El laboratorio principal de Industrias Moretti —ahora parte del conglomerado Volkov— era un santuario de luz blanca, zumbidos electrónicos y aire purificado. Gianna Moretti ya no llevaba el vestido de noche negro; ahora vestía su uniforme de batalla: un mono de trabajo de kevlar negro, ajustado, pero funcional, con las mangas arremangadas revelando unos brazos delgados, pero fuertes. Tenía el cabello oscuro recogido en una coleta alta y desordenada, y una pequeña mancha de grafito en la mejilla. Estaba en su elemento, analizando la estructura molecular del grafeno en una pantalla táctil gigante.
Dax había dicho que vendría para la auditoría, y Gia estaba preparada para la guerra intelectual.
Pero la puerta del laboratorio se abrió y no fue la figura imponente y oscura de Dax la que apareció.
—Vaya —dijo una voz que sonaba como miel y peligro, con un ligero acento extranjero—. Los rumores eran ciertos: la científica es más deslumbrante que la propia patente.
Gia se giró, dispuesta a gritarle al intruso, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
El hombre en la puerta no era Dax Volkov, pero estaba a su nivel. Viktor Belinsky era un espectáculo. Tenía casi la misma altura que Dax (1.90m), pero su cuerpo era más atlético, más "fibroso", con una gracia casi felina. Su cabello era de un castaño claro, dorado por el sol, y sus ojos eran de un verde esmeralda tan intenso que parecían tener luz propia. Vestía un traje de lino color crema, de un corte impecable pero relajado, sin corbata, con los primeros botones de la camisa desabrochados. Irradiaba un carisma magnético, una confianza que no era arrogante como la de Dax, sino seductora.
—¿Quién eres y cómo has entrado aquí? —preguntó Gia, recuperando su tono rebelde, aunque su pulso se había acelerado.
Viktor sonrió, revelando una hilera de dientes perfectos y un hoyuelo en la mejilla izquierda. Se acercó a ella, invadiendo su espacio de trabajo sin dudarlo.
—Soy Viktor Belinsky. El hombre que envió el mensaje anoche. Y no he entrado; simplemente he superado la seguridad de tu esposo. Es un poco... previsible, ¿no crees? —su mirada verde recorrió a Gia con una apreciación descarada, deteniéndose en la mancha de grafito—. Veo que ya estás trabajando. Me encanta una mujer que no tiene miedo de ensuciarse las manos.
Gia sintió un escalofrío. Belinsky no era como Dax. Dax la intimidaba; Belinsky la fascinaba.
—He oído hablar de ti —dijo Gia, cruzándose de brazos, tratando de mantener la distancia—. Eres el que intenta robarle el mercado a Dax.
—Robar es una palabra muy fuerte, Gianna —Viktor dio otro paso, acorralándola sutilmente contra la pantalla gigante. Podía oler su perfume: algo exótico, cítrico y sensual—. Prefiero decir que soy el que reconoce el valor real de las cosas. Y de las personas. Dax ve el grafeno. Yo... yo veo a la mujer que lo ha creado. Veo el genio bajo este mono de trabajo. Y veo que Volkov te está infravalorando, encerrándote en este contrato de un año.
Gia sintió un tirón de triunfo. ¡Él reconocía su genio! Pero antes de que pudiera responder, la puerta del laboratorio se abrió con tanta violencia que casi se sale de sus bisagras.
Dax Volkov estaba en el umbral, su rostro una máscara de furia letal. Vestía un traje azul noche, pero su aura era puramente negra.
—Saca tus manos de mi esposa, Belinsky —la voz de Dax vibró en todo el laboratorio, baja, posesiva y cargada de una amenaza de muerte.
Viktor se giró lentamente, manteniendo su sonrisa carismática. Se situó justo al lado de Gia, su hombro rozando el de ella.
—Hola, Dax. Estaba admirando el laboratorio. Y a tu brillante esposa. No sabías que tenías un tesoro tan bien escondido, ¿verdad? Es una pena que no sepas cómo tratarlo.
La tensión en el aire se volvió asfixiante. Teníamos a los dos hombres más guapos, ricos y peligrosos de la industria aeroespacial, cara a cara en el territorio de Gia. Y el premio era mucho más que una patente.
Editado: 21.05.2026