Fórmula para el desastre

Epílogo— El Edicta de Acero y Seda

Seis meses después de la caída de Elena Volkov y Luciano, la mansión principal ya no se sentía como una fortaleza de secretos, sino como el centro de mando de un nuevo imperio.

Gia estaba de pie en el balcón del ala oeste, observando los planos holográficos de la nueva planta aeroespacial que llevaba el nombre de su padre. Había recuperado su legado, pero lo más sorprendente para ella era que no lo había hecho sola. Al sentir la presencia inconfundible de Dax detrás de ella, no se tensó; al contrario, se inclinó hacia atrás, buscando el calor de su pecho firme.

​Dax la rodeó con sus brazos, entrelazando sus dedos sobre el vientre de ella. En el dedo anular de Gia, el diamante negro brillaba con una intensidad renovada.

​—Los inversionistas están listos para la firma final, Gianna —murmuró Dax, su voz de barítono vibrando contra su oído—. Pero he realizado una modificación de último minuto en los estatutos.

​Gia arqueó una ceja, esa chispa de humor ácido regresando a su mirada.

—¿Otra cláusula de propiedad, Volkov? Creí que ya habías agotado todas las formas legales de decir que me perteneces.

​Dax la giró para que quedara frente a él, manteniéndola atrapada entre el barandal y su cuerpo de 1.90 m. Sus ojos grises, antes fríos como el acero, ahora la miraban con una devoción oscura que ella ya no temía.

​—No es una cláusula legal —dijo él, tomando su mandíbula con una firmeza posesiva—. Es una declaración. Industrias Volkov y Moretti ahora son una sola entidad indivisible. Al igual que nosotros. No habrá más contratos de un año, ni renovaciones. Lo que tenemos es perpetuo.

​Gia puso sus manos sobre los hombros de su esposo, sintiendo la solidez del hombre que había destruido su propio pasado para construirle un futuro a ella.

​—Sabes que sigo siendo un desastre que no puedes controlar por completo, ¿verdad? —le recordó ella con una sonrisa desafiante.

​—Lo sé —respondió Dax, su mirada bajando hacia sus labios con un hambre que el tiempo no lograba saciar—. Pero eres mi desastre. Y me encargaré de que el mundo entero lo recuerde cada vez que escuchen nuestro nombre.

​Dax la besó, un beso que selló su destino final. Ya no había mentiras, ni deudas de sangre, ni patentes robadas. Solo quedaban dos almas rebeldes que habían encontrado en la obsesión del otro su forma más pura de libertad.

​Mientras las luces de la metrópolis comenzaban a encenderse en el horizonte, Gia comprendió que el contrato no había sido una trampa, sino la prueba de fuego necesaria para forjar un amor que, al igual que el grafeno, era casi imposible de romper.




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