Forgotten

V. La cabaña.

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"Aprender que la ignorancia y la inocencias no son lo mismo, es cuestión de madurez"

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— ¿Profesor Foster?

¿Cómo es que llegó hasta aquí?

En una postura firme y decidida, se encontraba frente a nosotros mi tutor, sosteniendo un arma con ambas manos, la cual apuntaba directo al hombre que aún me tiene sometida.

— Suéltala. Ninguno de estos niños es una amenaza.

No hizo caso y me presionó más contra la roca.

— ¿Qué esperas? —soltó en advertencia.

— Vamos muchacho. Hazle caso a papi —sonreí con sorna.

Si soy sincera. No se de donde saque tanta valentía como para decir algo tan estúpido, cuando mi vida depende de la estabilidad mental de este psicópata.

— Agradece que él te conozca. —Me suelta bruscamente y siento que por fin puedo recobrar el aliento.

Tardé unos segundos en regularizar mi respiración y poder hablar. Llevé mi mano hasta la herida de mi cuello, continuaba sangrando.

Ver a los chicos atemorizados, suplicando con la mirada salir de esto, trajo de nuevo el coraje para enfrentarlos.

— Profesor. ¡¿Podría explicarnos qué mierda está pasando?! —Alzó una ceja sorprendido—. ¿Cómo es que se conocen? ¿Y cómo supo en donde nos encontrábamos?

— Un momento. —Emily se levanta con cautela sosteniendo un libro en sus manos. ¿De dónde rayos sacó ese libro?—. Tú eres… Eres el caballero de CribGoch —susurró.

— ¿Cómo sabes eso? —Cuestionó demandante.

— Lo… lo le-leí en un libro… de la biblioteca. Estaba en el castillo. —Confesó con voz temblorosa.

El profesor Foster se acercó, yo di un paso hacia ellos. Guardó el arma detrás de su pantalón y extendió su mano al libro sosteniéndolo con cuidado, pues parecía muy antiguo con las páginas ya desgastadas; lo examinó frunciendo el ceño y de pronto su rostro de seriedad se ensombreció.

— ¿Cómo llegaste aquí? —Interroga al hombre al supuesto caballero.

— Estábamos defendiendonos de una emboscada por parte de los caballeros del rey Carlos I. Me encontraba en la torre centinela norte cuando el portal fue abierto y me arrojo a este tiempo.

El... ¡¿Qué?!

No sé qué fue lo que quebró mi mente dejándome totalmente perpleja, sí que viniera del siglo XVI, o que haya atravesado un portal de espacio tiempo, según lo que entendí.

Por lo visto no era la única sorprendida, los chicos estaban pálidos y con la mandíbula por los suelos.

— ¿Llevabas el Éter?

— Si. Pero desapareció.

— Maldición. —Masculló tensando la mandíbula y colocó ambas manos en su cadera mientras negaba.

— ¿Sabes por qué? —preguntó con exigencia.

Lo observó unos segundos, para después, asentir con resignación.

— Si. El Éter se protege al haber dos objetos de su misma especie, en el mismo espacio temporal, con el fin de no causar ninguna ruptura en el espacio tiempo.

— Ok. Espera. —Gesticule con mis manos, mientras reía sin gracia—. ¿Esto es una broma o algo así?. Porque si intentan asustarlos por su "pequeña" travesura, creo que ya lo consiguieron—señalé a los pubertos que siquiera parpadeaban.

Al parecer, ambos me ignoraron. Seguían discutiendo del descuido del sujeto desconocido.

Estando tan cerca pude dimensionar la estatura del "caballero". Su altura era impresionante, Killian ha de rondar por el metro noventa, no se si se deba a la armadura, pero el sujeto se ve unos centímetros más alto y corpulento.

Me siento diminuta a su lado. Ahora discutían por quién de nosotros llevaba consigo el dichoso objeto.

Emily tragó en seco y le susurro algo a James, que al instante la miró con las cejas alzadas y los labios entreabiertos. Ella llevó discretamente la mano a su bolsillo y buscó mi mirada en señal de ayuda.

— Ya deja de excusarlos. —Silenció bruscamente a Killian—. Ellos estaban cuando llegué y se echaron a correr en cuanto Dorhan cayó de la torre.

Carajo.

— ¿El comandante de las tropas?

— Si.

Alzó las cejas sorprendido. Carraspeó para volver a su anterior rostro de seriedad.

— ¿Tomaron algo más que este libro? —Alzó mostrando el encuadernado de pasta dura desgastada de tono azul frío.

— No. —respondió James sin titubear.

— No mientan, esto es muy delicado. Deben decirnos lo que saben y darme el objeto. Es muy arriesgado que ustedes lo tengan.

Antes de que pasara algo más me acerqué a ellos, pero “el caballero de Vorckan” blandió su espada impidiendome el paso. A estas alturas el miedo desapareció, por lo que con mi antebrazo retiró la espada y avanzando hacia los chicos. La hoja de la espada estaba tan afilada que logró rasgar mi abrigo.




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