Fórmula para el desastre

Capítulo 3—La Danza de las Mentiras

El salón de baile del Hotel Imperial era un despliegue obsceno de cristalería, orquídeas blancas y fotógrafos hambrientos de un titular. Pero para Gia, era una jaula de oro. Sentía el peso del anillo de diamantes en su dedo como una argolla de metal pesado, y el brazo de Dax Volkov rodeando su cintura no ayudaba en nada.

​—Sonríe, Gianna —susurró Dax contra su sien, su aliento con sabor a whisky y menta enviando una descarga eléctrica directamente a su espina dorsal—. Parece que estás desfilando hacia la guillotina.

​—¿Y tú por qué no sonríes, Dax? —replicó ella, pegándose más a él solo para notar cómo el cuerpo de su esposo se tensaba como una cuerda de violín—. Tienes la cara de alguien que acaba de descubrir que su metal aeroespacial tiene una impureza.

​—Mi única impureza ahora mismo eres tú, invadiendo mi espacio personal —gruñó él, aunque su mano grande bajó un centímetro más de lo estrictamente necesario por la curva de su cadera.

​La música comenzó. Un vals lento, posesivo. Dax la condujo al centro de la pista bajo la mirada asesina de Renata, que desde una mesa lateral parecía querer derretir el hielo de su copa con la mirada.

​Dax tomó la mano de Gia y la atrajo hacia él con un movimiento fluido. Al ser él tan alto, la cabeza de Gia quedaba justo a la altura de su barbilla. Ella tuvo que inclinarse hacia atrás, exponiendo la línea larga y elegante de su cuello.

​—Vaya —dijo Dax, su voz bajando a un tono peligroso mientras sus ojos recorrían la clavícula de Gia—. Para ser una mujer que vive entre máquinas, te mueves con una gracia sospechosa. ¿También tomaste clases de baile para estafarme?

​—Se llama coordinación motora, Volkov. Algo que los científicos usamos para no hacer estallar cosas —Gia le sostuvo la mirada, sus ojos negros destellando—. Aunque contigo, confieso que me dan ganas de soltar el reactor.

​Dax soltó una risa ronca que ella sintió vibrar en su propio pecho. De repente, él la giró con fuerza y la atrajo de espaldas contra su pecho. La mano de Dax se extendió sobre el abdomen de Gia, justo por encima del ombligo, apretándola contra su dureza. La diferencia de tamaño era ridícula; ella se sentía envuelta por él.

​—¿Sientes eso? —susurró él en su oído, su barba rozando su piel sensible.

​—¿Tu ego? Sí, es difícil de ignorar —respondió ella con la respiración entrecortada.

​—No es mi ego, Gia. Es la prensa. Si no me miras como si quisieras arrancarme la ropa en este mismo instante, las acciones de tu familia caerán antes del postre. Así que haz tu mejor actuación de "científica enamorada".

​Gia se giró entre sus brazos, quedando cara a cara. Sus labios estaban a milímetros. El deseo, mezclado con la rabia, creó una atmósfera tan densa que el resto del salón desapareció.

​—¿Quieres que te mire como si te deseara? —Gia pasó sus dedos por la nuca de Dax, enredándolos en su cabello oscuro y tirando sutilmente—. Ten cuidado con lo que pides, Dax. Soy muy buena siguiendo instrucciones de laboratorio... y me encanta experimentar con fuego.

​Ella lo miró con una intensidad tan cruda, con los labios entreabiertos y las pupilas dilatadas, que Dax sintió un tirón doloroso en su entrepierna. Por un segundo, olvidó que había quinientas personas mirando. Olvidó el grafeno. Olvidó que la odiaba.

​En ese momento, Renata tropezó "accidentalmente" cerca de ellos, derramando un poco de vino tinto cerca del vestido de Gia.

​—¡Oh, cuánto lo siento! —exclamó Renata con una sonrisa de víbora—. Es que están tan... radiantes. No pude evitar distraerme. Dax, querido, ¿no crees que Gianna necesita un respiro? Se ve un poco... sofocada.

​Dax no apartó la mirada de Gia. Sus dedos se hundieron en la piel de la cintura de su esposa, reclamándola.

​—Está perfecta, Renata —dijo Dax con una voz gélida que cortó el aire—. Mi esposa no necesita aire. Me tiene a mí para dárselo.

​Gia sintió un triunfo amargo. Él la estaba defendiendo, pero sabía que era por propiedad, no por amor. Se inclinó hacia el oído de Dax, asegurándose de que Renata escuchara el susurro cargado de veneno y miel.

​—Si quieres que la actuación sea creíble, Dax... llévame a casa ahora. Me muero por ver si tu mansión es tan fría como tu cama.

​Dax la miró, su mandíbula marcada por la tensión.

​—Ten cuidado, Moretti. En mi casa las reglas las pongo yo. Y te aseguro que la primera regla es que no se aceptan rebeldes en mi habitación... a menos que sea para castigarlas.

​Gia sonrió, una sonrisa de pura malicia romántica.

​—Entonces prepárate, Volkov. Porque voy a romper todas tus reglas antes del amanecer.

***

Mientras Dax y Gia seguían enfrascados en su guerra de susurros en la pista, en la mesa presidencial, dos mujeres los observaban con la frialdad de quienes están analizando un balance de resultados.

Elena Volkov, con un vestido de alta costura gris perla y un collar de diamantes que costaba más que el laboratorio de Gia, bebió un sorbo de champagne sin quitar la vista de su hijo.

​—Parece que tu sobrina ha captado la atención de Dax mejor de lo que esperábamos, Beatriz —dijo Elena, su voz era como seda sobre cristales rotos—. Aunque sigo pensando que su actitud rebelde es una distracción innecesaria para los negocios de mi hijo.




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