Capítulo diecisiete: Ante los reencuentros
Se quedaron viendo directamente, el uno al otro, por minutos que parecían interminables. Era simple, ninguno de los dos sabía que decir, y aunque ella se había disculpado, él todavía no sabía si era real. Quizá había muerto gracias a la criatura y todo lo que estaba viviendo era un sueño eterno y retorcido hasta la médula. Sonaba lógico en su cabeza.
Loralin se acercó despacio, sus manos se movían ansiosas, entrelazando sus dedos y después separándolos, sus piernas parecían temblar; Almer la miró con atención, sin mover ni un músculo, porque la teoría de su muerte seguía muy presente en su cabeza. La chica abrió la boca un par de veces, pero no habló de nuevo, parecía que no se le ocurría nada que decir.
Cuando estuvieron solo a unos pasos de distancia, Almer la miraba como si buscara algún indicio de que estaba soñando, controló bien sus impulsos de pincharse la piel él mismo para descartar la idea. Loralin, sintiendo su corazón latir despacio y luego rápido, lleno de calidez por haberlo encontrado, de solo verlo frente a ella, entonces, se llenó de valentía y habló de nuevo:
— Lamento todo lo que dije ese día. — Repitió, probando el terreno, esperando la reacción de Almer. — Estaba dolida, porque te ibas, pero nunca he pensado nada parecido. — su garganta comenzó a cerrarse de a poco, y los ojos se le hacían brillantes, con lágrimas. Su voz temblaba de indecisión, no sabia como continuar. — Sé que me has salvado incontables veces, y yo no he hecho nada por ti que pueda pagarlo, solo pido que me disculpes… — Almer no la dejó terminar, se acercó a ella con dos pasos grandes y la envolvió en sus brazos.
Se inclinó en ella, tomando su nuca con su mano, Loralin estaba desprevenida, pero aceptó el abrazo; se sintió sollozar debido a la tanta falta que le había hecho ese abrazo, luego se dio cuenta que el sollozo no había sido ella, era él. Su blusa se humedece con las pequeñas lágrimas que Almer estaba soltando, de alivio puro, pero también de felicidad por volverla a ver.
No sabia que demonios decir de vuelta, un suspiro tembloroso salió de sus labios, su corazón encontraba un ritmo parecido al de ella y solo entonces entendió que no era un sueño en absoluto, era real, ella estaba ahí. Ella había regresado.
— No puedo creer que te quedaras con ellos, maldición, te dije que ese tipo no me daba buena espina. — Murmuró Almer con la voz agravada, gracias al llanto, antes de separarse del abrazo. Loralin asintió, muy a su pesar.
— No se que planes tenía, pero definitivamente no era buen tipo. Lo he entendido, Almer, este lugar es bellísimo. Un lugar perfecto… que corrompimos al entrar. — Murmuro, mirándolo, antes de mirar alrededor, la criatura aun no se iba, estaba explorando no muy lejos de ahí. Almer tenso su mandíbula, humedeció su labio antes de hablar.
— Tengo algo que decirte. Sobre los Melkree — Almer trago saliva, guiandola para tomar asiento. El también lo hizo, carraspeo su garganta e ignoró la mirada de curiosidad que ella le daba. Sentía náuseas de repente.
— ¿Que con ellos? — insistió Loralin, con impaciencia.
— La conversación con el sabio, el padre de Nalyo… — ambos miraron al susodicho, quien seguía profundamente dormido a lo lejos, en sus hojas. Loralin sintió alivio de volverlo a ver. Luego miro a Almer, asintiendo, invitándolo a seguir con su relato. — Me hizo prometer que no dejaría que te quedaras aquí. —
La realización golpeó a Loralin, de manera tan honesta y brutal. Oh, la forma tan cruel de la vida de hacerte comprender las cosas.
No dijo nada por unos segundos, aun procesando aquella promesa que la incluía a ella, sin su conocimiento. Almer dudo si seguir hablando, sentía su garganta seca y no sabia como decirlo sin los efectos que tendría después. Aun así, siguió: — No fue porque yo quisiera, sabes que daría todo por ti… pero es como dices, nuestro pecado original fue entrar al libro en primer lugar. No pertenecemos aquí. — murmuro, tratando de tomar su mano. Ella la apartó de manera violenta, Almer lo sintió como una bofetada, completamente merecida. Su expresión cayó cuando ella se levantó, aun silenciosa y serena.
— Todo este tiempo me sentí como una egoista. — Comenzó a decir, casi sonriendo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, de nuevo. — Me trataste como una idiota, como una niña mimada y me hiciste creer que… la egoista era yo. — Almer se levantó también, con expresión triste, solo escuchándola, susurrando “lo siento” detrás de ella. Ella lo miró con decepción, antes de sorber su nariz, limpiando sus ojos con la manga de su blusa. — Contestame algo, ¿A quien estabas protegiendo? ¿A las criaturas? ¿A mi… O a ti mismo? — Almer unió sus labios en una línea fina, demasiado decaído para decir algo. A ciencia cierta, ni siquiera él tenía una respuesta clara para eso, al menos no una que a ella le satisfaciera.
El silencio sepulcral cayó entre ambos, el sol calentaba el lugar con calidez, pero entre ambos no había más que sentimientos gelidos. Almer miraba al frente, a un lado de ella, después de varios minutos de eterno resentimiento, por fin habló.
— Este lugar es bello cuando nadie trata de poseerlo, ahora somos guardianes de este secreto. — Loralin no dijo nada, pero sabía que, aun en el fondo de su resentimiento, él tenía razón. Tenían que condenarse a años de silencio eterno, para protegerlos a todos. Era implícito, pero ambos harían cualquier cosa para mantener todo en su lugar, no podían esperar salvarlos si se quedaban ahí, tenían que salir para asegurar la vida dentro. Lo miro por un momento, tan largo que Almer tuvo que mirarla de vuelta para tratar de descifrar lo que pensaba; ella se preguntó hasta qué punto podía confiar en él para proteger la magia del libro. Él no tenía ninguna idea de que pensar sobre ella.