Forgotten

VIII. No tan real

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"Siempre hay esperanza."

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Han pasado seis días. Ciento cuarenta y cuatro horas. Ocho mil seiscientos cuarenta minutos. Quinientos dieciocho mil cuatrocientos segundos y contando…

Lapso en el cual no ha acontecido nada mayor a la nevada. Las desapariciones cesaron y solo quedan imágenes de rostros familiares repartidos por toda la ciudad, muros repletos de nombres, como si el eco de las voces de los familiares hubiera quedado plasmado en aquellas paredes.

De los pocos que volvieron, rara vez han vuelto a salir a las calles, sus familias guardan silencio y parecen temerosas del mundo exterior. Nadie cuestiona directamente la extrañeza del asunto sobre los chicos que volvieron después de horas de desaparecidos, solo se oyen murmullos por doquier

El entorno se percibía inquietantemente normal. A veces hasta resulta incómodo hablar del tema, como si hacerlo implicara la desaparición de alguien más causando una reacción en cadena.

El día de hoy la cafetería se encuentra algo concurrida, mucha gente busca algo con que calentarse tras el crudo invierno. Rostros un tanto familiares se encuentran aquí, la mayoría piden lo de siempre y otros solo pasan por un café.

Por la tarde los chicos y yo quedamos de vernos en su casa. Este año me será imposible ir a visitar a mi familia, muchos vuelos han sido cancelados por el clima por seguridad de todos, aunado al hecho de que me quedé sin ahorros.

La cafetería queda bastante cerca de la casa de los Dawson, caminando son máximo veinte minutos, por lo que tomar el autobús no es tan necesario. Mat quedó de pasar por nosotras para irnos juntos a su casa saliendo del trabajo, consiguió un empleo como mecánico auxiliar en un taller bastante famoso por la zona; afortunadamente su jefe está fascinado con el desempeño de mi amigo y la paga es bastante buena.

Hace unos cuantos meses Rousse compró el local de a lado, con el fin de ampliar su cafetería, por lo que contrató a Grace —como recomendación mía— y a otras dos chicas. Su negocio iba de maravilla, cada vez había más gente visitando su negocio y dando muy buenas reseñas del lugar. Y como no, si los postres de Rousse son una —lo que dirían los franceses—: un vrai délice.

Mientras atendemos unos cuantos clientes, la campanilla de la entrada suena al abrirse la puerta. Una helada corriente de aire inunda por un breve instante el cálido interior, la persona que ingresó observa detenidamente a su alrededor en busca de un asiento libre,

Varios ojos se posan sobre él, incluyéndome. Aquel hombre desprende un aura intimidante, cargada de misterio y peligro, algunas personas se remueven un tanto incómodas y murmuran por lo bajo. Él parece ignorar aquello y su andar se dirige hacia una de las mesas más alejadas junto a la pared.

Siempre es lo mismo, la mayoría lo juzga a simple vista, pero realmente no lo conocen. El señor William Bancroft es un hombre viudo de setenta y cinco años, alejado de su familia y el resto del mundo, ha pasado por muchos momentos difíciles, donde la gente solo se atreve a hablar de él para juzgar sin llegar a conocerlo y solo pocos nos atrevemos a dirigirle la palabra.

En la mayoría de las ocasiones que visita la cafetería soy yo quien lo atiende, ya que mis compañeras no se sienten muy cómodas con su presencia.

Tras intercambiar un par de miradas con las chicas y terminar de atender a unos cuantos clientes, me dirijo justo a su mesa, donde me recibe con una sonrisa algo torcida y mirada apenada.

— Creo que volví a asustar a tus compañeras —expresa casi en un susurro con un dejo de pesar.

— No se preocupe, señor Bancroft —sonrió amablemente— siempre es un placer atenderlo. ¿Qué fue lo que descubrió esta vez? —Le pregunto con interés mientras me tomo la libertad de sentarme frente a él.

Sus ojos se iluminan con cierto entusiasmo y de su abrigo sacó una pequeña libreta que desliza por la mesa para que yo la tome, se inclina un poco y comienza a explicarme entre susurros:

— He estado investigando un poco lo sucedido con las fallas en la red eléctrica y el mal servicio. —Él mismo abre la libreta en una hoja marcada—. Estos son los intervalos entre los cortes de energía, —señala la primera columna de una tabla— y las desapariciones de los muchachitos —ahora señala la segunda columna con los nombres y la fecha en que desaparecieron.

Mi ceño se frunce mientras observo que tanto los apagones como las desapariciones coinciden en fechas e incluso horas.

— Pero… ¿Cree que tengan algo que ver? —lo observo con algo de intriga y asombro.

Desde la desaparición de su nieto no ha parado de investigar qué fue lo que sucedió con él, mucha gente lo tacha de loco, entre otras cosas, por lo que se mantiene aislado viviendo en medio del bosque, orillado por el prejuicio de la gente y negándole la ayuda que el tanto llegó a suplicar en su momento.

Incluso llegaron a denunciarlo por secuestro, solo por que un montón de señoras sin nada que hacer lo creyeron sospechoso después de que su esposa falleciera por una falla en su marcapasos; la policía lo detuvo unos cuantos días hasta que comprobaron que el señor era inocente, desde entonces, la gente no se fía de él y siguen corriendo rumores estúpidos, como que él sobornó a la policía para que lo dejaran libre.




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