Parte III: Regreso
Capítulo diecinueve: Ante el silencio
Despertaron en el mismo lugar donde estaban cuando se fueron. El libro estaba ahí, cerrado, inmovil, como si todo lo que habían vivido fuera solo un sueño. Loralin se despertó con la mala sensación en su pecho, esa que lo presionaba y que hacía imposible respirar con normalidad; había hecho algo horrible; si había sacrificado o no a Nalyo, también había condenado a todos dentro del libro a la crueldad de las criaturas oscuras.
Por un momento, deseo que todo fuera un sueño y ya. Almer despertó de golpe, aferrándose al suelo desesperado. Dio una mirada alrededor, todo lucía tan ordinario que casi se echa a llorar. Los recuerdos le llegaban de golpe, antes de mirar a Loralin, con aquella lucha interna entre amarle y temerle. El sol comenzaba a ponerse, pero el sentimiento no era bueno. Loralin trato de hablar, abrió la boca un par de veces, pero nada salía. No quería estar segura de lo que había sucedido.
Miro la ropa que ambos llevaban, la misma de cuando se fueron. Por un momento, de alivio, creyó que eso significaba una histeria colectiva, que habían tenido un sueño, uno muy malo. Pero eso no explicaba porque Almer lucía tan herido. Tan desconfiado. Su mano fue a la bolsa de su vestido y su expresión cayó cuando encontró la piedra blanca. La apretó en su mano, como si eso la hiciera desaparecer, junto a todos sus pecados. Miro alrededor, la navaja estaba tirada, no muy lejos de ellos, y comprendió que aquello que había hecho, era real.
— Almer… yo… — intento explicar, antes de que él negara con la cabeza, abrazándose a sí mismo.
— No hay que decir nada. — cortó de manera brusca.
A lo lejos, escucharon gritos desesperados de un padre que no encontraba a su hija. Vieron las antorchas a lo lejos, y se levantaron, una simple mirada les bastó para entender que no podían explicar lo que pasó, ni siquiera entre ellos. Estaban agotados, estaban cambiados, para siempre. Ni siquiera sabían lo que estar dentro del libro significaba para ambos, el precio individual que pagarían. Almer recogió la navaja y la escondió en su pantalón. Ella ocultó la piedra en su vestido, las únicas pruebas que tenían de que aquello que habían vivido si había sucedido.
La bruja los encontró primero, se acercó a ellos con una mirada que delataba que sabía, sabía algo de lo que había sucedido entre ellos, ella notaba cada pequeño detalle que las miradas rotas de ambos jóvenes tenían.
Él intentó hablar, pero se detuvo, porque no sabía qué decir. Ella intentó intervenir, pero tampoco dijo nada. La bruja les dio una mirada comprensiva, antes de negar con la cabeza.
— Estuvieron en un lugar que nadie podría imaginar, si alguien los obliga a hablar, no saldrá nada bueno de ello. No lo mencionen. — dijo aquella señora, repitiendo algo que ellos ya sabían. Luego, llamó la atención de los demás, quienes habían estado buscándolos por horas.
El padre se apresuró a abrazar a su hija, tembloroso, un hombre lleno de incertidumbre y desesperación. Ella no se movió, pero no correspondió el abrazo. Entonces la miro, inspeccionando primero, buscando heridas, luego, como buscando en sus ojos la verdad detrás de las horas sin llegar a casa. Miro al chico, lleno de desconfianza, llegando a conclusiones erróneas.
— ¡¿Como te atreves a deshonrar a mi hija?! — Había gritado, mientras la bruja le ponía una mano en el brazo, un gesto para que lo dejara explicarse.
Almer dudo, entre las muchas miradas que recibía de los votantes del señor Virmaris, y la mirada perdida de la chica que amaba a pesar de todo, no sabía que version contar.
— Nos metimos en donde no debíamos, nos perdimos y no hallábamos el camino de vuelta, si hay un castigo, por favor, damelo a mi, señor. Yo la convencí, — dijo, en un tono bajo, sintiéndose perdido también. Loralin trato de contradecirlo, por primera vez para variar, tomar la culpa y la responsabilidad de sus actos. Él no la dejo. Se mantuvo firme en su dicho. — Lamento mi indisciplina, le prometo que no volverá a pasar. —
El señor Virmaris no supo cómo reaccionar, a primera instancia, había esperado una respuesta más condescendiente, algo que le diera paso libre para golpear al malhechor. Alguna respuesta rebelde para castigar a su hija por toda la eternidad. Pero aceptaban sus errores. No había insolencia, o ingenuidad, su hija no lucía como la señorita libre que siempre había sido. Entonces no actuó en contra de Almer.
El camino a casa fue corto, Almer fue al granero, a dormir. Loralin fue guiada a su casa, donde su madre la ayudó a darse un baño. Oculto el libro debajo de su cama, y se sintió como una extraña en su propia casa.
Ahora había un silencio compartido entre ambos, la certeza de que el otro no iba a traicionarlo, la seguridad de que solo el otro sabía todo lo que habían vivido y hecho dentro del libro.
No se vieron el uno al otro por varios días. Almer estaba ensimismado a realizar tareas en la granja hasta morir de cansancio. Loralin se negaba a salir de su cuarto, la carga de conciencia y culpa seguía recayendo en ella.
Más de una vez, se encontró a sí misma viendo el libro, debajo de su cama, con una ambición creciente de abrirlo de nuevo, con la carga moral de querer reparar todo lo que había hecho.
Cuando se hartó del sentimiento, retomó sus visitas a Almer. El no se negó, parecía que solo ella le brindaba la confianza para hablar de eso.