Fórmula para el desastre

Capítulo 21—Adrenalina y Mármol

El ala oeste de la mansión Volkov se convirtió en un búnker inexpugnable. Los hombres de confianza de Dax patrullaban los pasillos con armas largas, mientras la tía Beatriz era instalada bajo estricta vigilancia en una de las suites de invitados. Pero dentro del dormitorio principal, el aire seguía cargado con el olor a pólvora, humo y una electricidad animal que ninguno de los dos podía frenar.

​Dax cerró la pesada puerta de madera con doble cerrojo y arrojó las llaves sobre la cómoda. Se despojó de la funda de la pistola con un movimiento brusco, dejándola caer sobre la mesa de noche. Su torso de 1.90 m, marcado por el sudor de la batalla y un leve roce de vidrio en el hombro, subía y bajaba con una respiración pesada.

Gia estaba de pie junto al ventanal, con los brazos cruzados y el vestido de seda gris plomo arrugado. Su mente científica estaba procesando los datos de la traición de su tía Clara, pero su cuerpo... su cuerpo seguía vibrando por la descarga de adrenalina del tiroteo.

​—Te expusiste ante esos tipos, Volkov —soltó ella, girándose lentamente. El humor ácido regresó a su voz como un escudo—. Un CEO inteligente habría esperado al equipo táctico detrás del sofá. No sabía que las especificaciones de tu puesto incluían jugar al héroe del cine de acción.

​Dax acortó la distancia entre ellos en tres zancadas posesivas. No había elegancia corporativa en sus movimientos; era el lobo regresando a su territorio tras defenderlo a dentelladas. La tomó por la cintura con sus manos grandes, levantándola apenas unos centímetros del suelo para pegarla contra su pecho firme.

​—Te lo dije en el jardín, Gianna —su voz de barítono vibró, áspera y profunda, contra la piel de su cuello—. No juego a nada. Si esa bala te hubiera rozado, no habría quedado suficiente espacio en este país para esconder a los Moretti que planearon esto. Eres mi esposa. Mi nombre está grabado en tu dedo y tu vida está ligada a la mía.

​—Sigues hablando de propiedad, Dax —ronroneó ella, hundiéndole las uñas sutilmente en los hombros desnudos mientras sentía el calor sofocante de su piel—. Pero un verdadero dueño sabría que el peligro real no estaba afuera. Estaba aquí dentro, en el momento en que me di cuenta de que no quería que te soltaras de ese sofá.

​Dax soltó un gruñido bajo, un sonido puramente primitivo que desarmó cualquier rastro de lógica en la habitación. La urgencia del peligro que acababan de eludir transformó el deseo reprimido en una combustión instantánea. Sin previo aviso, Dax la atrapó contra la pared de mármol que flanqueaba el ventanal.

​Sus manos grandes buscaron la tela gris del vestido. Con un tirón firme y cargado de posesión, Dax rompió los primeros botones del cuello, abriendo la seda hasta revelar el encaje negro que contenía sus pechos y la piel color miel que subía y bajaba al ritmo de su respiración desbocada.

​—Odiame todo lo que quieras por encerrarte, científica —susurró él contra sus labios, su barba de tres días rozándole la mandíbula con una rudeza erótica—. Pero esta noche no vas a pensar en servidores, ni en tu tía Clara, ni en el maldito grafeno. Vas a recordar exactamente a quién le pertenece cada gemido que sale de tu boca.

​Gia no respondió con palabras. Le devolvió el beso con una ferocidad salvaje, enredando sus dedos en su cabello oscuro y tirando de él con fuerza para devorar sus labios con sabor a hierro y a una necesidad desesperada. Dax la tomó por los muslos, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura de acero, elevándola contra el mármol frío mientras el calor de sus cuerpos creaba un contraste pornográfico.

​Despojarse de la ropa restante fue un acto de demolición mutua. En esa cama de sábanas negras, bajo la luz tenue de las lámparas de emergencia, la posesión oscura de Dax chocó con la indomable resistencia de Gia en un encuentro violento, erótico y hambriento. Cada caricia era un reclamo; cada embestida, la firma de un contrato que ninguno de los dos tenía la menor intención de rescindir al cabo de un año. El peligro del exterior solo había servido para afilar los bordes de una obsesión que ya no podían controlar.

​Horas más tarde, el silencio regresó al ala oeste. Gia descansaba con la cabeza sobre el pecho de Dax, escuchando el latido pesado y rítmico que la arrullaba. El reloj de platino seguía en su muñeca, brillando en la penumbra.

​—Mañana buscaremos los códigos en el servidor de tu tía Clara, Gia —murmuró Dax en la oscuridad, rodeándola con su brazo musculoso y pegándola a su costado con una ternura posesiva que la hacía estremecer—. Voy a hundirla. Por tu padre... y por haber intentado tocar lo que es mío.

​Gia cerró los ojos, sonriendo sutilmente contra su piel. La jaula de acero de los Volkov se había vuelto el lugar más peligroso del mundo, pero por primera vez, la científica tenía que admitir que ninguna de sus fórmulas era tan perfecta como el desastre que ocurría cada vez que decidía arder en ella.




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