Capítulo dieciocho: Ante la mala decisión
Los últimos días de su viaje fueron mucho más difíciles, estaban débiles, sus ánimos caídos y estaban agotados, física y mentalmente, veían la gloria de alcanzar sus metas tan lejos de ellos. La vegetación era deficiente a medida que se acercaban. No había más criaturas cerca y estaban por decirle adiós a Nalyo, que volvería con su comunidad para hacer su iniciación como sabio. Ambos se sentían felices por él, y por ellos mismos, estaban cerca de su mundo conocido. Volverían a la normalidad, aun si en el fondo sabían que no serían los mismos nunca más.
El camino se hacía complejo, árboles sin hojas los rodeaban y había neblina, como si no hubiera nada de sol. Habían dejado atrás el verde del pasto, suave y fresco, ahora era áspero, casi vulgar. No había flores lindas, y todo caía en ese monótono gris que los hacía sentir todavía más deprimidos. Siguieron, con incertidumbre a cada paso, guiados por un sendero que apenas y era visible. Almer iba a la cabeza, después Loralin y al último Nalyo, que observaba a su alrededor como si buscara aprender todo lo que le fuera posible.
Gracias a eso, se separó de ellos durante un tramo, aunque volteo a ver a todos lados, no podía verlos. ¿Como puedes perder a dos humanos de tamaño promedio? era ridículo. Aun así, y con su malhumor, siguió caminando por el sendero que más le dio confianza. Loralin no se dio cuenta de su ausencia hasta después, cuando de repente no pudo verlo detrás de ella. Detuvo a Almer poniendo su mano en su brazo, entonces decidieron separarse para poder buscar a su compañero; estaban seguros que no se iría sin despedirse y decirles alguno que otro consejo o palabras de aliento como era costumbre entre los melkree.
— Grita mi nombre cuando lo encuentres, y no te alejes demasiado.— pidió, mientras miraba a la chica que asentía con aceptación. Se dio la vuelta, lista para irse, antes de que él la detuviera de nuevo. Le extendió la navaja, aquella que había sido un regalo de Domenas, ella lo miró con curiosidad, luego la navaja en su mano. — Ten cuidado. — simplemente dijo, antes de inclinarse y besar su mejilla.
La chica no tuvo tiempo de reaccionar adecuadamente, solo lo vio marcharse, igual de avergonzado que ella. Empuño con fuerza la navaja y camino en la dirección contraria, tratando de reordenar sus prioridades.
Almer se agachaba para evitar ser rasguñado por las ramas, cubrían todo y le daban escalofríos. Llamó el nombre del hongo por varios minutos, antes de detenerse en un punto, para recuperar el aliento. Se sentó encima de una roca de gran tamaño, observando alrededor. Miro el cielo, tratando de averiguar cuántas horas tenía de luz para encontrarlo, pero no pudo ver nada más que la neblina densa y calurosa. Luego, escucho risas. Pequeñas, agudas, provenientes de los árboles. Se levantó de golpe, mirando alrededor, preguntándose hasta qué punto aquello era su imaginación.
— Es un humano — dijo una vocecita, él seguía girando en su lugar, buscando el origen.
— Él no es el portador. — Decía otra al mismo tiempo, y las risas se intensificaban. Se le metían a la cabeza, y eran tan frecuentes que comenzaban a atormentarlo.
— Es igual de divertido, aún si no es el portador. — decía una, mientras él corría lejos de ahi, aun así, las risas seguían resonando en su cabeza.
— Humano, humano… ¿Sabes lo que tu compañera está haciendo? — Le preguntaban, él no podía ver gracias a la neblina. No le hacía falta, él quería huir de ahí.
— Piensa traicionarte, hazlo tú primero. — sugirió otra, muy cerca de su oído que lo sobresaltó, haciéndolo tropezar y caer al suelo. Entonces noto a las pequeñas criaturas aladas que parecían saltar de árbol en árbol.
Loralin estaba rodeada de silencio. Caminaba despacio, esperando escuchar alguna pista del paradero de Nalyo. Algo captó su atención, eran árboles con hojas, árboles tan grandes y frondosos que por un momento creyó que alucinaba. Se acercó, examinando al grupo de árboles, y sonrió, sintiendo eso como una señal, un buen augurio. Si estos eran los árboles de la sabiduría, estaba más cerca de casa de lo que creía.
Alzó su mano, lista para tocarlo, antes de arrepentirse. La búsqueda de Nalyo seguía en pie, y Almer estaba lejos, aun así, la posibilidad de rendirse ante el cansancio y agotamiento mental eran grandes, pero, ¿traicionaría a Almer de esa manera? Un mareo le aturdió la cabeza.
Se apartó de los árboles con un suspiro pequeño, antes de darse la vuelta decidida a encontrar a cualquiera de los dos.
— Portadora… Portadora. ¿Por qué no lo hiciste? ¿No quieres regresar? — escucho una vocecita, no logro identificar de quién era, pero su cuerpo se tenso, antes de contestar, con tono amable, pues no quería más problemas.
— Tengo que encontrar a Almer. — murmuró, mientras el peculiar sonido de unas alas revoloteando le llegaban a los oídos. La voz volvió a hablar, parecía que la seguía de cerca mientras caminaba.
— Portadora, él estaba listo para irse sin ti, ¿por que hacer lo mismo por el? — Loralin tragó saliva, como si estuviera tratando de pasar en alto la mucha información que aquella criatura tenía sobre su situación tan particular, una sensación extraña le llenó el estómago. Su mano se apretó contra la navaja.
— Él no me dejó, estamos juntos ahora. — Insistió, defendiendo a su compañero.
— ¿Lo están? ¿Qué hubiera hecho si hubiera encontrado el árbol primero? —