Al aterrizar en el jardín de la mansión Volkov, el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de un rojo violento que combinaba a la perfección con el estado de sus almas. Dax bajó primero y, repitiendo la escena de su noche de bodas, la tomó en vilo. Esta vez, Gia no protestó. Apoyó la cabeza en su hombro, escuchando el latido desbocado de su corazón de acero a través del chaleco táctico.
Los guardias de la mansión abrieron las puertas de roble con la cabeza baja, aterrorizados por el aura asesina que aún emanaba de su jefe. Dax subió las escaleras con pasos firmes, directos al ala oeste. Entró en su dormitorio, pateó la puerta para cerrarla y dejó caer a Gia sobre las sábanas de seda negra.
Se quitó el chaleco y la camisa rota de un solo tirón, revelando su torso de 1.90 m cubierto de sudor, hollín y algunos cortes nuevos del enfrentamiento. Gia lo observó desde la cama, con la respiración entrecortada y el humor ácido regresando a sus ojos como su mejor mecanismo de defensa.
—Vaya, Volkov —dijo ella, con su voz de terciopelo arrastrada—. Destruiste una isla privada, derribaste a un ejército y todo para no perder tu inversión. Mis felicitaciones a tu departamento de control de riesgos.
Dax se subió a la cama, gateando sobre ella como un depredador que finalmente tiene a su presa en la madriguera. La acorraló con su peso, hundiendo las manos en el colchón a ambos lados de su cabeza. Su rostro, peligrosamente guapo e implacable, estaba a milímetros del de ella.
—No me vengas con tu lógica científica ahora, Gianna —siseó él, su voz de barítono vibrando con una posesividad oscura—. Sabes perfectamente que esto dejó de ser por la patente en el momento en que te vi en el altar. Belinsky casi te saca de mi vida, y la sola idea de que sus manos te tocaran... —Dax apretó la mandíbula, sus ojos grises destellando una locura que a Gia la hizo estremecer de deseo—. Prefiero ver arder el mundo antes de que dejes de llevar mi apellido.
—El contrato era por un año, Dax —le recordó ella, pasando sus dedos delgados por los hombros tensos de él, desafiándolo—. Faltan once meses. ¿Qué vas a hacer cuando el tiempo termine?
Dax bajó una de sus manos hacia la nuca de Gia, enredando sus dedos en su cabello oscuro y obligándola a mirarlo con una intensidad cruda.
—El contrato original está muerto, Moretti. Acabo de redactar uno nuevo en mi cabeza, y la primera cláusula dice que no te vas de esta habitación jamás. Voy a darte los recursos para que destruyas a mi madre, voy a financiar cada motor y cada gramo de grafeno que quieras inventar, pero tu cuerpo y tu nombre me pertenecen para siempre.
—¿Es una amenaza, esposo? —ronroneó ella, arqueando una ceja mientras sus curvas se pegaban al torso desnudo de él.
—Es un hecho —sentenció Dax.
Se inclinó y la besó con una pasión salvaje, una declaración de propiedad absoluta que Gia recibió con un gemido hambriento. Despojarla del mono de trabajo negro fue un acto de urgencia; sus manos exploraron la piel color miel de Gia con una desesperación que borraba cualquier rastro del frío CEO. En esa cama de sábanas negras, la química entre el acero y el grafeno volvió a hacer combustión, un encuentro erótico y violento donde la posesión de Dax chocaba con la indomable rebeldía de Gia, fundiéndose en un desastre perfecto.
Horas más tarde, la luna de Nicaragua entraba por el ventanal, iluminando sus cuerpos exhaustos. Gia descansaba con el rostro oculto en el cuello de Dax, escuchando su respiración ya calmada. El reloj de platino de su muñeca brillaba bajo la luz plateada.
—Descubriste cómo encontrarme por el reloj, ¿verdad? —preguntó ella de repente, con un toque de diversión en la voz.
Dax sonrió sutilmente en la oscuridad, apretándola más contra su costado.
—Te dije que eres mi propiedad, científica. Y yo siempre sé dónde tengo mis activos más valiosos.
Gia mordió suavemente el hombro de él, dejando una pequeña marca.
—Disfruta de tu victoria, Volkov. Pero recuerda que los explosivos más peligrosos son los que parecen estar bajo control.
Dax le besó la frente, cerrando los ojos con una paz que solo ella era capaz de darle. La guerra con Belinsky y con su propia madre seguía afuera, pero dentro de esa habitación, la jaula de acero se había convertido en el único lugar del mundo donde ambos querían estar.
Editado: 21.05.2026