Fórmula para el desastre

Capítulo 11—Secretos en el Grafeno

La mandíbula de Dax se tensó tanto que Gia temió que se rompiera. Él no la soltó; al contrario, su agarre en su cintura se volvió casi doloroso, una mezcla de protección y demanda de verdad.

​—¿De qué secreto habla este bastardo, Gianna? —la voz de Dax era un susurro gélido que recorrió la columna de ella—. ¿Qué tiene que ver la muerte de tu padre con Belinsky?

​Gia se zafó de su abrazo con un movimiento brusco, sintiéndose repentinamente desnuda bajo su bata de seda blanca. Caminó hacia el ventanal, abrazándose a sí misma. El lujo de la mansión Volkov se sentía ahora como una jaula de cristal a punto de estallar.

​—Mi padre no murió en un accidente de laboratorio común, Dax —dijo ella, sin mirarlo. Su voz de terciopelo ahora sonaba rota, metálica—. Él estaba trabajando en la fase inicial del grafeno aeroespacial. Alguien saboteó el reactor. Alguien quería esa fórmula antes de que estuviera terminada.

​Dax se acercó a ella, sus 1.90 m de músculo proyectando una sombra imponente sobre el suelo de mármol.

​—Me dijiste que fue un error de cálculo. Me dijiste que Industrias Moretti se hundió por deudas de gestión.

​—¡Porque eso es lo que el mundo tiene que creer! —Gia se giró, con los ojos destellando una furia bañada en lágrimas—. Si se supiera que la fórmula fue la causa de un asesinato, la patente quedaría bloqueada por años en una investigación federal. Perderíamos todo. La tía Beatriz... ella me hizo jurar que guardaría el secreto para salvar la empresa.

​Dax la tomó por los hombros, obligándola a enfrentar su mirada de acero.

​—¿Belinsky estuvo allí esa noche?

​—Él era el socio minoritario en ese entonces —susurró ella, bajando la cabeza—. Él sabe algo que yo no puedo probar. Y ahora va a usar eso para destruir nuestra "sociedad" antes de que la auditoría termine.

​Dax soltó una risa seca, carente de humor. Una risa que prometía sangre.

​—Belinsky cree que puede usar tu pasado para arrodillarme. No me conoce —Dax tomó su teléfono y tecleó una respuesta rápida antes de lanzar el aparato sobre el sofá—. Si cree que un secreto de familia va a detenerme ahora que te he reclamado como mía, es más estúpido de lo que pensaba.

​—Dax, si esto sale a la luz, tu madre te quitará el control de la empresa. Ella no tolera los escándalos —advirtió Gia, acercándose a él y poniendo sus manos sobre su pecho desnudo, sintiendo el latido furioso de su corazón—. Estás arriesgando tu imperio por una mujer que te mintió desde el primer día.

​Dax la tomó de la nuca, enredando sus dedos en su cabello oscuro, y la atrajo hacia él con una intensidad que la hizo jadear.

​—Mentiste para proteger tu trabajo, Gianna. Yo he hecho cosas peores para construir este imperio —susurró él, sus labios rozando los de ella—. Belinsky quiere el metal y te quiere a ti. Pero no sabe que yo estoy dispuesto a quemar el mundo entero antes de dejar que use tu dolor como moneda de cambio.

​En ese momento, el intercomunicador de la mansión volvió a sonar. Era la seguridad de la puerta principal.

​—Señor Volkov, el señor Belinsky está en la entrada. Dice que no viene por negocios, sino para ofrecerle a la señora Moretti un "documento original" que perteneció a su padre. Dice que es urgente.

​Dax miró a Gia. Los celos, la rabia y el instinto protector colisionaron en sus ojos grises.

​—Quédate aquí —ordenó Dax—. Voy a terminar con esto de una vez.

​—No —dijo Gia, ajustándose la bata y recuperando su aire rebelde y altivo—. Es mi padre. Es mi secreto. Y si Belinsky quiere jugar, vamos a enseñarle que dos desastres juntos son mucho más peligrosos que uno solo.




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