Fórmula para el desastre

Capítulo 1 —La Estafa Perfecta

La Catedral de San Marcos olía a incienso caro y a dinero viejo. Para Gianna Moretti, sin embargo, el aire se sentía como el de una cámara de ejecución.

​Caminaba por el pasillo central, ocultando su figura bajo un velo de encaje artesanal que le cubría el rostro. El vestido de seda negra —su pequeño "vete al infierno" privado— se ceñía a su cintura de avispa y a sus caderas, fluyendo bajo la capa blanca de la ceremonia. Sus tacones de aguja marcaban un ritmo de guerra sobre el mármol.

​«Ignóralo, Gia. Cierra los ojos si es necesario. Solo firma y vuelve a tus motores», se ordenó a sí misma, recordando la foto del hombre bajito y calvo que Renata le había hecho llegar.

​Al frente, de espaldas al altar, Dax Volkov mantenía la espalda tan recta que parecía fundida en el mismo acero que fabricaban sus empresas. Sus 1.90 m de estatura dominaban el espacio, haciendo que incluso los techos de la catedral parecieran bajos. Sus manos, grandes y fuertes, estaban entrelazadas tras su espalda, tensando la tela de su traje de tres piezas.

​Dax escuchó el clic-clic de los tacones. Un escalofrío puramente físico, algo que su mente racional no pudo frenar, le recorrió la columna.

​—Es hora —susurró el sacerdote.

​Dax se giró con una mueca de aburrimiento letal, esperando encontrarse con la mujer deforme de la foto.

​El mundo se detuvo.

​Gia llegó al altar y, con un movimiento lento y desafiante, levantó el velo.

​Dax Volkov dejó de respirar. La mujer frente a él no era un troll de laboratorio. Era una visión de pecado y elegancia. Su piel tenía el tono de la miel cálida, sus labios eran carnosos y de un rojo tan provocativo que él sintió un tirón violento en la entrepierna. Sus ojos almendrados, oscuros y chispeantes de odio, lo recorrieron con la misma sorpresa que él sentía.

​Gia, por su parte, casi tropieza con su propio vestido. El hombre frente a ella era un titán. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado, su mandíbula era tan afilada que podría herir, y sus ojos gris tormenta la miraban con una mezcla de shock y sospecha. No era bajito. No era calvo. Era el hombre más guapo que Gia hubiera visto en sus veinticuatro años de vida.

​En una banca lateral, el rostro de Renata se transformó en una máscara de horror puro. Sus manos temblaban. Ninguno había huido. Al contrario, se estaban devorando con la mirada.

​Dax se inclinó hacia Gia, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler su perfume: sándalo, tabaco caro y una nota de peligro. Su voz, un barítono profundo, le vibró en los oídos.

​—No sé qué clase de juego estás jugando, Moretti —susurró Dax, con los ojos fijos en el escote corazón de su vestido—. ¿Cirugía plástica de emergencia o una modelo pagada para salvar tu patente? Porque la mujer de la foto no tenía este... —su mirada bajó descaradamente por sus curvas— ... equipamiento.

​Gia recuperó el aliento y le devolvió una sonrisa gélida, aunque su pulso estaba a mil por hora.

​—Y yo me pregunto qué tipo de estafador eres tú, Volkov —respondió ella, inclinándose hacia él hasta que sus pechos rozaron el brazo de Dax—. El hombre de la foto que me enviaste era un enano calvo. Parece que el presupuesto de tu empresa sí alcanzó para un injerto capilar milagroso y unos zancos.

​Dax soltó una risa seca, oscura, mientras su mano grande y caliente se posaba en la pequeña espalda de Gia para guiarla ante el sacerdote. El contacto fue eléctrico; una descarga que hizo que ambos se tensaran.

​—Si esperas que este "milagro" me haga ser suave contigo, te equivocas —sentenció Dax, apretando posesivamente su cintura—. Firmaremos, pero no pienses por un segundo que entrarás en mi cama. No confío en las mujeres que usan su cara para cerrar negocios.

​Gia le clavó las uñas sutilmente en el antebrazo musculoso.

​—Qué coincidencia, Volkov. Yo no confío en hombres que necesitan comprar una esposa porque ninguna mujer cuerda los soportaría gratis. Firma el contrato y mantente a tres metros de mi laboratorio.

​El sacerdote carraspeó, ajeno a la guerra erótica que ardía entre ellos.

​—Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Dax Volkov y Gianna Moretti...

​Renata, desde su asiento, apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Su plan había fallado de la manera más espectacular posible: les había dado una razón para odiarse, pero también la chispa de una combustión espontánea que ninguno de los dos iba a poder apagar.




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