Fórmula para el desastre

Capítulo 8: Aguas Turbulentas y Seda Roja

Gia se miró en el espejo del camarote principal antes de salir a cubierta. Si la noche anterior fue de negro "luto" por su libertad, esta noche era de guerra. Llevaba un vestido de seda roja, tan ajustado que parecía pintado sobre su piel, con una espalda totalmente descubierta hasta la base de la columna. Sus labios, del mismo tono carmín, eran una invitación al desastre.

​—Si Belinsky no muere de un infarto al verte, lo mataré yo por mirarte —la voz de Dax llegó desde la puerta.

​Estaba impecable en un esmoquin de medianoche, pero su corbata estaba deshecha y sus ojos grises ardían con una mezcla de deseo y furia territorial. Se acercó a ella, sus 1.90 m dominando el espejo. Sus manos grandes se posaron sobre los hombros desnudos de Gia, y el contraste de su piel blanca contra el traje oscuro de él era casi pornográfico.

​—Recuerda el contrato, Gianna —susurró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja—. Eres mi esposa. Si ese bastardo te toca, no habrá patente en el mundo que me impida hundir este barco con todos dentro.

​—No te preocupes, Volkov —Gia se giró entre sus brazos, apoyando las palmas en su pecho firme—. Belinsky es un hombre de negocios. Sabe que el metal es tuyo... pero también sabe que el cerebro es mío. Y mi cerebro no está en el contrato.

​Salieron a la cubierta principal, donde el lujo era asfixiante. Viktor Belinsky los esperaba junto a la barandilla, sosteniendo una copa de cristal. Al ver a Gia, su sonrisa verde se ensanchó, ignorando olímpicamente la mirada asesina de Dax.

​—Gianna... —Viktor le tomó la mano, pero esta vez no la besó; deslizó sus dedos por la palma de ella en un gesto descaradamente íntimo—. El rojo es, sin duda, tu elemento. El color de la combustión.

​—Y el color de la advertencia, Belinsky —intervino Dax, colocándose físicamente entre ellos, su hombro chocando contra el de Viktor—. ¿Cuál es esa propuesta "irresistible" que mencionaste? Porque dudo que hayamos venido aquí solo para que admires el guardarropa de mi mujer.

​Viktor soltó una carcajada relajada y les hizo una seña para que lo siguieran a una zona más privada del yate, lejos de los ojos de los invitados y de una Renata que los observaba desde lejos, consumida por la envidia.

​—Dax, siempre tan directo. El acero te ha endurecido el tacto —dijo Viktor, sentándose y señalando los sillones de cuero—. Mi propuesta es simple: una joint venture. Yo tengo los contratos con la Agencia Aeroespacial Europea. Tú tienes las fábricas. Y Gianna... Gianna tiene la clave para que esos cohetes no se deshagan al entrar en la atmósfera.

​Gia se sentó, cruzando las piernas con una elegancia que hizo que ambos hombres desviaran la mirada hacia sus muslos por un segundo de debilidad.

​—¿Y qué gano yo, Viktor? —preguntó Gia con voz de terciopelo—. Porque en el contrato con los Volkov, soy poco más que una consultora con apellido prestado.

​Dax apretó el cristal de su copa con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.

—Ganas la protección de mi imperio, Gianna. No lo olvides.

​—Ganas libertad, querida —corrigió Viktor, inclinándose hacia ella, ignorando la tensión letal de Dax—. Si trabajas conmigo, no serás la "esposa de". Serás la jefa científica de la mayor misión de la década. Y te ofrezco el 20% de las acciones de Belinsky Aero. Sin matrimonios. Sin contratos de propiedad. Solo tú y tu genio.

​Dax se levantó de golpe, su sombra cubriendo la mesa.

—Esta reunión ha terminado.

​—¿Tienes miedo, Dax? —desafió Viktor, levantándose también, quedando cara a cara con él—. ¿Miedo de que ella se dé cuenta de que su jaula de oro no tiene puertas cerradas, solo un marido que no sabe cómo valorarla?

​La mano de Dax se cerró en el cuello de la camisa de Viktor. La violencia estalló en un segundo. Los invitados se quedaron en silencio.

​—Vuelve a hablar de mi mujer como si fuera una mercancía y te juro que no llegarás a la costa —siseó Dax.

​—¡Basta los dos! —Gia se puso en medio, empujando el pecho de Dax con fuerza—. Parecen dos animales marcando territorio sobre un hueso. Yo no soy un hueso. Soy la dueña de la fórmula.

​Gia miró a Viktor, y luego a Dax, cuyos ojos grises suplicaban una lealtad que no se atrevía a pedir con palabras.

​—Viktor, tu oferta es interesante —dijo Gia, y Dax sintió que el mundo se le caía a los pies—. Pero soy una mujer de palabra. Tengo un contrato con los Volkov. Sin embargo... —se giró hacia su esposo, clavándole los dedos en el brazo— ... ese contrato acaba de subir de precio. Si quieres que me quede, Dax, vas a tener que empezar a tratarme como una socia. En el laboratorio... y en la casa —lo último lo susurro para que solo Dax lo escuchara.

​Dax la miró, su respiración agitada, la lujuria y la furia mezclándose en un cóctel explosivo.

​—Lo que quieras, Gianna —dijo Dax, su voz rompiéndose por primera vez—. Pero nos vamos de aquí. Ahora.

​Mientras Dax arrastraba a Gia hacia la lancha de motor, Viktor Belinsky se quedó en la cubierta, bebiendo lo que quedaba de su copa. Su sonrisa no se había borrado. Había plantado la semilla de la duda, y sabía que en un matrimonio basado en mentiras, la duda es el ácido más potente.




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