Dax despertó al instante, sus ojos gris tormenta enfocados y listos para la guerra. Se sentó en la cama, dejando al descubierto su torso imponente, y tomó el dispositivo. Beatriz había cumplido: la clave del servidor secundario de los Moretti estaba activa.
—Es hora de ver qué tan profundo cavó su propia tumba mi tía Clara —murmuró Gia, acercándose a Dax y apoyando su barbilla en su hombro, ignorando deliberadamente que ambos estaban despojados de cualquier armadura corporativa.
Dax ingresó los códigos con la precisión de quien maneja un imperio. En la pantalla, las líneas de transferencia de capital empezaron a bailar. No eran solo movimientos de Industrias Moretti hacia cuentas fantasma; había un flujo constante de dinero que entraba desde una entidad externa llamada "L.S. Holdings".
—Espera, detén esa secuencia —ordenó Gia, señalando una fecha específica—. Ese movimiento se hizo dos días después del accidente de mi padre. El rastro no va hacia tu madre, Dax. Va hacia un fideicomiso a nombre de Luciano, el antiguo socio de mi familia.
Dax apretó la mandíbula, y su mirada se volvió gélida.
—Luciano... —la voz de Dax bajó a un registro peligroso—. El hombre que, según los registros de mi familia, siempre tuvo el propósito de apartar a la competencia usando a las personas como piezas de ajedrez.
Gia sintió un escalofrío. La traición de su tía Clara no solo fue por ambición, fue una orquestación. Clara le había entregado los códigos a Elena Volkov para incriminarla, mientras Luciano movía los hilos para quedarse con los restos de la empresa.
—Luciano no solo quería la patente, Gia —dijo Dax, girándose hacia ella y tomándola por la nuca con esa mezcla de rudeza y posesión que ya era su marca registrada—. Quería el control total del mercado aeroespacial eliminando a los Moretti y debilitando a los Volkov desde dentro. Y tu tía Clara fue su caballo de Troya.
—Si Luciano está detrás de esto, el ataque de ayer en casa de mi tía Beatriz fue solo el principio —concluyó Gia, con su humor ácido tornándose en una determinación cortante—. Él no va a permitir que los códigos del servidor secundario salgan a la luz.
Dax se levantó de la cama, recuperando su aura de CEO implacable mientras se vestía con movimientos eficientes.
—Él no cuenta con una variable, Gianna: yo no juego bajo las reglas de Luciano. Me pertenecen Industrias Volkov, me pertenece el grafeno y, sobre todo, me perteneces tú. No voy a dejar que un fantasma del pasado toque lo que es mío.
Dax tomó el teléfono y llamó a su jefe de seguridad.
—Preparen el convoy. Vamos a visitar a la tía Clara. Es momento de que nos diga dónde se esconde Luciano antes de que yo decida que su vida ya no tiene valor en este contrato.
Gia se puso en pie, ajustándose una bata de seda roja que recordaba a la noche del yate.
—Voy contigo, Dax. Luciano cree que el corazón de una Moretti es frágil, pero está a punto de descubrir que mi cerebro es el arma más letal que jamás ha intentado comprar.
Editado: 31.05.2026