Capítulo trece: Ante los caminos
La noche fue una tortura para ambos, Loralin, incapaz de dormir con la presencia de Almer y la evidente decepción que le habia causado, se quedo despierta, en una esquina de la cabaña, cerca de una ventana, con una manta de tela suave que habia encontrado, ceñida alrededor de sus hombros. Abrazaba sus rodillas, mirando a los centauros pasar de vez en vez, cubiertos por la oscuridad del cielo. En realidad no le interesaba sus asuntos, ni siquiera entendía lo que sucedía fuera de aquella cabaña, solo buscaba algo para no tener que ver al chico.
Almer tampoco pudo dormir, sentado en la cama, solo pensando en la conversación y en las implicaciones que tenía, totalmente desesperanzado, porque nada iba a convencerla de irse, no cuando la idea estaba tan arraigada en su cabeza. Había fallado la única tarea que le habían encargado, ya no sabía como resolverlo y la estaba perdiendo, entonces tampoco sabía cómo recuperarla.
En cuanto el sol salió y el frío de la noche comenzaba a disiparse, Loralin se puso los zapatos y se fue, Almer no pudo decir nada en toda la noche y el los últimos segundos de aquel espacio compartido, solo se quedó ahí, dejándola ir.
Despertó a Nolya, que salió de aquel sueño profundo entre balbuceos, ajeno a la conversación que Loralin y Almer habían tenido, y de lo que significaba para el viaje.
— Levántate, tenemos que desayunar para irnos. — dijo Almer, empujando con un dedo el cuerpecito del melkree. Este frunció sus diminutas cejas y se levantó en la mesa, mirando alrededor.
— ¿Y la chica? — preguntó, mirándolo con atención, Almer junto sus labios en un línea fina, negando con la cabeza.
— Mejor no preguntes. —
Y Nolya decidió hacerle caso, porque para empezar, a él le importaba poco las cuestiones humanas. Salieron de la cabaña, arreglando todo lo que había usado y dejándolo tal y como lo habían encontrado Almer caminó despacio, con Nolya en su hombro, pasando por las calles hasta llegar hasta donde, si su memoria no fallaba, estaba el comedor comunitario del pueblo. Loralin estaba sentada con Domenas y otros centauros, parecían hablar animadamente de algo. Almer sintió el pecho lleno de decepción, o quizá eran celos, pero era un sentimiento que no le agradaba. Se le hundía el estómago, le daban ganas de llorar, le hacía fruncir sus dos cejas con tanta fuerza que temió arruinar su rostro para siempre.
Se alimentó bien, sentado en las ridículas mesas pequeñas, con Nolya observandolo y luego a Loralin.
— ¿Sabes? Cualquiera con dos ojos notaría que están distanciados. — dijo el honguito, tragando su bocado de fruta. Almer bufo, indiferente.
— ¿Si? Bueno, no me importa lo que los demás digan. ¿Y ella? pues es libre de hacer lo que desee. — Insistió, con aquel tono defensivo que trataba con todas sus fuerzas ser indiferente. Nolya negó con la cabeza, suspirando.
— ¿La vas a dejar aquí? — Almer lo miro, por segundos más largos de lo planeado, tratando de averiguar si el sabia algo al respecto de la promesa que le había hecho a su padre el sabio Melkree, luego miró abajo, seguía moviendo su mano alrededor de la comida, pues no tenía apetito
— No puedo controlarla, si ella quiere quedarse, no puedo hacerla cambiar de opinión. — dijo, tensando su mandíbula. Nolya se limpió la boca con su mano.
— Estar aquí no la va a hacer feliz, a la larga. — continuo, con ese toño gruñón sabelotodo que era irritante. Almer se encogió de hombros.
— Yo escogería su felicidad por encima de la mía, mil veces, así que no tengo poder alguno de decisión aquí, de todas formas. — Nokia lo observó por varios segundos, como si notara algo particular en el chico, pero dejó morir la conversación poco después.
Hubo muchas formalidades luego del desayuno, Domenas le daba una última charla deseando el mejor de los viajes, le entregaron una bolsa bordada de gran resistencia, y empacaron frutas para que pudiera alimentarse bien. La charla con Nalyo fue un poco condescendiente, pero tuvo una ligera amabilidad de todas formas, solamente cortesía obligada.
Almer observó a Domenas, como esperando alguna actualización del veredicto de Loralin, este sonrió, como si leyera su mente.
— La portadora ha hecho su voluntad, ten por seguro que la cuidaremos de manera adecuada. Ella ya no es una viajera perdida, querido Almer, ha encontrado un lugar que piensa acogerla y protegerla. — anunció, con voz animada.
El chico sintió náuseas, como si la poca comida que había consumido le sentara mal. El corazón se le aceleraba y luego latía de manera lenta. Domenas le entrego una pequeña navaja hecha con piedras, pulida y unida a un mango de color claro, era larga y puntiaguda, solo la tomo y aun con el nudo en su garganta, murmuro un agradecimiento.
Loralin no estaba en el pueblo a la hora de las formalidades, había decidido aprender los oficios de la comunidad y acompañar a los centauros que se encargaban de la pesca. Tenía los pies dentro del agua, mientras charlaba, miraba el agua correr con velocidad, y a los peces caer directo a las cestas tejidas que funcionaban como trampa. Sus pies tocaron algo frío, se inclinó, metiendo su brazo para explorar; no tardó en encontrar lo que había tocado.
Era una piedra pequeña, de forma irregular, blanquecina. Tenía bordes picudos pero era singular, la hizo sonreír, era preciosa. El color blanco lo asoció a las nubes de casa, cuando se quedaba acostada en el bosque para observar el cielo, tan azul que sentía que se ahogaba en un mar de intensidad. Luego lo asoció con el que, para ella, era la persona más interesante de Shahadur. El único amigo que tenía y a quien había defraudado más de una vez. Él, quien la había salvado una, y otra, y otra vez. Aquel que estaba partiendo de la aldea para nunca volver.