Forgotten

IV. Él, Bosque.

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"El peligro acecha, solo falta el detonante."

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Hay sucesos que marcan tu vida dependiendo como lo veas, circunstancias que traen de vuelta aquello que te ha marcado, que se vuelve tan consistente que hace el recuerdo inolvidable.

Desde que tengo memoria, el tiempo ha sido crucial, así como las estaciones del año son tan marcadas en el entorno, de la misma manera lo han hecho con mi vida. He escuchado que para muchos los momentos felices representan los días soleados y cálidos, en mi caso, los días fríos, nublados y con lluvia, son aquellos que más me recuerdan la tranquilidad que alguna vez tuve.

Momentos de añoranza que me gustaría revivir.

Por otro lado, sé de antemano que debo adaptarme a lo porvenir. Pero en el proceso, no perder la esencia de quien soy. Lo que me hace ser yo.

A pesar de los recuerdos confusos, trato de que lo primordial en mi vida jamás se pierda, así tenga que repetirlo hasta el cansancio. Mis convicciones.

....

Han pasado nueve días desde el incidente con los desaparecidos. Nueve días de incertidumbre y confusión. Al no haber clases, la mayor parte del tiempo la dedico al trabajo en la cafetería, ocupando mi tiempo con dobles turnos que son bien pagados por mi jefa, Rousse.

Últimamente la noto algo distraída. Solo le pregunté una vez si se encontraba bien y ella solo evadió el tema. Su vista casi siempre está perdida al exterior y de vez en cuando sostiene entre sus dedos el fino collar dorado que reposa en su cuello.

Por lo general en estos días nevados, la cafetería está algo sola, hoy fue la excepción. El lugar estaba lleno de gente, algunos más exigentes que otros.

Mientras algunos se quejaban del clima, otros simplemente hablaban de lo sucedido hace unos días. Por lo que me enteré, varias familias decidieron irse del lugar, ya sea temporal o permanentemente. No esperarían a que sucediera otro incidente.

Al salir de la cafetería, algo estresada por cierto, voy directo hacia la parada de autobuses con dirección al castillo. En el camino voy respondiendo los mensajes que Bia me ha dejado, ella también decidió irse y pasar las vacaciones con su familia.

Al llegar a mi destino, no me dirijo hacia mi dormitorio, sino al lugar que frecuento últimamente.

La suave brisa invernal proveniente del norte, traía consigo espesas nubes de un impoluto color blanco, dejando a su paso una cortina de blanquecinos copos de nieve. El gélido clima lograba reducir mi ritmo cardíaco y traer la tranquilidad que tanto buscaba.

Mi lugar favorito desde que llegué aquí sin duda ha sido la torre noreste, él lugar más alejado del castillo y al lugar al que pocos se atreven a venir. Historias de fantasía y mitos son los que abundan acerca de este lugar, se dice que en esta misma torre las personas que suben jamás vuelven a bajar y cosas de ese tipo.

Yo solo puedo decir que es un lugar muy tranquilo, apartado de la gente.

Frecuento venir cuando el estrés me sobrepasa —como hoy—, me ayuda a reflexionar. Respirar aire puro y fresco, apreciar el hermoso cielo azul con las algodonadas nubes esparcidas a lo largo y ancho del firmamento, haciendo que todo lo malo desaparezca por un momento.

Sin embargo, mi mente no está del todo despejada. El borde de la barda que se encuentra en uno de los ventanales de la torre es lo suficientemente ancho para que pueda sentarme con las piernas estiradas, alrededor de la parte más alta de la torre se encuentra un pequeño pasillo, donde los guardias de la época medieval se paseaban para vigilar el castillo, usando la parte interna como refugio. La punta de la torre es como una especie de cono plisado, que llega a cubrir en su mayoría aquel pasillo-balcón.

Una fuerte ráfaga de viento hace que abra los ojos. Bajo de la barda dando un pequeño salto hacia el balcón, relajo mis músculos estirando mis brazos y recargo mi peso en una de las almenas de la torre.

No hay mucha gente en el castillo, por lo que mi atención se dirige hacia dos personas que caminan en dirección al límite norte del castillo. Justo donde se encuentra el límite de la muralla.

Antes de que descendieran por la colina alcanzo a distinguir la mochila de uno de ellos. Me mantengo atenta esperando que no hagan lo que estoy pensando.

Pues no me equivoque, comenzaron a adentrarse a la parte del bosque dentro del terreno del castillo.

— Ay no.

Bajo casi corriendo las escaleras de la torre. Al salir del lugar corro hasta su dirección mientras se adentran al bosque. Hay un punto en el que la muralla que protege la escuela llega a su fin. No es muy alta pero si algo complicada de escalar.

Cuando creo que subirán por esta, uno de ellos presiona algo en el muro haciendo que una escotilla se alce del suelo y bajan por ella. Justo cuando corro para alcanzarlos esta se cierra quedando solo una marca en la tierra.

Intento descifrar qué fue lo que hizo que esa escotilla se levantase. Frente a mí solo se encontraba un muro de cinco metros lleno de ladrillos. Mi principal pensamiento fue comenzar a pasar la mano por estos, intentando encontrar algo, algún ladrillo suelto o algún hueco en la pared. Así permanecí unos minutos hasta que mis dedos rozaron una superficie irregular, que resaltaba de las demás; justo en la parte inferior como a unos quince centímetros del suelo.




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