Forgotten

VI. La cabaña. Parte II

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Confianza: un valor necesario y ausente en la educación chilena.

María Leonor Conejeros S. Jorge Rojas H. Teresa Segure M.

La confianza es una apuesta hecha en el presente, hacia el futuro, y fundamentada en el pasado."

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Se dice que el sentimiento de familiaridad es esa sensación de conocimiento, seguridad y comodidad ante un estímulo, ya sea una imagen, un objeto, un olor o… una persona.

Que nos parezca familiar alguna persona, hasta cierto punto, puede ser normal, ya que diariamente nos cruzamos con rostros nuevos, unos más llamativos que otros. En este caso, no solo fue eso. Verlo a los ojos no fue solo un sentimiento de familiaridad, sino algo más fuerte, como un recuerdo, que permanece en lo más profundo de la mente. Cómo algo que siempre estuvo ahí, dormido, y solo esperaba a ser despertado.

Inmediatamente aparte la mirada. Pero la imagen de su rostro quedó marcada en mis pupilas:

Su cabello era semejante a la misma noche, el cual caía desordenado por su frente, largo hasta la mitad de su cuello. Sus ojos, tan azules como aguas cristalinas que parecían brillar con el reflejo de la luz; cejas rectas y densas que endurecían su mirada, que a su vez, carecían de viveza, como si cada terrible momento hubiera quedado plasmado en sus ojos, provocando un escalofrío a quien se atreviera a sostenerle la mirada.

En medio de su rostro, su nariz era recta. Sus labios se dibujaban en una línea recta, de tono rosa palo y agrietados; mandíbula firme y definida sin exagerar, proporcionada perfectamente a su rostro y al tensarla, los músculos en sus mejillas se marcaban ligeramente haciéndolo ver más varonil. Su piel era blanca, de un color tan claro que realzaba aún más el tono azabache de su cabello.

Poco agraciado, rasgos varoniles y de un extraño atractivo.

Su rostro tenía pequeños cortes, —más específico en su ceja, pómulo y labio inferior— el rastro de su anterior pelea, le daban un aspecto más rudo e intimidante.

Mi respiración era un tanto agitada y en la lejanía de mis pensamientos, la voz de Killian me trajo de vuelta a la realidad.

— … por eso debo curar sus heridas.

— ¿Qué? —La pregunta abandonó mis labios en un ligero susurro.

Killian solo me observa negando con la cabeza.

— Estás sangrando —señaló mi brazo—. Si mañana te ven así se preguntarán qué te sucedió. Aquí tengo todo lo necesario para curar…

— No. —Giró repentinamente en mi dirección—. Que nos hayas salvado de él y acogido en esta especie de… cabaña, no significa que ahora tengamos nuestra total confianza en ti. Ni siquiera sabemos si lo que dices es verdad. Déjanos ir, yo me las arreglaré para curar esto.

Sin pensarlo demasiado, me dirigí a la que creía era la puerta principal con los chicos siguiéndome sin chistar, pero la voz del rubio hizo que me detuviera abruptamente.

— Si salen así por su cuenta se perderán. Esta cabaña está en medio del bosque y su ubicación fue estratégicamente diseñada para que ninguna persona normal pudiera descubrirla.

¿Acaso dijo “normal”?

Lentamente me volví en su dirección, escéptica por lo que había dicho.

— ¿A qué te refieres? — Entorné los ojos y mi vista se tornó en frialdad.

El suspiro con pesadez y miró de soslayo al pelinegro, que hasta ahora permanencia en absoluto silencio con una actitud neutra.

— Hay cosas que se no llegarán a comprender del todo si se las digo, pero lo único que puedo decirte es que no cualquiera puede atravesar esa muralla como tu lo hiciste, a menos que tengan un objeto similar a ese collar. Nada puede abrir esa escotilla, ni siquiera por la fuerza.

Me quedé helada.

— ¿Es en serió lo que dices?

— Me parece que ya has revelado la información suficiente como para que estos jóvenes queden traumados de por vida.

La forma en que hablaba, su acento y ese característico tono sarcástico me resultaban terriblemente familiares, dejando de lado que me parece irritante la forma en como pareciera considerarnos seres inferiores a él.

— Todo esto parece un mal sueño —susurró la castaña que permanecía tras su amigo, aferrada a su antebrazo.

— ¿Po-por qué tanto misterio, eh? ¿Acaso…pertenecen a una sociedad secreta o algo parecido? —James se acercó lo suficientemente a mi para poder escuchar con claridad mientras musitaba torpemente—. Debemos irnos, estos tiene pinta de pertenecer a los hombre de negro.

Lo mire con el ceño fruncido.

— Ya sabes —continuó susurrando—. Los hombres que usan trajes negros, con gafas de sol aun cuando es de noche o estando en lugares techa…

— ¡Cierra la boca, ya entendí! —Grité-susurre para que dejara sus fantasías de lado.

Aunque en este plano, no parecía una idea tan alejada de la realidad.

— Sé que todo esto puede asustarlos, pero les recuerdo que ustedes mismos se metieron en esto. Somos su única opción de supervivencia de ahora en adelante, porque déjenme decirles que lo que pasó en el bosque los ha dejado al descubierto. —Su pecho subía y bajaba con fuerza, mientras en su rostro se reflejaba un debate interno que solo él conocía—. Voy a ser sincero con ustedes. No se que es lo que sucederá más adelante, pero lo que sí sé, es que su seguridad ahora depende de nosotros. Veanlo como quieran, pero ese collar ha sido buscado por cientos de años sin tener éxito alguno y que ustedes lo hayan hecho… me resulta difícil de comprender.




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