Fórmula para el desastre

Capítulo 23 —La Traición de la Sangre

Entraron como una ráfaga de viento helado. Clara Moretti estaba sentada en su terraza, sosteniendo una copa de vino con una mano que empezó a temblar en cuanto vio a Gia aparecer junto a Dax.

​—¿Cómo se atreven a entrar así? —chilló Clara, intentando recuperar su máscara de matrona herida—. Gianna, este matrimonio con un Volkov te ha robado los modales.

​Dax no dijo una palabra. Simplemente caminó hacia la mesa de cristal y arrojó la tableta encriptada sobre ella. El rastro de los fondos de L.S. Holdings brillaba en la pantalla como una confesión.

​—Se acabó el teatro, Clara —la voz de Dax, ese barítono cargado de una amenaza sorda, hizo que la mujer se encogiera en su asiento—. Sabemos que Luciano es quien mueve los hilos. Sabemos que le entregaste a mi madre los códigos del reactor para que ella cargara con la culpa del "accidente" de tu propio hermano.

​Gia se adelantó, su mirada negra destellando una furia que ni siquiera Dax podía contener. El humor ácido había desaparecido; solo quedaba la científica que acababa de descubrir que el virus estaba dentro de su propia casa.

​—Vendiste a mi padre por un fideicomiso, tía —dijo Gia, su voz de terciopelo ahora cortante como el diamante—. Luciano no es bueno, siempre fue con el propósito de apartar a la competencia, y tú fuiste su cómplice por las promesas de ser su socia.

​Clara soltó una carcajada histérica, dejando la copa a un lado.

—¡Tu padre iba a hundirnos con su ética, Gianna! Luciano nos ofreció una salida. Elena Volkov quería el grafeno y nosotros queríamos el dinero. Fue un negocio perfecto hasta que decidiste casarte con el heredero.

​Dax la tomó por el brazo, levantándola de la silla con una brusquedad que hizo que los guardias de Clara ni siquiera se atrevieran a respirar.

​—¿Dónde está Luciano? —siseó Dax, su rostro a centímetros del de ella—. Si no me das su ubicación ahora mismo, haré que desees haberte quedado en ese jardín de invierno cuando enviaron a sus sicarios. No me importa el escándalo, Clara. Me importa mi esposa, y tú acabas de convertirte en un activo tóxico que voy a eliminar.

​—Está en la antigua fundición de los Moretti... —susurró Clara, quebrándose bajo la presión de los ojos grises de Dax—. Va a destruir las pruebas físicas finales hoy mismo. Si no llegan en una hora, el rastro de la coacción de hace diez años desaparecerá para siempre.

​Dax soltó a Clara con un gesto de asco y miró a Gia. Sabía que ir a la fundición era entrar en la boca del lobo, pero también sabía que era el único lugar donde la historia de los Moretti podía cerrarse.

​—Gianna, quédate con el equipo de seguridad —ordenó Dax, su instinto de posesión disparándose de nuevo.

​—Ni lo pienses, Volkov —replicó ella, ajustándose el cinturón de su chaqueta con determinación—. Es la fundición de mi padre. Y si Luciano cree que puede quemar su legado, es que no sabe de qué soy capaz cuando me tocan lo que es mío.

​Dax la miró por un segundo, reconociendo en ella la misma llama implacable que lo consumía a él. No había tiempo para contratos ni para protecciones excesivas; eran dos desastres marchando hacia el mismo incendio.




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