Capítulo dieciséis: Ante los nuevos amigos.
Almer se inclinó en el suelo, antes de vomitar el desayuno. Sostuvo su cuerpo tembloroso con sus brazos, demasiado débiles para hacer algo más. Enjuagó su boca con el agua del río, antes de caminar lejos del desastre que había hecho.
Los últimos días habían sido los peores de su vida. Después del encuentro con esa criatura, la impresión y el miedo a morir había sido tal, que su estómago había decidido enfermarse. Se sentía débil y Nalyo había desaparecido con la excusa de buscar las hierbas que le ayudarían.
“La bestia busco otra forma de matarme” pensaba, mientras su piel ardía en fiebre, recostado ahí contra un árbol que habían elegido como refugio. Cerró los ojos, sintiendo su piel temblar, jamás había sido del tipo que se enfermaba muy seguido, así que era una experiencia surreal para él, entre sueños y delirios, su mente vagaba repasando los mejores momentos de su vida.
Loralin no bajó del árbol hasta después de medio día, cuando se aseguró de que no había otro ruido más que el de su respiración y el movimiento de su cuerpo contra las ramas. Había descansado todo lo que pudo durante la mañana, aún así, el dolor de sus piernas seguía persistiendo. Se obligó, sin embargo, a seguir caminando, sin mirar atrás ni detenerse. Los sonidos de las criaturas buscándola se escuchaban de lejos, acompañaban su travesía, su cuerpo estaba tenso, en consecuencia, y sus ojos alertas a cualquier ruido o movimiento.
Comía frutos mientras caminaba, sin querer desviarse del camino o perder tiempo; había decidido seguir el sendero marcado por pisadas, con la esperanza de alcanzarlos. Muy en el fondo de su corazón, se sentía aterrada de perderse, sola, dentro del extenso territorio mágico. El primer par de horas caminando, sentía sus pies punzar de dolor muscular, pero no se atrevió a detenerse, no cuando todo estaba tan pacifico y tranquilo. Las últimas pisadas de centauros que había escuchado habían sido en la madrugada, y sólo entonces pudo respirar bien.
Tomó una rama que encontró en el suelo y caminó con ella, apoyándose para evitar caer o agotarse demasiado. Al anochecer, se sentó en una piedra, esperando poder recuperar algo de su energía perdida. Cerró los ojos por un segundo, solo ganando un poco de fuerza, antes de que el silencio del bosque fuera violentamente interrumpido por las pisadas. Se levantó de golpe, tan rápido que la mareó, y la rama que había tomado la hizo tropezar al suelo. Colocó sus manos, pero el golpe ya había llegado. Su corazón se aceleró de nuevo, entre el miedo y la presión por salir de ahí, se arrastró y a tropezones se levantó por fin, corriendo de nuevo.
No sentía las piernas, entumecidas por toda la actividad física que había hecho las últimas horas, pero no se rindió, siguió andando; no fue enteramente su culpa cuando los centauros la rodearon. Ella retrocedía por inercia, su pecho subiendo y bajando buscando regular su respiración. Sentía la desesperanza de ser atrapada, la decepción de un plan fallido.
— Eres muy escurridiza, portadora. Vendrás con nosotros, Domenas estará feliz de volver a atraparte. — murmuró uno de los dos centauros que estaban ahí, ella contempló la posibilidad de pelear, pero eran dos gigantes contra alguien tan bajita como ella, no tendría oportunidad. También la idea de insultarlos, pero sabía que eran sensibles y estúpidos, no terminaría nada bien.
Simplemente no dijo nada, dio un paso y luego otro, con el corazón roto, porque su fallo significaba no verlo nunca más. Pensó, en modo de consuelo, el lugar donde le gustaría estar ahora mismo. Le dio varias vueltas a la pregunta antes de decidir que “en cualquier lugar con mi familia” era lo más correcto, y no “con Almer”. Se preguntó qué tan decepcionados estarían sus padres si la vieran ahí, en aquellas lamentables circunstancias.
Mientras vagaba en sus tristezas y frustraciones, los centauros escucharon algo a lo lejos. Ella volteo también. buscando el origen, como si su corazón no latiera como loco esperando que fuera Almer.
Fue tan rápido que no pudo ni parpadear; alguna criatura había volado hacia uno de los centauros, haciéndolo retroceder varios metros. Loralin se agacho, entre la impresión y el cielo que oscurecía, solo rezaba a los dragones celestiales tenerle compasión. “No me maten hoy, por favor.” se repetía en su cabeza mientras se arrastraba por el suelo hasta cubrirse en un árbol.
Mientras el centauro que fue atacado retomaba su compostura y se levantaba, la bestia atacaba al otro, de la misma manera. Era veloz y por lo ella alcanzaba a notar, también fuerte.
Aterrizó en el suelo poco después, avanzando hacia ellos antes de encabritarse, se apoyaba en sus dos patas traseras mientras agitaba sus alas, lucia territorial, lucia enfado. Loralin incluso pudo jurar que lucía como alguien ofendido. Lanzó un chillido agudo que terminó por ahuyentar a los centauros, que no tenían ningún chance en contra de aquella criatura.
Ella se quedó quieta, como si eso impidiera que se diera cuenta donde estaba. Pero no funcionó, además de las breves flores luminosas que comenzaban a alumbrar el sendero, aquella criatura tenía una vista increíblemente buena. Se acercó a ella con pasos lentos y decididos, Loralin aguanto la respiración como si temiera ser comida por la bestia. Incluso en ese momento, podía escuchar el tono regañón de Almer cuando ella se metía donde no debía.
Cerró los ojos soltando una respiración temblorosa, los apretó con fuerza esperando morir, en cambio sintió la enorme cabeza de la criatura contra su pierna. Cuando abrió los ojos, vio a la bestia en busca de… una caricia.