Fórmula para el desastre

Capítulo 12— El Documento de la Discordia

Bajaron al vestíbulo principal como una fuerza de la naturaleza. Dax, con la camisa aún desabrochada y esa aura de peligro que solo emiten los hombres que han pasado la noche reclamando lo que consideran suyo; y Gia, envuelta en su bata de seda blanca, caminando con una altivez que desafiaba cualquier protocolo.

​Viktor Belinsky los esperaba de pie junto a la estatua de mármol del centro del vestíbulo. Se veía impecable, con un traje gris humo que resaltaba el verde depredador de sus ojos. Al verlos bajar juntos, y notar la marca sutil en el cuello de Gia que la bata no lograba ocultar, su sonrisa se volvió tensa.

​—Vaya, Dax. Veo que te has tomado muy en serio lo de "consumar" el contrato —dijo Viktor, su voz destilando un veneno elegante—. Aunque dudo que Gianna esté tan radiante cuando vea lo que traigo aquí.

​Viktor levantó un sobre amarillento, desgastado por el tiempo.

​—Déjate de juegos, Belinsky —rugió Dax, colocándose frente a Gia, su cuerpo de 1.90 m actuando como un escudo humano—. Di qué quieres y lárgate de mi casa antes de que mi equipo de seguridad te saque por las malas.

​Viktor ignoró a Dax y buscó la mirada de Gia.

​—Gianna, tu padre no era solo un científico. Era un visionario que sabía que los Volkov terminarían devorando su trabajo. Este es el diario técnico de la noche del accidente. Aquí está la prueba de que el reactor no falló por sí solo... y de que la orden de "acelerar" el proceso no vino de él.

​Gia sintió que el suelo se inclinaba. Se adelantó, apartando el brazo de Dax.

​—¿Qué estás diciendo? —preguntó ella, su voz apenas un susurro—. Mi padre era el único con acceso a los protocolos de presión.

​—No —Viktor dio un paso hacia ella, ignorando el gruñido de advertencia de Dax—. Alguien más tenía los códigos. Alguien que necesitaba que la patente se liberara por "incapacidad del titular". Tu tía Beatriz te ha ocultado la mitad de la historia para proteger el apellido Moretti, pero los Volkov... ellos se beneficiaron de esa muerte más que nadie.

​Dax soltó una carcajada seca, cargada de una furia asesina.

—¿Intentas culpar a mi familia de la muerte de su padre? Es un truco barato, incluso para ti, Viktor.

​—¿Es un truco, Dax? —Viktor lanzó el sobre sobre la mesa de mármol—. Mira la firma en la autorización de carga del reactor. No es la de un Moretti. Es el sello de Industrias Volkov de hace diez años. Tu madre, Elena, estaba muy interesada en ese grafeno mucho antes de que tú supieras que existía.

​Gia tomó el sobre con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron el documento. El sello era inconfundible. El aire en el vestíbulo se volvió irrespirable.

​Dax miró el papel y luego a Gia. Vio la duda nacer en sus ojos, y sintió un golpe en el pecho más fuerte que cualquier pelea física.

​—Gia, escúchame —Dax la tomó por los hombros, su voz rompiéndose por la urgencia—. Yo no sabía nada de esto. Tenía catorce años cuando eso pasó.

​—Pero tu familia lo hizo —Gia lo miró, y por primera vez, no hubo deseo en sus ojos, solo una traición punzante—. Me casé con el hijo de los que destruyeron a mi padre.

​Viktor sonrió, viendo cómo el matrimonio estallaba en pedazos.

—Mi oferta sigue en pie, Gianna. Ven conmigo. Tengo el resto de los documentos. Te daré la justicia que los Volkov te robaron.

​Dax apretó los puños, sus ojos grises echando chispas.

—Ella no va a ningún lado contigo, bastardo.

​Dax se lanzó sobre Viktor. No fue una pelea de caballeros; fue un estallido de rabia pura. Su puño impactó en la mandíbula de Viktor con un sonido sordo. Belinsky respondió con un gancho al hígado que hizo que Dax se tambaleara, pero la superioridad física de Volkov se impuso rápidamente. Lo estampó contra la pared, su mano apretando el cuello de Viktor.

​—¡Basta! —el grito de Gia resonó en todo el vestíbulo—. ¡Paren ahora mismo!

​Gia estaba de pie, con el diario de su padre contra el pecho. Miró a los dos hombres más poderosos de su vida y sintió un asco profundo.

​—Dax, suéltalo —ordenó ella con una frialdad que congeló la sangre de su esposo—. No voy a irme con Viktor. Pero tampoco voy a quedarme en esta habitación contigo.

​Dax soltó a Viktor, quien tosió mientras recuperaba el aliento, con una chispa de triunfo en sus ojos verdes a pesar del golpe.

​—Gia, no puedes creerle a él —suplicó Dax, acercándose a ella, sus manos manchadas de sangre ajena—. Es una trampa.

​—La firma está ahí, Dax. El sello de tu madre está ahí —Gia retrocedió, sus ojos llenos de lágrimas—. Necesito respuestas. Y si tú no me las das, las buscaré yo misma.

​Gia se dio la vuelta y subió las escaleras corriendo, dejando a los dos hombres en un vestíbulo que ahora se sentía como un campo de batalla lleno de cenizas.




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