Fortuna y Conflicto

Capítulo quince: Ante las reflexiones

Capítulo quince: Ante las reflexiones

Todo se sentía extrañamente normal. Un campo verde, completamente hermoso, podía sentir el pasto fresco bajo sus pies y una brisa mañanera golpeando su rostro. Lo vio de espaldas, Almer estaba observando algo a lo lejos y ella se sintió nerviosa. Entre el reencuentro y el cómo habían terminado las cosas la última vez que se habían visto, sentía que había pasado una eternidad entre ambos.

Se acercó despacio, tratando de repasar algún discurso en su cabeza que fuera lo suficientemente inteligente como para recuperarlo y nunca perderlo. Sentía sus mejillas arder, se alisó la falda un par de veces, acomodando las imperfecciones que no existían. Cuando dio un par de pasos, Almer pareció escucharla porque volteó a verla. Estaba ahí, impecable, con una sonrisa cariñosa.

Loralin se detuvo un momento, inspeccionando un poco a este Almer, porque sabía que él evitaba sonreír la mayoría del tiempo. Entrecerró sus ojos un poco, gesto que pasó desapercibido gracias al sol que comenzaba a deslumbrar. Almer tomó la iniciativa y se acercó, tomando una mano de ella entre las suyas. El contacto les dio una calidez creciente en su pecho, Loralin soltó un suspiro, justificando aquella sonrisa como la gratitud de volver a verse.

Con voz temblorosa, comenzó diciendo: — Lamento todo lo que dije. No fue mi intención ser así de mal agradecida contigo. — trato, mientras tragaba saliva. Almer negó con la cabeza, seguía con esa sonrisa.

— Descuida, tú tenías razón. Este lugar es perfecto para ambos. —

Loralin sintió su cuerpo entero tensarse. Frunció sus cejas mirando al chico, lucía normal, todo parecía perfecto, todo era lo que, hasta ahora, ella creía que quería.

Pero no se sentía bien.

Su Almer jamás admitiría en voz alta que ella tenía razón. El no sonreía a menos que hiciera algo realmente estúpido o tierno. El no querría estar lejos del recuerdo de sus padres ni aunque le ofrecieran todo el dinero del mundo.

Retrocedió por instinto, el Almer impostor lucía confundido, y ella lucía decidida. El lugar había oscurecido en un parpadeo y Almer ya no estaba. Los árboles, tan impetuosos y grandes, comenzaban a derretirse de una manera escalofriante. Entonces ella abrió los ojos.

Se enderezó en la cama, respirando rápido. Sacudió su cabeza tratando de borrar los recuerdos que el sueño había dejado, mientras veía alrededor. La cabaña seguía tan sola como la había encontrado, y de repente el aire era más frío estando ella sola.

No tenía a nadie con quien hablar, le habían prohibido estrictamente no salir en la noche, pues los centauros eran más territoriales a altas horas de la luna.

Se levantó de la cama, al sentir la madera fría crujir bajo sus pies su corazón se calmó, como si esa fuera garantía que ella seguía a salvo. Relativamente.

Se paseo en la cabaña por un buen rato, solo hasta que sus pensamientos dejaron de vagar entre lo asustada que estaba al enfrentarse a un Almer charlatán.

Pensó en él, en el Almer real, sintiendo profunda culpa por haberlo dejado solo. No lo apoyó, aún si ella había recibido su apoyo (a veces a regañadientes) en muchas ocasiones.

La verdad era que, aún si era malhumorado y algo amargado gracias a la vida que le había tocado llevar, él jamás se negaba a nada de lo que ella pidiera. Pensó en lo que su peculiar amistad había representado para ella todos los años que llevaban conociéndose. Había sido tan simple, tan repentino. El niño flacucho de cabellos blancos, con aquellas hebras que se enrollaban encima de su cabeza, de ojos grandotes y tan azules que ella siempre veía con admiración, porque estaba segura de que podía nadar en ellos.

Nunca lo admitía, y tampoco lo restregaba en su cara, pero ella se daba cuenta cuando él tenía miedo. Era una niña, no debía cuidar a otro niño, pero lo hacía. Pero no era un trabajo que ella presumiera por todo el pueblo.

Era algo privado, desde una vulnerabilidad que él no quería mostrarle a nadie, ni siquiera ella, pero que ella había logrado traspasar aun así. Lo notaba en lo cansado que estaba, durante los primeros meses después de su llegada a la granja Virmaris, Almer lucía unas enormes ojeras oscuras bajo sus ojos. Ella nunca lo preguntó, pero seguro que dormir en un granero con más personas, desconocidas e igual de rotas y cansadas que él, era aterrador para alguien de su edad. Ella lo pensaba, se imaginaba a sí misma en su lugar y le entraban ganas de llorar.

Entonces decidió comenzar a leer. Odiaba hacerlo, lo consideraba aburrido. Pero aprendió por meses enteros cientos de cuentos diferentes. En sus visitas (donde también deslizaba un pedazo de pan recién hecho para el niño que él causaba tanta curiosidad) no paraba de hablar de los libros, asegurándose de recordar los mejores detalles. El jamás la detuvo, pero tampoco dijo que le agradaba. Aún así, ella siguió haciéndolo.

A veces cantaba, aprendía las canciones que su madre cantaba al cocinar, y las cantaba mientras el pequeño Almer recogía los frutos.

Cuando se dio cuenta, sus mejillas estaban mojadas. El recuerdo del pequeño niño que ella apreciaba tanto la hizo sollozar. Porque su ausencia dolía más que su indiferencia. Y en el fondo, sabía que algo de amor para ella sí existía en él. Se limpio con fuerza, sorbiendo su nariz y sentándose junto a la ventana.




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