Capítulo doce: Ante las diferencias
Se sentaron a hablar con Domenas muy entrada la tarde, cuando el cielo comenzaba a tirar tonos rosados y morados, ellos repartidos en asientos de paja que estaban destinados a los niños de la comunidad; habían notado la peculiaridad de la aldea poco después de explorarla: había solo varones, las familias, los niños, todas conformadas por criaturas de cabello largo, facciones endurecidas y las barbillas con vello facial, entonces Loralin era todavía más extraña dentro de la aldea entera, aunque nadie parecía notar esas diferencias ni tampoco señalarlas. El centauro los miraba sin decir nada, como si solo observarlos le satisficiera la curiosidad. O quizá solo estaba pensando en qué preguntar antes de cuestionar en voz alta.
Loralin miraba alrededor, temerosa de hacer contacto visual y que se formara un momento incómodo. Almer tenía las palmas unidas en su regazo, aún esperando la interrogación. Nalyo, aun en su hombro, lucía de mal humor. Domenas sonrió una vez más antes de abrir la boca.
— ¿Cómo entraron al libro? — murmuró, aun con el semblante tranquilo pero había algo en su tono que dejaba en claro que la curiosidad que sentía era peligrosa. Almer carraspeo la garganta, pensando en cómo formular su respuesta. Sentía que les debía todo por aquella comida, así que habló sin dudar.
— Le dieron el libro a Lori, ella solo lo abrió y las páginas comenzaron a pasar por su cuenta, después una luz nos arrastró y terminamos en este lugar. — dijo, sin prisa y sin pausa, un resumen acertado de lo que, para él, había sido la peor aventura que habría vivido nunca.
Domenas frunció ligeramente sus cejas, incrédulo, como si hubiera esperado algo más complejo, algún procedimiento más difícil. Los miro a los ojos, buscando en ellos alguna pizca de duda o deshonestidad, pero no había ninguna. Espero unos segundos antes de hablar de nuevo.
— ¿Y cómo piensan salir? —
Esta vez, Loralin tomó la palabra. — Tenemos que llegar al árbol de la sabiduría, si lo que nos han repetido tantas veces es cierto, aquel árbol nos ayudará a salir de aquí. — mencionó con tranquilidad pero también con un sentimiento creciente en su pecho. Uno que dejaba en claro que el pensamiento de irse de ahí no le agradaba en absoluto.
— ¿Eso les dijeron? ¿El árbol les ayudará a salir? ¿Y como? — siguió preguntando, parecía esforzarse en no sonar ansioso en absoluto, pero fallando estrepitosamente.
Almer frunció las cejas por primera vez, como si el velo de ignorancia y desconfianza estuviera ahí de nuevo, lo observó con atención, tratando de averiguar hasta qué punto las intenciones de Domenas eran genuinas. Dudo un momento antes de hablar de nuevo.
— Es todo lo que nos dijeron, no explicaron nada más… — murmuró, aun siendo completamente honesto. Domenas sonrío una vez más, soltando una risita despreocupada.
— Por supuesto… — dijo, recuperando su compostura. Luego volvió a hablar, mirándolos a ambos, con aquel semblante sereno con el que lo habían conocido. — Veran… Siento mucha curiosidad por ustedes, viajeros, porque están muy lejos de casa. Y porque el árbol de la sabiduría no funciona para nosotros… He intentado varias veces recurrir a él, pero no hay efecto alguno. Solo espero que funcione para ambos… supongo que al Melkree van a dejarlo atrás… — continuó, con un ligero tono condescendiente entre sus labios, miró al melkree por un segundo más largo, antes de juntar sus manos en un sonido suave que los hizo retomar la atención. — Está anocheciendo y a esta hora mis pueblerinos se ponen ligeramente intolerantes hacia los extraños… los llevaran a una cabaña donde podrán dormir y mañana temprano se servirá el desayuno. — Anuncio, mientras caminaba a la puerta de su cabaña, abriéndola y haciéndose a un lado para dejarlos pasar. Les dio una última mirada intensa antes de dejarlo ir.
Loralin y Almer caminaban despacio detrás de otro centauro, como si la conversación hubiera sido tan rápida que no habían retenido nada de lo que había dicho. Los hicieron entrar a una cabaña que aun siendo más pequeña en comparación a las demás, les quedaba demasiado grande.
Nolya salto del hombro de Almer hacia una mesa enorme que adornaba el ‘confinado’ espacio, luego, entre gruñidos, empezó a juntar los materiales más suaves que encontraba, pedazos mal cortados de telas, o hojas que caían de los agujeros del techo de paja y terminaban encima de la vieja mesa de madera. En su mayoría, eran hojas secas, asi que se puso de peor humor. — No hay hojas frescas aquí, no hay aire fresco nocturno, no hay sonidos de nildrus… — Y entre tantos quejidos, se había improvisado una cama, donde se acostó y dormito, aun fanfarullando entre sueños.
Había una pobre lámpara de cristal iluminando el espacio, dentro, tenía una especie extraña de flores luminosas, como las que habían visto al llegar al libro por primera vez. Había una especie de cama al fondo, enorme, ninguno de los dos discutió por quien dormiría ahí, era suficientemente grande para diez personas comunes de tamaños promedio.
Almer se preguntó cuándo fue la última vez que Loralin tocaba una cama, habían pasado días enteros durmiendo a la intemperie, y el, ya estaba acostumbrado a dormitar bajo un árbol o acurrucado en el granero de la granja. Ni siquiera recordaba la última vez que él había tocado una cama.
Se quitaron los zapatos y prácticamente saltaron a la cama, lado a lado, acostados, sintiendo los componentes de un colchón centauro: había hojas, sin duda, y no se sentía tan suave como hubieran esperado. Pero era mejor que el suelo. Cuando sus espaldas se adaptaron a la sensación, Almer dio un suspiro, mirando el techo con mirada perdida. Loralin no quería romper el silencio, observaba al chico con suma atención, respirando despacio, solo existiendo al mismo tiempo que él. Ella sonrió.