Fórmula para el desastre

Prólogo— El Arte del Engaño

Mansión Volkov, 08:00 PM

​Dax Volkov, el titán que controlaba el acero del país, estaba de pie frente al ventanal de su estudio. Su espalda, ancha y tensa bajo una camisa de seda negra que marcaba cada músculo de sus 1.90 m, se giró cuando su madre entró con un sobre de color crema.

​—Es el momento, Dax —dijo ella con una frialdad corporativa—. Los Moretti tienen la patente. Tú tienes el capital. Firma este matrimonio de negocios por un año y el metal aeroespacial será tuyo.

​Dax dejó su vaso de whisky sobre el escritorio de caoba. Su mandíbula, de ángulos perfectos y barba de tres días, se apretó.

​—¿Y la mujer? —preguntó con su voz de barítono—. No quiero distracciones en mi cama ni en mi vida.

​En ese momento, Renata, la prima de Dax, apareció en el umbral. Con una sonrisa felina, le tendió una fotografía que ella misma había alterado cuidadosamente.

​—Aquí tienes a tu "brillante" Gianna Moretti, Dax —dijo Renata con fingida lástima—. Se nota que pasa demasiado tiempo entre tubos de ensayo y muy poco frente a un espejo.

​Dax tomó la foto. Sus ojos gris tormenta se entrecerraron con asco. La mujer de la imagen era un desastre: cabello grasiento, gafas de montura gruesa que deformaban sus ojos y una piel descuidada. Dax soltó un suspiro de desprecio y arrojó la imagen al escritorio.

​—Perfecto. Menos posibilidades de que intente seducirme. Que firme el contrato; me casaré con ese troll, pero que no espere que la toque jamás.

Mansión Moretti, 08:00 PM

​A kilómetros de allí, Gianna Moretti lanzaba una llave inglesa contra la pared de su taller. El estruendo metálico resonó entre los motores a medio armar.

​—¡No me voy a casar con un desconocido para salvar las deudas de la familia! —gritó Gia, con su belleza rebelde encendida por la furia.

​Su tía, imperturbable, le entregó un sobre que acababa de llegar por mensajería privada desde la mansión Volkov.

​—Si no lo haces, perderás tu laboratorio mañana mismo, Gia. Mira el lado bueno... los Volkov enviaron esto para que sepas con quién tratarás.

​Gia tomó la imagen —la otra obra maestra de Renata— y sintió que se le revolvía el estómago. El hombre de la foto era un despropósito: bajito, con una calvicie incipiente, dientes desalineados y una sonrisa que daban ganas de salir corriendo.

​​—¿Este es Dax Volkov? —preguntó Gia, con horror en su voz de terciopelo—. ¿El titán de la industria aeroespacial? Parece el villano de una película de serie B.

​Gia miró su reflejo en el metal pulido de un ala de avión: su piel perfecta, sus curvas que el mono de trabajo apenas ocultaba y sus ojos de fuego. Suspiró, derrotada.

​—Está bien. Me casaré con el ogro. Con esa cara, dudo mucho que sea capaz de quitarme la bata de laboratorio.

En los pasillos de la Mansión Volkov...

Renata observaba desde la oscuridad del pasillo, viendo cómo el mensajero se alejaba con el sobre destinado a los Moretti. En su rostro se dibujó una sonrisa de victoria absoluta mientras recordaba las imágenes que había fabricado: dos seres grotescos que nadie en su sano juicio querría tener cerca, mucho menos en su cama.

​Ella sabía que Dax era un hombre de estética y control, y que Gianna era una mujer orgullosa. El plan era infalible.

​—Nadie en su sano juicio se presentaría a un altar para casarse con semejantes monstruos —susurró Renata para sí misma, acariciando la madera de la pared con posesividad—. Gia huirá por puro asco y Dax cancelará el compromiso antes de que suene la primera campana.

​Se guardó el teléfono en el bolsillo, con los ojos brillando por una obsesión que rayaba en la locura.

​—Esa boda nunca se oficiará... y cuando todo este desastre termine, Dax no tendrá más opción que aceptar que soy la mujer adecuada para ser su esposa. Dax será mío.




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