Fórmula para el desastre

Capítulo 13— La Jaula de Acero

Gia no llegó a cerrar la puerta de su habitación. Antes de que pudiera girar la llave, el peso de Dax impactó contra la madera, abriéndola de golpe. Él entró como una tormenta negra, con los nudillos ensangrentados y la camisa rota, luciendo más como un guerrero que como un CEO.

​—¡Fuera de aquí, Dax! —gritó Gia, retrocediendo hacia el ventanal—. ¡No quiero estar en la misma habitación que el hijo de una asesina!

​Dax cerró la puerta con llave y la arrojó al otro lado del cuarto. Sus ojos gris tormenta brillaban con una fijeza peligrosa. Se acercó a ella con pasos lentos, depredadores, ignorando los insultos.

​—Escúchame bien, Gianna —su voz era un susurro que vibraba con una amenaza oscura—. No me importa si mi madre firmó ese documento o si el mismo diablo lo hizo. Tú firmaste un contrato conmigo. Eres una Volkov. Y de esta mansión no sales si no es en mis brazos.

​—¡Es un contrato de negocios! ¡Puedo anularlo por fraude! —desafió ella, con la barbilla en alto a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas.

​Dax la atrapó contra la pared, hundiendo sus manos en el papel tapiz a ambos lados de su cabeza. Su cercanía era asfixiante, cargada del aroma a pólvora, sudor y ese sándalo embriagador.

​—Inténtalo —la retó él, su rostro a milímetros del de ella—. Mueve a tus abogados. Llama a Belinsky. Para cuando alguien intente sacarte de aquí, yo ya habré hecho que el mundo entero sepa que eres mía en todos los sentidos imaginables. El contrato dice que somos esposos, Gia. Y voy a hacer que cumplas cada una de las cláusulas, empezando por la de fidelidad absoluta.

​Gia sintió un escalofrío que era mitad terror y mitad deseo prohibido.

—Me estás secuestrando, Dax.

​—Te estoy protegiendo de tu propia estupidez —corrigió él, bajando la mano para sujetar su mandíbula con firmeza—. Belinsky no quiere darte justicia, quiere usarte para llegar a mi tecnología. Si sales por esa puerta, te convertirás en su peón. Aquí, eres mi reina. Una reina en una jaula, si quieres llamarlo así, pero mía.

​Dax bajó la mirada a los labios de Gia, que temblaban de furia. Sin previo aviso, la besó. No fue el beso de tregua de la noche anterior; fue un beso de dominio, un castigo por haber pensado en dejarlo. Gia intentó luchar, golpeando su pecho firme, pero Dax la inmovilizó fácilmente con su peso, obligándola a sentir la dureza de su cuerpo de 1.90 m.

​Poco a poco, la resistencia de Gia se convirtió en una rendición desesperada. Sus uñas se clavaron en los hombros de Dax, y el odio que sentía por los Volkov se mezcló con la necesidad eléctrica que solo él sabía despertar.

​—Odiame todo lo que quieras, científica —susurró Dax contra su boca, su aliento caliente quemándole la piel—. Pero no vas a irte. Voy a investigar lo que pasó con tu padre, y si mi madre es culpable, ella pagará. Pero tú... tú te quedas aquí, en mi cama y bajo mi nombre, hasta que yo decida que he tenido suficiente de ti.

​Dax la cargó y la lanzó sobre la cama, situándose sobre ella como un guardián oscuro.

​—Y créeme, Gia... dudo mucho que un año sea suficiente.




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