Fórmula para el desastre

Capítulo 16— La Furia del Lobo

Dax Volkov despertó con el sabor amargo del gas somnífero en la garganta y una migraña que se sentía como un taladro en el cráneo. Pero el dolor físico no era nada comparado con el vacío gélido que sintió en el pecho cuando abrió los ojos y vio el búnker vacío.

​No estaba Gia.

​—Señor Volkov... —un guardia de seguridad herido intentó levantarse del suelo, pero Dax lo tomó por el cuello del uniforme, levantándolo con una sola mano. Sus 1.90 m de pura furia contenida eran una visión terrorífica. Sus ojos gris tormenta estaban completamente inyectados en sangre.

​—¿Dónde está mi esposa? —la voz de Dax no era la de un CEO; era la de una bestia a la que le habían arrancado las entrañas.

​—El... el señor Belinsky se la llevó en un helicóptero privado. No pudimos...

​Dax lo soltó con brusquedad, haciendo que el hombre cayera de espaldas. Sacó su teléfono personal, el cual tenía un receptor satelital encriptado. Belinsky creía que era previsible. Belinsky creía que el matrimonio era solo un papel. Lo que ese bastardo no sabía era que, tres días después de la boda, Dax había hecho instalar un microchip de rastreo subdermal en el interior del reloj de pulsera de platino que Gia nunca se quitaba para trabajar.

​Una pequeña luz roja parpadeó en la pantalla táctil. Una coordenada a ochenta kilómetros de la costa. Una isla privada fortificada.

​—Pensaste que te la llevarías tan fácil, Viktor —siseó Dax, y una sonrisa macabra, desprovista de cualquier rastro de humanidad, se dibujó en sus labios—. Voy a quemar tu maldito paraíso hasta los cimientos.

Mientras tanto, en la Mansión Belinsky...

​Gia se levantó de la cama, negándose a mostrar debilidad frente a Viktor. El mono de trabajo negro estaba intacto, y con él, su orgullo de Moretti.

​—No te equivoques, Belinsky —dijo Gia, su voz de terciopelo cortando el aire con la precisión de un bisturí—. Me sacaste de un búnker usando gas, no me "salvaste". Eres un secuestrador con mejor guardarropa que la media, nada más.

​Viktor soltó una carcajada suave, dejando su copa de vino sobre la mesa. Se acercó a ella con esa gracia felina, sus ojos verdes fijos en la marca que Dax le había dejado en el cuello y que ahora lucía más oscura.

​—Eres dura, Gianna. Me encanta —Viktor extendió la mano, rozando sutilmente la mandíbula de ella. Gia no retrocedió, pero sus ojos negros prometían sangre—. Dax te tenía encerrada. Te vigilaba desde las alturas como si fueras un activo financiero. Yo te ofrezco el mundo. Mis laboratorios en Ginebra están a tu disposición. Mañana mismo podemos transferir la patente a una cuenta suiza y serás libre.

​—¿Y a cambio de qué, Viktor? —Gia arqueó una ceja, manteniendo el humor ácido que la caracterizaba—. Ningún hombre gasta millones en un asalto táctico solo por amor a la ciencia. ¿Qué quieres de mí en realidad?

​Viktor se inclinó, su aliento con olor a uva cara rozándole los labios. La atracción física seguía ahí, pero ahora estaba teñida por el peligro del cautiverio.

​—Te quiero a ti, Gianna. En mi empresa, en mi vida... y en mi cama. Quiero demostrarte que el fuego de un Belinsky es mucho mejor que el hielo de un Volkov.

​Gia sonrió, una sonrisa de pura malicia romántica que descolocó a Viktor.

​—Llegas tarde, Viktor. El hielo de Dax ya se derritió... y te aseguro que el volcán que dejó atrás es algo que no estás preparado para contener.

​En ese preciso instante, las luces de la mansión parpadearon antes de apagarse por completo. Las alarmas de emergencia de la isla comenzaron a aullar en la oscuridad. Un estruendo ensordecedor sacudió las ventanas de cristal: un helicóptero de asalto militar negro, sin insignias, acababa de aterrizar de emergencia en el jardín principal, destruyendo las fuentes de mármol.

​La radio en el cinturón de Viktor cobró vida entre interferencias de estática y gritos.

¡Señor! ¡Es Volkov! ¡Ha entrado por el sector oeste! ¡Está armado y no está tomando prisioneros! ¡Repito, no está tomando...!

​Un disparo sordo cortó la transmisión.

​Gia sintió un tirón de triunfo en el vientre. El lobo había encontrado el rastro de su propiedad, y no venía a negociar el contrato




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