Un día antes de la boda, Micaela lloraba por un matrimonio que no quería. Había suplicado; incluso su padre la había golpeado después de negarse una y otra vez, pero nada funcionó. Ahora, mientras la modista más reconocida del pueblo ajustaba el vestido de telas importadas, no podía dejar de pensar en quien había sido su amiga durante tantos años. No solo le habían arrebatado al hombre que amaba; también seguía encerrada en un lugar al que a ella le era imposible llegar.
Cuando la modista terminó su trabajo, Micaela por fin pudo quitarse aquel vestido que empezaba a odiar con toda el alma. Era hermoso, sí, pero la asfixiaba el significado que su padre le había impuesto: un enlace con un hombre al que jamás amaría, porque su corazón ya pertenecía a otro.
El capitán, al borde del colapso al saber que Xochiquetzali seguía encerrada, había tomado una decisión. Lo único que quería era ser feliz con ella, aunque para lograrlo tuviera que arriesgarlo todo. Después de todo, ambos eran iguales: temerarios, orgullosos y guerreros. Ella descendía de un linaje de dioses guerreros; él, de una estirpe de soldados.
Aquella noche saltó al balcón de quien, en unas horas, sería su esposa. La despertó y, como amigo, le confió su plan. Micaela aceptó sin detenerse a pensar en las consecuencias. Le entregó ropa y algunas joyas para su amiga, sellando así su decisión.
Los dos cruzaron el pueblo hasta los calabozos. Él utilizó su rango para llegar hasta donde Xochiquetzali permanecía encerrada. Hubo palabras apresuradas, promesas y un último juramento entre amigas.
Micaela le entregó la ropa, abrazó a Xochiquetzali y la vio marcharse. Se prometió que, si existían otras vidas, volvería a encontrarla. En esa, sería ella quien se quedaría atrás para distraer a los guardias y permitir que los enamorados escaparan.
Yo los vi marcharse.
Incluso podía sentir el cuarzo que semanas atrás le había regalado a Xochiquetzali. Lo llevaba el capitán, guardado cerca del corazón. Ella lo había dejado caer durante la fiesta de presentación, cuando él la ayudó a levantarse. Él lo recogió sin decir una palabra... y nunca volvió a separarse de él.
Antes de partir, la muchacha se volvió hacia mí.
—¿Algún día seremos perdonados por huir así? ¿A qué dios debo pedirle clemencia? ¿Al dios de mi amado... o a los nuestros?
Sonreí con tristeza.
—Niña tonta... no existe un solo dios. Tanto el suyo como los nuestros velan por nosotros. En las tierras prometidas todos los dioses se conocen; son los hombres quienes insisten en llamarlos distintos. No hay por qué elegir.
Acaricié su mejilla por última vez.
—Y si has de pedir perdón, hazlo sin miedo. Cualquiera de ellos podría estar escuchándote... y cualquiera podría bendecirte.
Después emprendieron el viaje.
Yo me quedé junto a doña Chelo. Cuando Xochiquetzali se despidió de nosotras, le prometí que cuidaría de su madre. Las dos les dimos nuestra bendición.
¿Qué más podíamos hacer?
Si permanecía en el pueblo, la Santa Inquisición la quemaría públicamente bajo cargos de brujería.
Pasaron algunas horas antes de que el hacendado y monseñor descubrieran el engaño: un vestido de novia abandonado y una habitación vacía en el cuartel. Micaela selló su destino. Fue recluida y apartada de la sociedad.
Lo que su padre jamás supo fue que, años después, moriría de una enfermedad traída del extranjero en el convento donde él mismo la había encerrado. Él cargó con aquella culpa hasta el día de su muerte.
¿Y los jóvenes enamorados?
Bueno...
Ella cumplió diecisiete años al lado del hombre al que llamaba esposo.
Vivieron dos años huyendo de pueblo en pueblo. Ella aprendió a amarlo con la misma intensidad con la que él la había amado desde el principio. Él, por su parte, aprendió a ganarse el pan con sus propias manos. Durante un tiempo trabajó como aprendiz de un viejo herrero y, con una medalla de oro heredada de su familia, forjó una argolla donde incrustó el cuarzo que todavía conservaba.
Nunca pasaron hambre gracias a él. Ni frío gracias a ella. Como debía hacerlo un verdadero matrimonio.
Se casaron, sí.
Sin invitados.
Sin vestidos elegantes.
En una pequeña parroquia.
Aunque ella nunca hubiera sido bautizada y él ya no creyera que fuera necesario, pues le había jurado amor eterno desde aquel primer día en la biblioteca de su tío, decidieron unirse también bajo la ley de los hombres.
En 1820 se abolió el Santo Oficio en México, aunque en los pueblos remotos tardó mucho más en desaparecer. Yo recé para que aquellos muchachos jamás regresaran.
Ya no les quedaba nada allí, salvo odio.
La vieja curandera Chelo murió en paz, viéndolos partir. Su hija mayor heredó la tienda y yo... bueno, yo tampoco tardaría en marcharme. Al menos, en aquella apariencia.
Pero la noticia del fin de la Inquisición los llenó de esperanza. Quisieron volver, aunque solo fuera para agradecer.
Grave error.