Las peleas entre Juliet y Michael ya eran casi una tradición en el 4to ciclo de Ingeniería Química. Cada vez que se cruzaban en pasillos o en la cafetería, la batalla verbal comenzaba, y como siempre, terminaba con la infalible cachetada de Juliet.
—Michael, ¿en serio naciste sin filtro? —le lanzó ella, mientras él se reía sin preocupación—. Aprende a medir lo que dices, que esto no es un juego.
—¿Y tú aprende a no soltar manotazos? —replicó él, encogiéndose de hombros—. O mejor, trae casco la próxima vez.
—¿Casco? ¿Para aguantar otra cachetada? —Juliet alzó la ceja, desafiante.
Por más que intentaba concentrarme en mis apuntes, esas discusiones eran imposibles de ignorar. En esos momentos, pensaba que al menos su batalla distraía a todo el mundo del examen que se acercaba.
Mientras tanto, en el otro lado del campus, en el 4to ciclo de Ingeniería Industrial, Thomas seguía apareciendo por donde menos esperaba. Su curiosidad era evidente, y aunque mantenía la distancia, su mirada no me dejaba en paz.
Una tarde, mientras buscaba un lugar tranquilo en la cafetería, me encontró.
—¿Quieres ir por un café después de clase? —preguntó con esa sonrisa que no sabía si era invitación o desafío.
Antes de que pudiera responder, Juliet me lanzó una mirada de advertencia que parecía decir “más te vale pensar bien eso”.
Kate, que también estaba cerca, no tardó en notar el interés creciente de Thomas hacia mí. Su sonrisa dejó de ser amable y empezó a tensarse.
—No sé si él es tan bueno como parece —me susurró—. Los que muestran mucho interés, a menudo esconden algo.
No sabía si tomarlo como consejo o amenaza, pero sus palabras se quedaron rondando en mi cabeza.
Entonces apareció Petter, un año mayor y siempre con esa actitud despreocupada y confiada que parecía no tomarse nada en serio.
—¿Café? —me dijo con una sonrisa pícara—. Yo invito, y prometo no hacer preguntas incómodas.
Ante tanta acumulación de ofertas, no pude evitar responder con una sonrisa irónica:
—Muchas gracias, pero tengo algo que hacer con Juliet más tarde. Creo que no podré, tal vez para otra ocasión.
Y con eso, me escabullí entre la gente, dejando atrás las miradas curiosas y las sonrisas cómplices.
Entre risas, cachetadas y miradas fugaces, el caos parecía volverse parte de mi rutina universitaria.
Y yo solo quería entender qué era todo eso que sentía y por qué parecía tan difícil mantenerlo bajo control.