A la mañana siguiente, la tregua en las sábanas de seda negra se evaporó con la llegada de un sobre lacrado a la mesa del desayuno. No venía de Belinsky, ni de las oficinas de Industrias Volkov. Llevaba el membrete personal de Beatriz Moretti.
Dax entró al comedor privado luciendo una bata de seda oscura, con el pecho parcialmente descubierto y el cabello aún húmedo de la ducha. Al ver a Gia analizando el documento con el ceño fruncido y una taza de café intacta entre las manos, su mirada gris se afiló de inmediato. Se situó detrás de ella, apoyando sus manos grandes en los hombros de su esposa, recordándole sutilmente su presencia de 1.90 m de pura posesión.
—¿Qué es eso? —preguntó Dax, su voz de barítono vibrando cerca del oído de Gia—. Pensé que habíamos dejado claro que los archivos del pasado no entrarían a esta ala.
—Es de mi tía Beatriz —respondió Gia, su tono de terciopelo teñido de una seriedad inusual—. Quiere verme. A solas. Dice que después de lo que pasó en el yate de Belinsky y el escándalo de tu madre, hay cabos sueltos que el contrato de un año no va a poder tapar.
Dax apretó los dedos sobre los hombros de ella, un gesto posesivo e inmediato.
—No vas a ir a ningún lado a solas, Gianna. Ya viste lo que pasa cuando dejas mi perímetro de seguridad.
Gia se giró en la silla, quedando cara a cara con él, arqueando una ceja con ese humor ácido que a él lo volvía loco.
—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer, Volkov? ¿Encadenarme a la pata de la cama con un grillete de platino? Tentador, pero mi tía es la única que sabe qué parte de la fórmula de mi padre quedó fuera del servidor principal. Si queremos que tu división aeroespacial despegue, necesito ese código.
Dax bajó la mirada a los labios carnosos de Gia, maldiciendo internamente la inteligencia de la mujer que tenía enfrente. Ella sabía exactamente qué botones presionar.
—Iré contigo —sentenció Dax, inclinándose para darle un beso corto pero cargado de dominio—. Pero me quedaré en la puerta. Tu tía Beatriz puede tener las claves de la fórmula, pero tú eres mi activo más valioso, y no permito que nadie audite mis propiedades sin mi supervisión.
Mansión Moretti, 11:00 AM
La residencia de la familia Moretti se sentía decadente en comparación con la opulencia tecnológica de los Volkov. Beatriz Moretti los recibió en el jardín de invierno, rodeada de orquídeas y con una expresión que revelaba que el tiempo se le estaba acabando a su apellido.
Al ver entrar a Dax y Gia tomados de la mano —con una tensión corporal que gritaba que el matrimonio ya no era solo un papel—, Beatriz dejó escapar un suspiro cansado.
—Veo que el lobo ha domesticado a la pantera... o al menos eso crees tú, Dax —dijo Beatriz, invitándolos a sentarse con un gesto aristocrático.
—Gianna está donde debe estar, Beatriz —respondió Dax, permaneciendo de pie a la espalda de Gia, como una muralla de granito—. Vinimos por la clave del servidor secundario. Belinsky intentó usar la firma de mi madre para separarnos, pero el juego de la culpa ya no funciona con nosotros.
Beatriz miró a Gia, ignorando la imponente figura de Dax.
—Gianna, tu padre no era un santo. Sabías que estaba presionado por las deudas, pero lo que no sabes es que el contrato original con Industrias Volkov no lo firmó Elena. Lo firmó tu padre, bajo coacción de alguien de tu propia sangre.
Gia se tensó en el asiento. El aire del jardín de invierno se volvió pesado.
—¿De qué estás hablando, tía?
—Tu tía Clara —soltó Beatriz, y el nombre cayó como una bomba en la habitación—. Ella fue quien le entregó los códigos de acceso a Elena Volkov hace diez años a cambio de una participación secreta en los negocios que ahora maneja Dax. Elena solo ejecutó la carga del reactor porque Clara le aseguró que tu padre estaba de acuerdo. Fue una traición interna, Gia. Tu familia vendió a tu padre por dinero.
Gia sintió que el mundo se detenía. La red de mentiras se extendía mucho más allá de lo que su mente científica había calculado. Miró a Dax, buscando un rastro de frialdad corporativa, pero solo encontró unos ojos grises que la miraban con un instinto de protección feroz.
Antes de que Gia pudiera procesar la información, el sonido de varios neumáticos derrapando sobre la grava del jardín exterior rompió la calma. Las alarmas del perímetro Moretti comenzaron a sonar.
Dax sacó su arma en un parpadeo, empujando a Gia detrás de su cuerpo de 1.90 m.
—Quédate abajo, Gianna —ordenó, su voz recuperando ese tono letal que prometía sangre—. Parece que la tía Clara no es la única que quiere mantener los secretos enterrados.
Editado: 21.05.2026