Fórmula para el desastre

Capítulo 2— La Tinta y el Deseo

La sacristía era un espacio pequeño, asfixiante y cargado de olor a madera vieja. Era el lugar perfecto para un crimen o para un matrimonio de negocios. Para Gia, se sentía como ambas cosas.

Dax Volkov se quitó la chaqueta del smoking, revelando una camisa de seda blanca que luchaba por contener sus pectorales. Se desabrochó los puños, dejando a la vista unos antebrazos poderosos cubiertos de vello oscuro y venas marcadas que subían hasta perderse en la manga remangada. Gia tragó saliva. La forma en que ese hombre se movía —como un depredador que acaba de acorralar a su presa— era un ataque directo a su sistema nervioso.

​—Firma, Moretti —ordenó Dax, dejando caer la pluma estilográfica sobre el pergamino con un golpe seco. Sus ojos gris tormenta no se apartaban de los labios rojos de ella—. Tienes diez minutos antes de que la prensa nos devore ahí fuera.

​Gia se acercó a la mesa, haciendo que el roce de su seda negra contra las piernas de Dax produjera un siseo eléctrico. Ella no se amilanó. Se inclinó sobre el escritorio, exagerando la curva de su espalda, sabiendo perfectamente que la mirada de Dax estaba clavada en su escote.

​—¿Tanta prisa tienes por empezar a ignorarme, Volkov? —ronroneó ella, tomando la pluma. Su mano rozó la de él por "accidente". La piel de Dax estaba ardiendo—. ¿O es que temes que, si me miras mucho más tiempo, tu pequeño corazón de acero empiece a bombear sangre a otros lugares?

​Dax soltó un gruñido bajo, un sonido casi animal. Se situó detrás de ella, atrapándola entre el escritorio y su cuerpo de 1.90 m. Gia sintió el calor de su torso contra su espalda; era como estar frente a un horno industrial.

​—Mi sangre fluye exactamente hacia donde yo decido, Gianna —le susurró al oído, y ella sintió el roce de su barba de tres días contra su mejilla—. Y ahora mismo, lo único que decide es que eres una mentirosa brillante. ¿Dónde estaba este cuerpo en la foto? ¿En qué laboratorio lo tenías escondido?

​—En el mismo donde tú tenías escondida esa mandíbula de modelo de ropa interior —respondió ella, girándose en el pequeño espacio.

​Ahora estaban frente a frente, sus respiraciones mezclándose. La punta de los pechos de Gia rozaba la camisa blanca de Dax. Ella podía sentir la dureza del cuerpo de él, una muralla de músculo que la hacía sentir pequeña y, por primera vez en su vida, extrañamente vulnerable.

​—Me engañaste —acusó él, bajando la voz a un registro peligrosamente erótico—. Enviaste esa foto para que bajara la guardia. Para que pensara que eras inofensiva.

​—¡Yo no envié nada! —exclamó ella con una risa sarcástica, aunque su corazón golpeaba sus costillas como un tambor—. Me enviaste la foto de un gnomo de jardín y apareces tú, pareciendo... —se interrumpió, recorriéndolo con una mirada que era un incendio provocado—. Pareciendo un problema que no estoy segura de querer resolver.

​Dax la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran largos y fuertes.

​—No te equivoques, esposa —la palabra sonó como una amenaza—. No me importa lo guapa que seas bajo este vestido. Mi único interés es el grafeno. Dormiremos en alas separadas, comeremos en horarios distintos y lo único que compartiremos será el apellido en los documentos.

​Gia le sostuvo la mirada, aunque sentía una humedad traicionera entre sus muslos. El odio era un afrodisíaco demasiado potente.

​—Trato hecho. Pero hay un problema, Dax —dijo ella, soltándose de su agarre con un movimiento de cadera—. El contrato dice que debemos "consumar la imagen pública". Eso significa que esta noche, en la recepción, vas a tener que tocarme como si me desearas. Vas a tener que ponerme las manos encima frente a quinientas personas.

​Dax la miró, y por un segundo, Gia vio una chispa de hambre pura en sus ojos.

​—No te preocupes por eso, Gia —dijo él, volviendo a ponerse la chaqueta con una elegancia letal—. Soy un excelente actor. Lo que me preocupa es que, cuando te toque, seas tú la que no pueda fingir que me odias.

​Gia soltó una carcajada forzada mientras firmaba el acta con un trazo elegante.

​—Cariño, he trabajado con nitrógeno líquido. Estoy acostumbrada a lidiar con cosas frías e insignificantes. No serás un reto.

​Dax apretó la mandíbula, sus ojos echando chispas. Sin decir palabra, le arrebató el acta, la dobló y abrió la puerta de la sacristía de un golpe.

​—A la recepción, Moretti. Intenta no incendiar el salón con ese vestido... o al menos, espera a que los fotógrafos se hayan ido.




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