Fórmula para el desastre

Capítulo 25: La Caída del Trono

El estudio principal de los Volkov nunca se había sentido tan frío. Elena Volkov esperaba de pie junto a la chimenea, vestida con una elegancia gélida, ignorando que el imperio que ayudó a construir estaba a punto de fracturarse.

​—Veo que han regresado —dijo Elena, su voz sin rastro de emoción al ver la suciedad y la sangre en la camisa de su hijo—. Supongo que Luciano ha sido... neutralizado.

​Dax no respondió con palabras. Caminó hacia el escritorio de caoba y arrojó el diario físico de los Moretti junto con los dispositivos recuperados en la fundición.

​—Luciano está bajo custodia federal, madre —sentenció Dax, su voz de barítono resonando con una autoridad que hizo que Elena finalmente palideciera—. Pero él no fue el único que vendió a la familia Moretti. El diario contiene los registros de las llamadas y los pagos que confirmaste personalmente para que el reactor fuera sobrecargado hace diez años.

​Gia dio un paso al frente, con los ojos negros fijos en la mujer que había causado la muerte de su padre.

​—Usted siempre supo que mi padre no cometió un error de cálculo —dijo Gia, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—. Lo sacrificó por una patente, y luego intentó usar a mi tía Clara para cubrir sus rastros.

​Elena miró a su hijo, buscando un ápice de la lealtad que él siempre le había profesado. Pero en los ojos grises de Dax solo encontró el reflejo de una protección absoluta hacia la mujer que tenía a su lado.

​—Hice lo necesario para que los Volkov no cayeran en la irrelevancia —se defendió Elena, recuperando su altivez—. Deberías agradecérmelo, Dax. Sin ese grafeno, no serías el hombre que eres hoy.

​—El hombre que soy hoy no necesita de tus crímenes para sostenerse —replicó Dax, acercándose a ella hasta que su sombra la eclipsó—. Tienes dos opciones, Elena. Firmas la transferencia total de tus activos y te retiras a la propiedad en el extranjero bajo vigilancia permanente, o entregaré estas pruebas a la fiscalía esta misma noche. No habrá juicios públicos, no habrá escándalos. Simplemente desaparecerás del consejo y de nuestras vidas.

​Elena miró el documento de transferencia que Dax deslizó sobre la mesa. Con las manos temblorosas, firmó su renuncia, sabiendo que su propio hijo la había desterrado del imperio.

​Cuando Elena salió del estudio escoltada por la seguridad privada, el silencio que quedó fue absoluto. Gia se dejó caer en una de las sillas de cuero, sintiendo finalmente el peso del cansancio y la justicia cumplida.

​Dax se arrodilló frente a ella, tomando sus manos entre las suyas. El CEO implacable había desaparecido; solo quedaba el hombre que había arriesgado todo por ella.

​—Se terminó, Gianna —murmuró él, besando sus nudillos—. Tu padre tiene justicia, y los Moretti tienen su nombre de vuelta.

​—¿Y ahora qué, Dax? —preguntó ella, acariciando su rostro marcado por la batalla—. El contrato decía un año. Ya no necesitas mi patente para salvar a tu madre, y yo ya no necesito tu protección para sobrevivir.

​Dax la miró con una intensidad que hizo que a Gia le faltara el aliento. La tomó de la nuca, obligándola a acercarse hasta que sus frentes se tocaron.

​—El contrato murió en la fundición —susurró él—. No te retengo por un papel, Gia. Te retengo porque eres la única fórmula que mi mundo no puede explicar, y porque no tengo la menor intención de dejar que te vayas nunca. Si quieres quemar este imperio y empezar de cero, lo haremos. Pero lo harás conmigo.

​Gia sonrió, una sonrisa cargada de esa rebeldía que a él tanto le fascinaba.

​—Parece que voy a tener que actualizar mis protocolos de investigación, Volkov. Porque sospecho que estudiar tu obsesión me va a tomar mucho más que once meses.

​Dax la levantó en brazos, llevándola hacia el ala oeste, donde la jaula de acero finalmente se había transformado en un hogar forjado por el fuego y la verdad.




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