El trayecto en el coche fue una tortura de silencio y testosterona. En cuanto cruzaron el umbral de la mansión, Dax pateó la puerta para cerrarla tras de sí. El estruendo resonó en el mármol negro del vestíbulo.
—¿Te gustó, no? —Dax se giró hacia ella, sus ojos gris tormenta inyectados en una furia posesiva—. Ver a Belinsky babeando por tu espalda, tocando tu mano como si fueras su próximo trofeo. ¡Casi podía oír cómo te ofrecía su cama junto con esas acciones!
Gia se soltó los tacones de aguja con un movimiento brusco y lo enfrentó, su vestido rojo brillando como una señal de peligro.
—Lo que me gustó fue ver a un hombre que no necesita un contrato para reconocer que soy brillante —le espetó ella, acortando la distancia—. Estás furioso porque él tiene el valor de decir lo que tú te mueres por hacer pero tu orgullo de acero te impide admitir.
Dax soltó un gruñido animal y la atrapó contra la columna de mármol. Sus 1.90 m de músculo y rabia la cercaron, bloqueando cualquier salida.
—No hables de valor, Gianna —su voz bajó a un registro tan profundo que ella lo sintió en el vientre—. Belinsky no te quiere por tu cerebro. Te quiere porque eres mía. Y yo no comparto lo que me pertenece.
Dax la besó con una violencia hambrienta, una colisión de labios y dientes que sabía a posesión. Gia no se quedó atrás; le devolvió el beso con la misma ferocidad, enredando sus dedos en el cabello oscuro de él y tirando con fuerza, obligándolo a profundizar la invasión.
Dax la alzó en vilo, y Gia enroscó sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza del cuerpo de él contra su centro. Sin romper el beso, Dax subió las escaleras hacia el ala oeste como si fuera una bestia reclamando su territorio. Al entrar en su habitación, la lanzó sobre la cama de sábanas negras.
—Dormitorios separados, ¿recuerdas? —logró jadear ella mientras Dax se despojaba de la chaqueta del esmoquin y empezaba a desabrocharse la camisa con una urgencia que hizo volar un botón.
—Al diablo con el contrato, Gianna. Esta noche no hay reglas.
Dax se situó sobre ella, pero antes de seguir, sus manos grandes fueron a la espalda de Gia. Encontró el cierre del vestido rojo y, con un movimiento firme pero cargado de tensión, lo deslizó hasta abajo. El sonido de la seda cayendo sobre la cama fue el inicio del fin. Dax apartó la tela roja, revelando la piel color miel de Gia, y por un segundo, el CEO implacable se quedó sin aliento.
—Eres... un desastre absoluto —susurró él, bajando la cabeza para besar la línea de su cuello mientras sus manos exploraban cada curva, despojándola del encaje negro con una mezcla de desesperación y adoración—. Y voy a ser el único hombre que aprenda tu fórmula.
El encuentro fue una batalla erótica. No hubo pasividad; hubo reclamos. Dax la tocó como si estuviera grabando su nombre en su piel, y Gia lo recibió con una audacia que lo volvía loco, descubriendo que bajo la frialdad de Dax Volkov latía un volcán de deseo reprimido.
Horas más tarde, con la seda roja olvidada en el suelo y sus cuerpos aún entrelazados bajo la luz de la luna, el silencio en la habitación ya no era de guerra, sino de una tregua peligrosa.
—Belinsky va a volver a intentar acercarse —murmuró Gia, su voz de terciopelo rompiendo la calma.
Dax la apretó contra su costado, enterrando el rostro en su cuello.
—Que lo intente. Ahora que sé cómo encajas conmigo, tendré que matarlo si vuelve a poner un dedo sobre lo que es mío.
Editado: 21.05.2026