Fórmula para el desastre

Capítulo 17— Sangre y Cenizas

Dax Volkov apareció entre la nube de astillas y humo. Si antes era un CEO con traje de tres piezas, ahora era la personificación del romance oscuro más implacable. Traía un chaleco antibalas sobre su camisa negra rota, salpicada con la sangre de los hombres de seguridad que habían osado interponerse en su camino. Su mandíbula de ángulos perfectos estaba tensa, y sus ojos gris tormenta destellaban una locura posesiva que hizo que el aire de la habitación se congelara. Tenía un arma corta empuñada con una precisión letal.

​—Suéltala, Viktor —la voz de Dax no era un grito; era un siseo bajo, un rugido de barítono que vibró en las paredes.

​Viktor Belinsky reaccionó con la velocidad de un felino. En un parpadeo, sacó una pistola de titanio de su chaqueta y rodeó el cuello de Gia con el brazo izquierdo, usándola como escudo, aunque se aseguró de no lastimarla.

​—Atrás, Dax —advirtió Viktor, con su sonrisa esmeralda convertida en una mueca de pura adrenalina—. Un paso más y la clave de tu imperio aeroespacial se desangra aquí mismo. No te dejaré tenerla. Si no es mía, no será de nadie.

​Gia, atrapada entre el cuerpo fibroso de Viktor y la mirada asesina de su esposo, no gritó. Sus ojos negros se clavaron en los de Dax. Vio el pánico real mezclado con el instinto asesino en las pupilas de su captor, pero en Dax solo vio una certeza absoluta: él preferiría morir allí mismo antes que regresar a casa solo.

​—¿De verdad crees que un arma me va a detener hoy, Belinsky? —Dax dio un paso al frente, bajando sutilmente el cañón de su pistola, pero sin apartar la vista de la frente de Viktor—. Te metiste en mi empresa, jugaste con mi familia, pero tocar a mi esposa... eso es una sentencia de muerte que firmaste en el momento en que la subiste a ese helicóptero.

​—Ella no quiere estar contigo, Volkov. ¡La tienes encerrada en un contrato falso! —le espetó Viktor, apretándola más contra su pecho.

​—El contrato dejó de ser falso la noche que me entregó su cuerpo, bastardo —replicó Dax, y una chispa de triunfo crudo y erótico brilló en sus ojos grises—. Ella sabe perfectamente a quién le pertenece. ¿Verdad, Gianna?

​Gia aprovechó el segundo de distracción que las palabras de Dax provocaron en Viktor. Con su agilidad científica y su rebeldía innata, clavó el talón de su bota con todas sus fuerzas en el empeine de Viktor y le dio un codazo feroz en las costillas.

​Viktor gruñó, perdiendo el equilibrio por una fracción de segundo. Fue todo lo que Dax necesitó.

​Los 1.90 m de Dax se abalanzaron sobre Viktor como un bloque de granito. El impacto de los dos cuerpos contra el suelo de parqué fue ensordecedor. El arma de Viktor salió volando bajo la cama. Dax lo tomó por la solapa del traje y comenzó a golpearlo con una furia primitiva. Cada impacto era un cobro por el gas, por el secuestro, por el atrevimiento de haber pensado que podía arrebatarle su obsesión.

​—¡Dax, basta! ¡Lo vas a matar! —gritó Gia, corriendo hacia ellos y sujetando el brazo musculoso de su esposo.

​Dax se detuvo con el puño en el aire, jadeando, con los nudillos partidos y la respiración pesada. Viktor yacía en el suelo, con el labio partido y la mirada verde nublada, pero aún sosteniendo una sonrisa cínica de derrota.

​Dax se levantó lentamente y miró a Gia. Sin decir una sola palabra, la tomó por la nuca con su mano grande y ensangrentada, obligándola a mirarlo, y la besó. Fue un beso salvaje, posesivo, con sabor a hierro y a un aliciente de adrenalina pura. Gia le devolvió el beso con la misma desesperación, aferrándose a sus hombros, consciente de que estaba encadenada al monstruo más peligroso del mundo, pero incapaz de soltarse.

​Cuando Dax se separó, la miró fijamente a los ojos.

​—Te lo advertí, Moretti —susurró contra sus labios—. Eres mía. Te buscaré en el cielo o en el infierno. Ahora, nos vamos a casa. Tenemos una auditoría que terminar... y muchas cláusulas que reescribir en nuestra cama.

​Dax la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con fuerza, y caminaron juntos hacia el helicóptero que los esperaba en el jardín en ruinas, dejando atrás el imperio de Belinsky hecho pedazos.




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