El estallido de los cristales del jardín de invierno fue el único aviso. Dax reaccionó con la velocidad de un rayo, derribando a Gia al suelo y cubriéndola por completo con sus 1.90 m de puro músculo justo cuando una ráfaga de balas destrozaba las orquídeas y las mesas de té que los rodeaban.
—¡Dax, mi tía! —gritó Gia, con la voz ahogada bajo el peso de su esposo y el olor a pólvora que de inmediato inundó el lugar.
Dax giró la cabeza sutilmente, con su arma empuñada y el rostro cortado por un trozo de vidrio. Al otro lado de la estancia, Beatriz Moretti yacía en el suelo, protegida a duras penas por el pesado sofá de cuero, pero a salvo.
—¡No te muevas, Gianna! —le siseó Dax al oído. Su tono de barítono ya no era el del esposo posesivo de la alcoba; era el del depredador que salía a cazar—. Quédate pegada al mármol. Si asomas esa cabeza, te encadeno yo mismo al búnker.
Gia apretó los dientes, su humor ácido brotando incluso en mitad del caos.
—¡Inténtalo, Volkov, pero primero mata a los que están afuera!
Dax soltó una sonrisa macabra y letal. Se arrastró con una agilidad sorprendente para su tamaño y se asomó por el marco de la ventana destruida. Tres hombres con uniformes tácticos negros y rostros cubiertos avanzaban por la grava del jardín. No traían el estilo refinado de Belinsky; estos hombres venían a limpiar el terreno. Venían a silenciar a Beatriz.
Dax no lo dudó. Levantó su arma corta y efectuó dos disparos precisos. El primer atacante cayó sobre las piedras; el segundo se vio obligado a buscar cobertura detrás de una de las estatuas del jardín.
—¡Llama a mi equipo táctico, ahora! —le gritó Dax a Gia, lanzándole su teléfono personal encriptado.
Gia atrapó el aparato, con los dedos temblorosos pero la mente fría de una científica enfocada en la supervivencia. Tecleó el código de emergencia que Dax le había hecho memorizar a la fuerza semanas atrás.
—Sector Moretti. Código Rojo. Repito, Código Rojo —declaró Gia por la línea, mientras los disparos de Dax continuaban rompiendo el aire a su alrededor.
El hombre que se ocultaba tras la estatua intentó avanzar, pero Dax se levantó por completo, exponiendo su torso imponente con una audacia temeraria. Disparó tres veces más, forzando al último atacante a retroceder hacia una camioneta blindada que esperaba en la entrada del perímetro con el motor en marcha. Al verse superados por la feroz resistencia del CEO de los Volkov, los hombres restantes subieron al vehículo y derraparon sobre la grava, huyendo a toda velocidad justo cuando las sirenas del equipo privado de Dax empezaban a escucharse a lo lejos.
El silencio volvió al jardín de invierno, interrumpido solo por el goteo del agua de las tuberías rotas y la respiración agitada de Dax.
Él guardó el arma en la funda de su hombro y se giró de inmediato hacia Gia. Caminó hacia ella, la tomó por los brazos y la levantó del suelo con una brusquedad que delataba el pánico primitivo que acababa de sentir al verla en peligro. Sus manos grandes la revisaron de arriba abajo, deteniéndose en sus mejillas, en sus hombros, en su cintura.
—¿Te dieron? ¿Estás herida? —preguntó Dax, con los ojos grises completamente fijos en los de ella, buscando cualquier rastro de sangre.
—Estoy bien, Dax. Estoy intacta —Gia apoyó las manos en el pecho firme de él, sintiendo el latido desbocado que golpeaba sus costillas—. Mi tía...
Ambos se giraron hacia Beatriz, que se levantaba con la ayuda de los primeros guardias de Dax que entraban al recinto. La mujer estaba pálida, pero su orgullo aristocrático seguía intacto.
—Fue Clara —susurró Beatriz, limpiándose el polvo del vestido—. Sabe que les conté la verdad. Sabe que si ustedes encuentran la clave del servidor secundario, el rastro del dinero la llevará directo a la cárcel... o al infierno.
Dax apretó la mandíbula, y su brazo rodeó la cintura de Gia con una fuerza inquebrantable, pegándola a su costado en un reclamo absoluto de protección y posesión.
—Nadie va a silenciar a nadie —sentenció Dax, mirando a la tía de su esposa—. Gianna regresa conmigo a la mansión. A partir de este momento, el ala oeste se cierra por completo. Nadie entra, nadie sale. Y tú, Beatriz, vendrás con nosotros. No voy a dejar que destruyan lo que me pertenece antes de que yo mismo reescriba la historia de esta familia.
Gia miró a su esposo. Sabía que la jaula de acero de la mansión Volkov estaba a punto de volverse más estrecha y más oscura, pero al ver la sangre en el rostro de Dax y la furia protectora en sus ojos, se dio cuenta de que el peligro exterior ya no era lo único que la hacía temblar. El verdadero peligro era lo mucho que estaba empezando a desear quedarse dentro de esa jaula.
Editado: 31.05.2026