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En el silencio, puede haber más ruido de lo que nos imaginamos.
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El paisaje parecía alargarse conforme avanzábamos, las copas de los árboles rozaban las nubes y el clima descendió unos cuantos grados al adentrarnos al bosque. Al llegar al castillo, mis manos se entumecieron y el aire no llenaba mis pulmones.
De nuevo un mal presentimiento.
No puedo creer que nos estemos arriesgando solo porque los chicos encontraron algo raro en un estupido libro. ¿Y si solo era exageración suya? No, no podía ser. Sonaban demasiado alterados como para que solo fuera una simpleza.
Matt aparco el auto y llamó a los pubertos. Le respondieron al instante informando que se encontraban justo en la torre más alta del castillo.
Los pasillos parecían infinitos mientras corríamos, ni un alma transitaba por ellos, parecía que todo mundo estuviera refugiado del frío en sus habitaciones.
Frente a la torre, su imponente y singular estructura se alzaba sobre piedras talladas en grandes bloques, no poseía ventanas, salvo las que estaban en la parte superior, posterior a ello la torre terminaba en forma cónica en un tono grisáceo más oscuro que el resto.
Una fuerte ráfaga de viento nos recordó el porqué estábamos ahí; el primero en avanzar fue Matt, seguido por Gracy y al final yo, que no paraba de voltear a todos lados, tenía un mal presentimiento y el sentimiento de ser vigilada solo aumentaba la psicosis del momento.
Según los chicos, debíamos subir a lo más alto de la torre, que era donde ellos se encontraban. Cabe recalcar que ninguno de nosotros había entrado a esta torre jamás, era de los lugares prohibidos según la universidad, se decía que su edificación era la más antigua del castillo, además de que se encontraba en una zona aislada y separada al resto de las torres en la zona norte, su estructura podía ser inestable e insegura.
Además de ser fantasiosamente aterradora.
Las escaleras en caracol empotradas en las paredes curvas ascendían hasta lo más alto girando en dirección contraria a las manecillas del reloj, el interior era hueco y al inicio de las escaleras, justo en el centro, parecía haber un espejo de agua que de alguna otra forma reflejaba la luz necesaria como para evitar que tropezarnos y no caer al vacío, las escaleras contaban con un pasamanos formado con las mismas piedras que el resto de la estructura, con huecos cada determinada distancia.
De no ser por nuestra vestimenta, juraría que aquel lugar nos trasladó a algún punto de la historia donde todo deja de importar y la supervivencia no es opción. El lugar se mantenía intacto a través del tiempo, sin que este le afectará, sin rastro alguno de deterioro como nos habían contado.
Llegamos al final de las escaleras sin aliento y el pulso al máximo, donde divisamos una puerta de madera antigua adornada con una aldaba del tamaño de mi mano y un cerrojo de hierro con la misma figura de un león con las fauces de par en par.
Con sumo cuidado, como si temiera que la puerta fuera deshacerse, Matt empujo lentamente provocando un crujido cuya acústica de la torre intensificó. En el interior de aquella peculiar habitación encontramos a los chicos sentados en medio de aquel lugar, con un libro entre sus manos y el artefacto que descubrieron.
Nos miraron con una mezcla de terror y alivio. Emily musitó lo que parecía ser una expresión de alivio al vernos.
— ¿Por qué tardaron tanto? —Se quejó James poniéndose de pie.
— Por si no se dieron cuenta, hay una tormenta de nieve allá afuera —reprendió Grace—. Solo espero que lo que sea que tengan que mostrarnos, sea tan importante como para obligarnos a venir hasta aquí y habernos arriesgandonos a sufrir algún accidente.
Ellos se miraron, sus ojos solo transmitían lo confundidos que estaban.
— Se que no me van a creer con lo que voy a decirles, pero… —se cortó a sí misma, tomó una gran bocanada de aire y con voz temblorosa pronunció:— Nuestros nombres están escritos en el diario.
La risa que emití fue tan imprudente que James dió un respingo y los gemelos me miraron mal.
— A ver, a ver, a ver. Me estás diciendo que estamos aquí solo por la enorme coincidencia de que nuestros nombres estén… —Emily me tendió el diario en la página donde nos mencionaban— «Ay mierda».
Arrebaté dicho objeto de sus manos y lo alce hasta mis ojos, para comprobar que mi vista no me traicionaba. En aquella hoja manchada por el paso de los años, se leía con perturbadora claridad nuestros nombres y la fecha actual en la parte superior, marcada en un círculo como un recordatorio la hora, minuto y segundo exacto de aquel día. De este día.
La perfecta y aterradora caligrafía detallaba lo siguiente:
El flujo del tiempo ha sido alterado, quienes son, no deberían ser y quienes serán decisiones importantes deberán tomar. Mis fieles amigos Emily, James, Grace, Matthew y Johanna se que ustedes recordarán su futuro como si fuera su presente.
¿Pero que mier… ?
¿Cómo carajos se recuerda el futuro? ¿Cómo recuerdas algo que aún no pasa?. Con las interrogantes haciendo eco en cada rincón de mis pensamientos, las siguientes palabras ardieron como una pequeña chispa en medio de un gran bosque.