Capítulo catorce: Ante los encuentros inesperados
Almer caminaba a paso rapido, como si aquello le permitiera sentirse menos miserable, sentia las lagrimas en sus ojos amenazar con empezar a salir, pero no salieron, se obligo a no dejarlas; en el fondo, todo lo que había sucedido entre ambos lo sentia como un castigo a como habia sido con ella al principio, a como habia actuado como un idiota, y ahora el vinculo entre ambos parecia tan lejano, tan roto.
Pateó unas hojas a medio camino, con un grito de frustración, antes de recargarse en un árbol, sentía que toda su energía se había quedado con ella. Y no solo la energía, el corazón le latía con una lentitud dolorosa.
Nalyo lo observo desde atrás, con una mirada que apenas podía decirse de simpatía.
— No te dejes derrotar por esto… ella ha tomado una decisión. — murmuró el hongo, como si el arrebato de Almer fuera solamente una distracción del camino y no la desgarradora despedida de dos jóvenes con sueños distintos. Cuando Almer se incorporó de su agarre en el árbol, tenía los ojos rojos, con pequeñas gotas saladas alrededor.
Las limpio con fuerza mientras se obligaba a seguir el camino, Nalyo siguió de cerca, dejando en claro que era increíblemente torpe respecto al llanto en otros. El silencio no era incómodo, pero era interrumpido por los sollozos que Almer dejaba salir de sus labios, temblorosos, de vez en cuando.
Aquella decisión lo había matado, pero a ella también.
El corazón de ambos brillaba de angustia, sus pensamientos invadidos por el otro, ambos haciéndose la misma pregunta: “¿Habré elegido bien?”. Y sin embargo, ninguno de los dos tenía respuesta.
— No sé si es correcto dejarla atrás — murmuró Almer, después de calmarse, varios minutos después.
Nalyo lucía escéptico. — No vas a convencerla de irse. Quizá ella no te quería tanto como tú a ella. — dijo, tan casual que se sintió como una cachetada, un golpe de realidad que afectó todo lo que Almer había estado pensando.
— No, quizá no. — sin embargo, lo creyó. Porque era mucho más sencillo sufrir y olvidar que sufrir para toda la vida. Quizá era mejor para él, dejar de pensar en ella. Porque así, ella no podía herirlo. Estaría tan lejos, que ni siquiera notaría su ausencia. (¿No la notaría?).
Caminaron por varias horas, Almer lucía derrotado; ojos rojizos e hinchados, el cabello desordenado y sus mejillas rosadas. El sudor caía por su frente, sus piernas punzaban de cansancio, y se dio cuenta que tan agotado se sentía cuando cayó de rodillas sobre el pasto, en un golpe seco que le debilitó sus extremidades.
Se dejó caer por completo, acostándose en el pasto, mirando el cielo, ahora oscuro, las flores a lo lejos era lo único que iluminaba la zona. Su corazón se estrujaba en cada cosa que veía, porque solo imaginaba a Loralin admirando todo.
Se quedó ahí, en silencio, sin sentir nada de paz. Se concentró en su respiración, la forma en que su pecho subía y bajaba, lenta y dolorosamente. Miro las estrellas, su brillo singular era mejor apreciado dentro del libro, todo aquí era tan maravilloso, podía entender con claridad porque ella quería quedarse con tantas ganas.
Sin expectativas, ni futuros impuestos, ni problemas, serían libres. ¿Pero que costaría esa libertad? ¿Qué precio pagarían?
También entendía, entonces, el peso en las palabras de aquella promesa. El cómo, el orden natural de todo se vería invadido por ellos. ¿Qué tan egoísta podría Loralin llegar a ser?
El cielo oscuro lo envolvía en un manto frío y distante, que se volvía cálido cuando repasaba las cosas que Loralin tenía que él consideraba sus favoritas.
Sus ojos, claros y brillantes, llenos de curiosidad por todo, llenos de amor, admiración, de aquella personalidad tan brillante que una vez encontró irritante.
Su cabello, largo y oscuro, él imaginaba cómo se sentía trazar sus dedos en medio de las hebras, tan suaves… tan de casa.
Luego pensó en su casa, en las condiciones en las que había vivido y que, buenas o malas, lo habían guiado a un destino marcado por el encuentro con ella, y con todos esos años que, sin pedirlo, había conocido a fondo a aquella chica.
— ¿La estimas? — pregunto Nalyo, que lo había estado observando en silencio. Almer salió de golpe de su ensoñación y lo miró. Por unos momentos no supo si mentir o decir la verdad. O evadir la pregunta. Podría fingir que no lo había escuchado.
— No quiero hacerlo… — comenzó a decir, con la voz ligeramente más grave por haber llorado antes. Nalyo lo interrumpió.
— Pero, ¿lo haces? — cuestionó de nuevo, con aquella antipatía que lo caracterizaba últimamente.
— Lo hago —
Pensó muchas cosas más antes de dormir. Miles de escenarios sobre lo que pasaría una vez que él cruzara aquel umbral que separaba el malgarog del mundo real.
Pensó en las excusas que diría para explicar la notable ausencia de Loralin. Luego se dio cuenta que no quería volver sin ella, pero no sabía identificar hasta qué punto ese deseo era parte de la promesa o parte de lo que él anhelaba en su interior.
Se quedó dormido sin darse cuenta, en aquella posición incómoda, sintiendo toda su energía drenada, el dolor en sus rodillas. Cuando despertó, con los primeros rayos del sol y la humedad matutina sentía un dolor de cabeza que no le impedía seguir el viaje, pero que lo hacía incómodo.