estaba decidido a actuar. Sabía bien que lo único que quería, era ser feliz con ella, aunque fuera arriesgándolo todo. Ella era igual que él, temeraria y guerrera. Lo llevaban en la sangre después de todo; Xochiquetzali venía de un linaje de dioses guerreros, y él, de una dinastía de vivaces soldados.

Esa noche saltó al balcón de quien, en pocas horas, sería su esposa. La despertó y, como amigo, le confió su plan. Ella, sin pensar en las consecuencias, aceptó. Le dio ropa y joyas para su amiga, sellando así su decisión. Cruzaron el pueblo hasta llegar a los calabozos. Él usó su rango para entrar hasta donde Xochiquetzali estaba. Fueron palabras rápidas, promesas y un último juramento entre amigas.

Micaela le entregó la ropa, se despidió de su amiga y los vio marcharse. Se prometió que, si existían otras vidas, volvería a encontrarla. En esta, ella se quedaría en su lugar, distrayendo a los guardias y permitiendo que los enamorados escaparan.

Ese día yo los vi marcharse. Incluso podía sentir el cuarzo que le regalé a ella en el bolsillo del capitán, que durante aquella fiesta de presentación, mientras le ayudaba a levantarse, ella lo había dejado caer… pero él lo recogió, y desde entonces lo llevó cerca del corazón.

Mientras nos despedíamos, ella me preguntó si algún día serían perdonados por huir de la autoridad de aquella forma, y a qué dios debía suplicar clemencia: si al dios de su enamorado o a los suyos, los de esta tierra.

—Niña, tonta… no hay un solo dios. Tanto el suyo como los nuestros velan por nosotros —le dije —- Después de todo, en las tierras prometidas todos los dioses se conocen, aunque los hombres insistan en nombrarlos distintos, no hay porque elegir.

—Si has de suplicar perdón, hazlo sin temor: cualquiera de ellos podría estar escuchando y te bendecirá—, le dije antes de que emprendieran su largo viaje.

Yo me quedé junto a su madre. Cuando Xochiquetzali se despidió de nosotras, le prometí cuidarla. Las dos les dimos la bendición… ¿qué más podíamos hacer? De quedarse en el pueblo, la Santa inquisición la quemaria públicamente bajo acusaciones de brujería.

Pasaron algunas horas antes de que el hacendado y el monseñor descubrieran el engaño: el vestido de novia abandonado y un cuarto vacío en el cuartel. Micaela firmó su destino; fue recluida y apartada de la sociedad. Lo que su padre no sabía era que, años después, su hija moriría de una enfermedad extranjera en el convento donde él mismo la encerró. Él murió cargando la culpa.

¿Y los jóvenes enamorados? Bueno… ella cumplió 17 años al lado de quien llamaba su esposo. Vivieron dos años escapando de pueblo en pueblo. Ella aprendió a amarlo con la misma intensidad que él; él aprendió a valerse por sí mismo, trabajando en lo que fuera para sobrevivir. En uno de esos trabajos, fue aprendiz de un viejo herrero. Con una medalla de oro heredada de su familia, forjó una argolla e incrustó en ella el cuarzo que aún conservaba. No pasaron hambre gracias a él, ni frío gracias a ella, como un verdadero matrimonio debía ser.

Se casaron, sí. Sin invitados ni elegantes vestimentas, en una pequeña parroquia. Aunque ella no estuviera bautizada, aunque él ya no lo creyera necesario, pues le había jurado amor eterno, aquel primer día en la biblioteca de su tío, aun así se unieron bajo ley terrenal.

En 1820 se abolió el Santo Oficio en México, pero tardó en desaparecer de los pueblos remotos. Yo imploré que esos muchachos no regresaran. Ya no tenían nada aquí, salvo odio. La vieja curandera Chelo murió en paz. Su hija mayor se quedó con la tienda, y yo… bueno, yo tampoco tardaría en irme, al menos en esta forma.

Pero la noticia del fin de la Inquisición los envalentonó a regresar, aunque fuera para agradecer. Grave error. Monseñor aún tenía poder, y cuando supo que habían vuelto, no descansó hasta encontrarlos. A ella la ató a la hoguera central y la juzgó ese mismo día. El castigo más cruel fue para su sobrino: lo obligó a verla morir.

Recuerdo ese día con claridad.

Mientras los guardias sujetaban a quien había sido su capitán, ella era atada frente a todo el pueblo. Había de todo: quienes celebraban, quienes sentían lástima… y otros, como yo con el corazón entristecido, que sabíamos que su único error había sido amar más de lo permitido.

Se miraron hasta el final. A él se le desgarraba el alma. Ella, en cambio, estaba en paz. Había vivido, aprendido y amado. Y al monseñor le dijo:

—No blandiré mi espada de maldiciones hacia tu familia viejo hombre de fe, porque hubo un momento en que pertenecí a la misma, pero te maldigo a ti y a quienes dañen a quienes buscan la iluminación.



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Editado: 24.04.2026

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