Fortuna y Conflicto

Capítulo veinte: Ante los descubrimientos

Capítulo veinte: Ante los descubrimientos

— No puedo creer que la gente sea… así. Nadie actua, hubieran dejado que golpearan a ese joven sin hacer nada, y si, era un poco idiota, pero nadie merece ser golpeado asi. — Había peleado Almer, mientras caminaban lejos de la ciudadela. Loralin lo seguía de cerca, mirándolo, asegurándose que no tuviera ningún golpe.

— Debemos encontrar esa solución pronto. Mi padre sospecha que alguna de las familias llamará a un golpe de estado. Será una masacre si sucede. — Almer tomó su mano, frotando su dedo en los nudillos de la chica, en un gesto amable tratando de calmar los nervios crecientes en ambos. Cuando se dio cuenta, abrió los ojos, y sus mejillas se pusieron tan rojas como un tomate. Loralin casi se ríe, pero no dijo nada.

Al llegar con la bruja, se quedaron afuera, habían extendido su mano para tocar la puerta pero la anciana abrió primero, dándoles una mirada a ambos. — Hasta que se dignan a venir, pasen, los estuve esperando hace días. — Dijo, entre gruñidos que no alcanzaban la molestia. Prendió unas ramas aromáticas, mientras les señalaba las sillas para que se sentaran, un caldero hervía agua encima de la chimenea, y todo tenía un olor extraño, pero ninguno dijo nada. Loralin sacó de la bolsa el libro, casi como si no quisiera tocarlo, y lo dejó en el centro de la mesita, entre ella y Almer.

Almer, por su parte, sacó los objetos que habían traído con ellos desde dentro, la bruja los inspecciono, como la mujercilla chismosa que era. Luego miró a ambos jóvenes. — Diganme todo, no omitan detalles. —

Loralin comenzó el relato, Almer agregaba pequeños detalles, luego cada uno brindaba puntos de vista; luego el se encargó de contar todo lo que había hablado con el sabio de los Melkree, procuraron extenderse en la descripción de cada criatura que habían visto. Había retrospecciones individuales, Almer incluso repasó algunos de sus sentimientos, solo los que no tenía vergüenza de admitir en voz alta. La bruja escuchaba con suma atención, les ofreció té, pasaba el humo de las ramas entre ellos, haciéndolos toser a medio relato, viendo cosas que ellos no podían.

Cuando terminaron, justo en el momento que habían regresado y ella los encontró, ella se quedó en paz con sus rituales raros. Se sentó frente a ellos y, tras momentos de silencio, habló de nuevo, por primera vez en un rato.

— Los dos maduraron en este viaje. No se porqué no lo note antes… el libro te escogió como portadora, sin embargo… sus destinos están tan entrelazados que… este viaje no lo habrían podido completar sin el otro. — ambos se miraron en ese momento, no sabían cuánto alivio les había dado aquello, pero en el fondo no encontraban ningún consuelo. — La profecía si te quería en ella, pero no lo vi antes. Fuiste la elegida para destruir la armonía dentro del libro. —

La sensación que Loralin sintió incluso la hizo sentir mareada, su garganta estaba cerrada, su corazón no hallaba salvación. La bruja, como ajena a las reacciones de la chica, siguió hablando.

— Salvaras a nuestro pueblo, condenando otro. ¿El libro les dijo algo para resolver esto? — dijo, revisando las tazas de té ya vacías, Loralinn no podía hablar, pues seguía procesando la información recibida.

— De hecho, no recordamos, vinimos para que nos ayude a ver las cosas… más claras. — dijo Almer, ahora preocupado por el bien mental de Loralin.

La bruja los miro, antes de pedir que Loralin se acostara en la alfombra del suelo. Ella tenía la mirada perdida, así que Almer la ayudó, mientras observaba como un extraño. La bruja se arrodilló frente a ella y cubrió sus ojos, comenzó a rezar, llamando la gracia de los dragones celestiales. Almer no entendía lo que decía, pero se aferraba a sí mismo, nervioso.

Loralin se quejó, parecía inconsciente, perdida en memorias. La bruja seguía farfullando cosas, Almer se inquietaba cada vez más. — Oiga, ¿está segura de lo que hace? ¡Ella está sufriendo!— dijo, tratando de acercarse. La bruja alzó su mano, para detenerlo.

— No te metas, niño Celreth, ella tiene que recordar lo que hizo. —

Y en cuestión de minutos, todo había terminado. La bruja se levantó como si nada, mientras Loralin reposaba aún en el suelo, Almer la observaba con atención, atento a cualquier cambio, notaba que su pecho, que subía y bajaba rápidamente, estaba bajando la intensidad.

Se arrodilló en el mismo lugar donde la bruja había estado, tocando su frente, tenía un poco de fiebre. Cuando abrió sus ojos, los tenía rojos, con lágrimas, se aferró al chico, sollozando. Almer sintió un golpe de necesidad, necesidad por protegerla, la envolvió en sus brazos y murmuró palabras de consuelo en su oído. La bruja se volvió ante la escena, pues seguía pensando, porque había cosas que aún no estaban claras.

Cuando la chica se repuso un poco, relato una nueva versión de aquella historia que habían vivido.

— Antes de que las hadas me engañaran, encontré el árbol que nos traería a casa, pero… no lo sentí entonces, aquellos segundos o minutos en que… me desconectaba. No recordaba que… si toque el árbol. Fue tan breve, casi un roce, pero lo hice. — Murmuró, temblando en los brazos de Almer. — La conexión entre la portadora y el libro es casi de por vida… estaré conectada al malgarog hasta que muera, y entonces elegirá un nuevo portador. — trago saliva, como si tratara de ralentizar de alguna manera sus pensamientos, pues eran tantos y tan diversos que no hallaba forma de explicarlos. — Según ese momento de claridad que tuve… El libro despertará mal alrededor de los portadores, y el precio, sin embargo, de aquel que lo utilice, tiene que ver con la energía vital. — La bruja, que había estado haciendo notas en un pergamino, se detuvo de golpe. Una gota de tinta cayó a la hoja, en un momento que parecía realmente lento.




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