Fórmula para el desastre

Capítulo 24— La Prueba de Fuego

La antigua fundición Moretti era un esqueleto de hierro y hormigón olvidado por el tiempo, pero para Dax y Gia, representaba el escenario final de una guerra que habían librado desde el altar. El aire dentro del recinto estaba saturado de un polvo metálico que hacía arder los pulmones.

​Dax avanzó al frente, con su arma desenfundada y cada músculo de su cuerpo en alerta máxima. Detrás de él, Gia se movía con la precisión de quien conoce cada rincón de ese lugar, sus ojos negros analizando los niveles de presión de los antiguos hornos que aún emitían un calor residual.

​De pronto, un chasquido metálico resonó en la nave central. Luces de alta intensidad se encendieron, cegándolos por un segundo. Luciano emergió de las sombras en una pasarela superior, rodeado por seis hombres armados.

​—El heredero Volkov y la viuda de cristal —dijo Luciano con una voz engolada y llena de veneno—. Han llegado justo a tiempo para el funeral del legado Moretti.

​Luciano señaló una enorme prensa hidráulica en el centro de la nave. Sobre ella reposaban los discos duros originales y el diario físico del padre de Gia, aquel que contenía las pruebas definitivas de la traición.

​—Dax, el control de la prensa —susurró Gia, sujetando el brazo de su esposo. Su mirada estaba fija en el panel de mandos—. Si pulsa el botón rojo, no solo destruirá los archivos, sino que activará la purga de gas del sistema de ventilación. ¡Estamos en una trampa de ignición!

​Dax no esperó a que Luciano terminara su monólogo. Se lanzó hacia un contenedor de metal, devolviendo el fuego con una precisión que dejó a dos de los hombres de Luciano fuera de combate.

​—¡Gia, muévete a la consola! —rugió Dax mientras el hormigón se hacía añicos a su alrededor por el intercambio de disparos—. ¡Yo te cubriré!

​Gia corrió. No hubo dudas ni miedo. Mientras las balas silbaban sobre su cabeza, ella se deslizó bajo una estructura de vigas, llegando al panel de control. Sus dedos volaron sobre los circuitos, hackeando el sistema de bloqueo de seguridad que Luciano había instalado.

​—¡Espera, Luciano! —gritó Dax, poniéndose en pie con una calma aterradora, su arma apuntando directamente a la cabeza del hombre—. Si activas ese botón, los archivos se destruirán, pero también bloquearás las salidas. Nos quedaremos todos aquí dentro. ¿Es así como quieres morir?

​Luciano rió, con el dedo apoyado sobre el gatillo de la prensa.

—Prefiero morir viendo su imperio arder antes que verlos ganar.

​En ese momento, Gia bloqueó el sistema hidráulico. La prensa se detuvo a escasos centímetros de los documentos.

​—¡Ahora, Dax! —gritó Gia.

​Dax disparó una sola vez, no a Luciano, sino a la cadena que sostenía una pesada viga de acero sobre la pasarela donde estaba el villano. La viga cayó con un estruendo brutal, sacudiendo toda la estructura. Luciano perdió el equilibrio y cayó de la pasarela, quedando a merced de los hombres de Dax que irrumpieron por las puertas laterales.

​El silencio volvió a reinar, roto solo por el siseo del vapor. Dax cruzó la nave central a zancadas, ignorando a los heridos, y llegó hasta Gia, quien aún estaba frente a la consola. La tomó por la cintura y la levantó, pegándola contra su pecho con una desesperación que no ocultó ante nadie.

​—Te dije que no te separaras de mí —siseó él, su respiración agitada rozando el cuello de ella—. Si esa prensa hubiera caído un segundo antes...

​—Pero no cayó —dijo ella, apoyando las manos en su cuello, sintiendo el calor de la adrenalina—. Hiciste tu parte, Dax. Ahora, termina la nuestra.

​Dax miró hacia donde Luciano era escoltado fuera del recinto por sus hombres. El diario del padre de Gia estaba a salvo. La prueba de fuego había sido superada: su matrimonio no era una unión de conveniencia, era una alianza de acero forjada en el peligro.

​Dax la miró, con sus ojos grises suavizándose por un instante antes de recuperar la frialdad del mando.

​—Esto se ha terminado, Gianna. Pero el nuevo contrato comienza ahora. Ya no hay más "patentes" ni "dueños". Solo nosotros dos contra lo que sea que quede fuera de estos muros.

​—¿Entonces? —preguntó ella, con una chispa de desafío.

​—Entonces —respondió Dax, cargándola sobre su hombro como si fuera el trofeo más valioso de su vida—, regresamos a casa. Y esta noche, el único fuego que me importa es el que tú y yo encendamos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.