El silencio dentro del Maybach blindado era tan denso que Gia sentía que podía cortarlo con su mirada. A través del cristal tintado, la mansión de los Volkov apareció como una fortaleza de cristal y piedra sobre la colina. Lujosa, imponente y, sobre todo, fría. Justo como el hombre que se sentaba a su lado.
Dax no le había dirigido la palabra desde que salieron de la fiesta. Se limitaba a teclear en su teléfono con una ferocidad contenida, la luz de la pantalla marcando las líneas duras de su rostro.
—¿Vas a pedirle matrimonio a tu teléfono o vas a ayudarme con este vestido de tres mil dólares? —soltó Gia, rompiendo el hielo con su habitual sarcasmo.
Dax bloqueó el teléfono y la miró. Sus ojos gris tormenta bajaron por la abertura del vestido negro, deteniéndose en la piel expuesta de su muslo.
—El vestido es lo único que vale tres mil dólares en este coche, Gianna —respondió él con voz ronca—. Tu actitud, en cambio, es gratuita y agotadora. Bajamos. Ahora.
Cuando el coche se detuvo, Dax bajó y, para sorpresa de los guardias, rodeó el vehículo y abrió la puerta de Gia. Antes de que ella pudiera protestar, él la tomó en vilo.
—¿Qué haces? ¡Suéltame, Volkov! —Gia se aferró a sus hombros, notando la dureza del músculo bajo el traje.
—Tradición, Moretti. Hay cámaras de seguridad en todo el perímetro y el servicio está mirando. Si el mundo cree que nos deseamos, tengo que cargarte por el umbral como el "esposo enamorado" que todos esperan.
Dax la llevó en brazos con una facilidad insultante. Gia era pequeña comparada con sus 1.90 m, pero el roce de sus cuerpos era una combustión lenta. Ella apoyó la cabeza en su hombro, inhalando el aroma a sándalo y poder que emanaba de él. Por un segundo, el odio se sintió como una excusa para estar así de cerca.
Una vez dentro, en el imponente vestíbulo de mármol negro, Dax la dejó caer con brusquedad, aunque sus manos se demoraron un segundo de más en su cintura.
—Bienvenida a tu prisión de lujo —dijo él, recuperando su máscara de hielo—. Tu habitación es la del ala este. La mía está en el ala oeste. No te quiero en mi pasillo, no te quiero en mi cocina y, sobre todo, no te quiero en mi cabeza. Mañana empezamos con la auditoría del laboratorio.
Gia se alisó el vestido, recuperando su orgullo de científica rebelde.
—No te preocupes, Dax. Tu pasillo es lo último que quiero recorrer. Pero recuerda que mi laboratorio es mi territorio. Si entras allí sin mi permiso, no me importa cuántos Volkov seas; te sacaré a patadas.
Dax estaba a punto de responder cuando su teléfono vibró en el escritorio del vestíbulo. No era una llamada, era un paquete que acababan de dejar en la puerta principal. Una caja de terciopelo negro con una nota.
Dax la abrió. Dentro había una muestra de un metal extraño, brillante, y una nota escrita a mano:
"Felicidades por la boda, Dax. Pero ambos sabemos que no te casaste con la mujer, te casaste con la patente. Lástima que Gianna Moretti sea demasiado brillante para un hombre tan... previsible. Nos vemos en la licitación aeroespacial."
— Viktor Belinsky.
Dax apretó la nota hasta arrugarla. Sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Quién es ese? —preguntó Gia, acercándose y notando la tensión letal en su esposo.
Dax la miró con una intensidad nueva, casi posesiva.
—Tu peor pesadilla, Gianna. Viktor Belinsky. El único hombre lo suficientemente loco como para intentar robármelo todo. Incluida a mi esposa.
Gia arqueó una ceja, una sonrisa provocadora naciendo en sus labios.
—Vaya. Parece que no soy la única que piensa que eres "previsible", Dax. Tal vez Belinsky tenga mejor gusto para los negocios... y para las mujeres.
Dax dio un paso hacia ella, acorralándola contra la pared de mármol. Su cuerpo irradiaba un calor furioso.
—No juegues con fuego, Gia. Belinsky no te quiere por tu cerebro; te quiere para destruirme a mí. Y mientras lleves mi apellido, eres de mi propiedad. Nadie, y mucho menos ese bastardo, pone un dedo sobre lo que es mío.
Gia sintió un escalofrío que no era de miedo. El erotismo de ser reclamada por un hombre tan dominante chocaba con su deseo de libertad.
—Soy tu socia, Dax. No tu propiedad —susurró ella, su aliento rozando los labios de él—. Si quieres mantenerme a tu lado, vas a tener que ofrecer algo más que una mansión fría y amenazas.
Dax bajó la mirada a sus labios, y por un microsegundo, Gia creyó que la besaría para callarla. En lugar de eso, él se apartó bruscamente.
—Vete a dormir, Gianna. Mañana el mundo querrá una pieza de nosotros, y yo no pienso perder ni un centímetro de mi imperio.
Editado: 21.05.2026