Fortuna y Conflicto

Capitulo uno: Ante el trabajo

Parte uno. El mundo común.

Capítulo uno: Ante el trabajo

Nunca se había esperado tanto de ella. Loralin Virmaris no era una chica que se pudiera subestimar, de cualquier forma.

Era hija de un campesino de gran renombre, pero hacía tiempo habían dejado de tener esperanza alguna sobre su comportamiento. Era un alma tan libre que nunca podrían adivinar donde se encontraba: Al otro lado del pueblo o pérdida en el bosque. Era la joven más impredecible del pueblo. Un alma libre, reacia a ser controlada por nadie. Una a la que no le importaba encajar dentro de la comunidad.

El ambiente en el reino de Shahadur era tranquilo, cada casa, de gran tamaño, se distribuía de manera equitativa por toda la región, sin ser demasiado altas u ostentosas, cada una tenía lo suficiente para sobrevivir. La convivencia se hacía exclusivamente en la zona de la ciudadela, en el pueblo, donde todos se veían los rostros desmañanados, donde los vecinos te saludaban, donde todos estaban seguros, en todo caso, nadie se atrevía a cruzar el bosque estando solos, o de viajar durante dos días (a caballo) hasta el mar Bijou. La verdad, todos en el reino eran cobardes. Todos excepto Almer Celreth. Para Loralin, era la única persona interesante que conocía, la única con la que podía sentir esa esencia aventurera. Aun si él casi siempre la ignoraba.

— Entonces el cuento que estaba leyendo decía que… — se interrumpió su relato, para mirarlo. — Creo que el nudo no va así… ¿Cómo lo pidió mi padre? — Murmuró la chica, subida en un tronco, mientras le daba una mirada a la cuerda mal hecha y luego miraba de nuevo al pobre chico sudar con esfuerzo, tratando de atar las canastas que su empleador, el padre de Loralin, le había pedido.

Él tenía esa particularidad de no seguir al pie de la letra las indicaciones, sobre todo aquella ridícula imposición sobre mantenerse alejado de la chica (como si Loralin le importaran las absurdas reglas que su padre le ponía a sus ayudantes), sin embargo, atar cestas y reunir la cosecha del sembrado del señor Virmaris era lo que costeaba su ya de por sí escaso modo de vida: Un chico con padres muertos era la clase de historia que el padre de Loralin buscaba como empleado.

La miro por un segundo, lucia despreocupada como era usual, con sus cabellos negros sueltos, moviendose al ritmo de la brisa. Soltó un suspiro apenas silencioso antes de responder.

— Quiere un nudo doble, va a venderle estas frutas al clan Darona. — Murmuró con aquella voz dura, pero nada grosera. Rozaba la indiferencia. Loralin hizo un sonido de aprobación, había estado masticando una de las frutas que Almer le había dado para mantenerla en silencio, de nuevo, como si eso fuera del todo posible.

— Creo que así no se hace… — Dijo Loralin, pocos segundos después de tragar su bocado, haciendo que el muchacho rodara los ojos.

— No me digas… No lo había notado— Murmuró, casi más para sí mismo que para ella, mientras desataba el nudo y volvía a empezar.

Medio minuto después lo logró. Cargó las canastas en la carretilla, Loralin subió también, como habían estado acostumbrados a hacerlo, y él empezó a caminar, jalando la carreta detrás de él. A este punto, era un hábito entre ambos, más a gusto de la chica que de él.

Se habían conocido por pura casualidad: El padre de Loralin había acogido un aprendiz, un pequeño niño de cabellos blancos cuya piel se ponía roja con el esfuerzo o la vergüenza, de aspecto flacucho, un poco más alto que los niños de su edad, con mirada insolente, incrédula, indomable. Loralin, sin embargo, notó el ligero ápice de miedo que había en la mirada del niño, uno que, según comprendió cuando era mayor, se había visto obligado a adentrarse a un mundo del que no tenía idea. Ni siquiera sabía cómo había llegado, porqué su padre lo había traído, y por un momento la inocente chica pensó que sería como un hermano. Pero no lo fue, la relación había quedado clara desde el principio, él no debía acercarse a ella, ni ella a él. Aquella primera impresión que tuvieron del otro le permitió a Loralin saber que él era tímido, reservado, un chico ingenuo que al mirarla, sintió que sus mejillas se le acaloraron al instante, sobre todo por aquella mirada de superioridad que la niña le había dedicado.

Aun así, y ante las imposiciones de su padre, Loralin no había dejado de molestarlo. Iba a verlo después del almuerzo, se había sentado a su lado, comenzando a hacer preguntas que él no respondía, pero que si escuchaba. Luego ella hablaba sin parar, de mil y un cosas, y él escuchaba. Y así siguieron durante años.

Lo que era curiosidad infantil se convirtió en una amistad unilateral, donde Loralin hablaba sin parar de sus numerosas aventuras o de los libros que había leído, y él seguía escuchando, más por obligación que por gusto. En especial porque ella tomaba la ventaja de sus tareas en la granja y él se veía forzado a cumplirlas sin irse, así que no tenía ninguna escapatoria.

En el fondo, él disfrutaba las platicas, porque le ayudaban a pasar el rato, porque la voz de Loralin era risueña, porque todas las historias de libros que contaba con emoción él las imaginaba antes de dormir.

Claro que la inminente no-amistad entre ambos jóvenes no había pasado desapercibida por su padre, quien le advirtió que no intentara nada extraño con su hijita. Estaba comprometida por nacimiento con un hijo de la familia Darona, una familia igual de ventajosa e influyentes del reino. Él, de cualquier manera, sabía que no había oportunidad de intentar “algo extraño”. Conocía bien su lugar en la jerarquía de la sociedad.




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