El ambiente en el estudio principal de la mansión Volkov era gélido. Elena Volkov estaba sentada en un sillón de orejas, con una taza de té de porcelana fina que no temblaba ni un milímetro en su mano. Frente a ella, Dax mantenía a Gia sujeta por la cintura, un gesto que no era de afecto, sino de advertencia: no te muevas de mi lado.
Gia llevaba un vestido de seda gris plomo, cerrado hasta el cuello, pero sus ojos negros lanzaban dagas hacia la mujer que, según el documento de Belinsky, había firmado la sentencia de muerte de su padre.
—Explícalo, madre —ordenó Dax. Su voz era un trueno contenido que hacía vibrar los cristales del estudio—. El sello de Industrias Volkov en la orden de sobrecarga del reactor Moretti. ¿Qué hiciste hace diez años?
Elena dejó la taza sobre la mesa con un clic seco y miró a Gia con un desprecio aristocrático.
—Hice lo que los Moretti no tuvieron el valor de hacer —respondió Elena con una calma aterradora—. El grafeno estaba listo, pero tu padre, Gianna, quería "más pruebas de seguridad". Estaba retrasando el progreso por ética barata. Los inversores se retiraban. Yo solo di la orden de proceder. Que el reactor no aguantara la presión fue un error de ingeniería de él, no mío.
—¡Usted saboteó la seguridad para forzar la patente! —gritó Gia, intentando abalanzarse sobre ella, pero el brazo de Dax la apretó contra su costado como una prensa de acero.
—¡Suéltame, Dax! —le espetó ella, girándose hacia él—. ¡Ella lo admite! ¡Tu madre lo mató por ambición!
Dax miró a su madre, y por un momento, Gia vio un destello de pura repugnancia en los ojos de su esposo. Pero luego, la frialdad de los Volkov volvió a imponerse.
—Vete de aquí, Elena —dijo Dax, su voz cargada de un veneno nuevo—. Sal de esta mansión. Mañana mismo transferirás tus acciones del consejo a mi nombre. Si vuelves a acercarte a mi esposa o a intentar manipular los archivos de los Moretti, entregaré los documentos originales a la fiscalía. No me importa que seas mi madre.
Elena se levantó, manteniendo su elegancia de víbora.
—Estás destruyendo a tu familia por una mujer que te odia, Dax. Belinsky te tiene donde quería.
—Mi familia es lo que yo decida que sea —sentenció Dax—. Fuera.
Cuando Elena salió, el silencio que quedó en la habitación era asfixiante. Gia se soltó del agarre de Dax, temblando de furia y de una tristeza que la ahogaba. Caminó hacia la puerta, pero Dax fue más rápido. La interceptó, cerrando la salida con su cuerpo imponente.
—Ya tienes tu verdad, Gianna —dijo él, su mirada recorriéndola con una intensidad posesiva—. Mi madre está fuera. La patente es tuya de nuevo bajo el nombre Volkov. Ahora, cumple tu parte.
—¿Mi parte? —Gia soltó una carcajada amarga—. ¿Crees que después de esto voy a seguir casada contigo? Voy a ir a la policía, voy a hundir a tu madre y luego me iré lo más lejos posible de ti.
Dax la tomó por las muñecas y las inmovilizó sobre su cabeza contra la madera de la puerta. Sus 1.90 m la eclipsaron por completo. El erotismo de la situación chocaba con la crudeza del momento.
—No vas a ir a ninguna parte —susurró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron los de ella—. He movido cielo y tierra para protegerte de Belinsky y para enfrentarme a mi propia madre. No lo hice por la patente, Gia. Lo hice porque no puedo permitir que nadie más te rompa.
—¡Tú me estás rompiendo ahora mismo! —sollozó ella.
—Entonces nos romperemos juntos —sentenció Dax. La besó con una pasión desesperada, un reclamo que no aceptaba un "no" por respuesta—. Eres mi esposa. El contrato dice un año, pero yo acabo de decidir que será para siempre. Si intentas huir, te encontraré. Si intentas odiarme, te daré razones para que ese odio se convierta en fuego cada noche.
Gia sintió que su voluntad se desmoronaba. Odiaba a los Volkov, odiaba su arrogancia, pero la forma en que Dax la reclamaba, como si fuera lo único real en su imperio de acero, la volvía loca.
—Eres un monstruo, Dax Volkov —murmuró ella contra su boca.
—Tu monstruo, Gianna —respondió él, bajando la mano para desabrochar el primer botón de su vestido—. Y de aquí no sales hasta que entiendas que tu lugar es en mi cama, no en los archivos del pasado.
Editado: 21.05.2026