Capítulo Veintiuno: Ante el desarrollo de ideas
El ambiente no mejoró mucho. Tiendas cerradas, miradas desde las ventanas, las personas tenían miedo de aquella guerra irremediable que se aproximaba, según los rumores en las calles. Las ventas en la granja estaban cayendo, después del invierno, la mitad del personal había sido despedido. Almer, por supuesto, no podía quedarse de brazos cruzados, comenzó a darle ideas al señor Virmaris para prevenir que la fruta se pudriera; con ayuda de Loralin, idearon recetas nuevas para hacer pays, mermeladas, jugos, conservas, y los dos se encargaban de irlos a vender al pueblo, aun si las ventas no era buenas, y bajo el inminente apoyo implícito a la campaña Virmaris, la gente aún era recelosa. Pero cuando el hambre azotaba devastadora en sus casas, decidían comprarles.
El señor Virmaris estaba orgulloso con el cambio de su hija, ahora tomaba en serio las cosas, valoraba más lo que tenía; con Almer, había encontrado en él el mejor tipo de trabajador. Su respeto por él siguió, luego de que se enterara lo que el acuerdo nupcial de la familia Darona pedía para unir la mano de Loralin con la de su hijo: la mitad de la granja y las propiedades, porque él era un hombre que heredaría gran poder.
Cuando se negó, los Darona organizaron un plan secreto para que Beltien la interceptará e intentará manipularla y aceptar el acuerdo; ella se negó, causando que el muchacho se molestará, pues en juego estaba su honor frente a su familia, entonces intentó jalonearla para hacerla entrar en “razón”. Él, por supuesto, no esperaba que Almer, quien cuidaba con gran recelo a la chica, le diera un puñetazo.
Aquel plan fallido había hecho que los Virmaris perdieran uno de sus clientes más estables, pero el padre de Loralin estaba más contento de tener a su hija a salvo, lejos de las garras convenencieras de aquella familia. Entonces, le hizo prometer a Almer no alejarse de ella a partir de ese momento. Él no tenía intenciones de hacerlo.
Frente a un ambiente político tan grave, el amor que se consolidaba y fortalecía entre ambos era una rebelión, una que solo estaba salvo bajo la nueva bendición de la familia de Loralin, quienes veían en Almer a un chico trabajador, honrado, y que protegería a su única hija de manera incondicional.
A mediados de la primavera de ese año, las condiciones económicas comenzaban a flaquear, las familias no podían proveer a sus integrantes y al mismo tiempo a sus votantes, entonces se llevó a cabo la segunda reunión entre familias. La bruja notaba la diferencia, meses atrás todos vestían con arrogancia, sus palabras llenas de veneno; ahora, todos lucían infelices, agotados, desesperados por ayuda.
Conociendo el relato de los cinco dragones celestiales, que los jóvenes le habían contado lo habían escuchado dentro del libro, la anciana lo relato de nuevo, ningún representante de familia se dignó a interrumpirla.
La bruja sabia que ellos no cuestionarían su sabiduría, no tratarían de contradecirla; si Loralin hubiera intentado tener esta conversación con ellos, no le creerían, y si le creyeran, tendría que explicar cómo sabe más con tan pocos años de vida; si ellos supieran acerca del libro, Almer y Loralin serían peligrosos.
Los jefes de familia estaban reacios, mirando el mapa, con la ambición de tenerlo todo para ellos mismos. La bruja aconsejaba.
— Sigamos el curso que los dragones pintaron para nuestro mundo, todos sus votantes han adoptado sus costumbres, los dragones a los que alaban, a los que les rezan, el cambio no debe ser abrupto; en las canciones que ustedes escucharon en la infancia se nos decía que el mundo prosperaba cuando cada dragón cuidaba su cielo. —
Y no aceptaron, porque resultaba inconcebible ceder tanto terreno a sus contrincantes, aún así, la idea se plantó en sus cabezas y cada uno repasaría que tan buena era, por el bien de sus familias y sus votantes. La segunda reunión para la consolidación del poder había sido un éxito agridulce.
Loralin y Almer escuchaban cosas, cada que iban al centro del pueblo a vender, la gente se preocupaba por las costas, no hacía mucho habían sido atacadas por piratas. En el norte había revueltas, más allá del mar había territorio no habitado que tenía recursos para que cien familias subsistieran.
Ellos se miraban porque conocían la solución, pero no sabían cómo decírselas a todos, eran testigos, también, del hambre que provocaba toda esa lucha.
Estaban en el granero, al atardecer, observando viejos mapas que habían sido dibujados décadas atrás, en pergaminos que ellos habían robado del registro de la ciudad. Almer sonreía al verla, mientras analizaba el mapa, tratando de entender los límites de cada región. Su sonrisa era leve y se sentía culpable, porque había problemas más graves en juego y el no podía evitar que ella fuera lo único que le importara. Cada que ella volteaba para mirarlo, él ya tenía su mirada puesta en ella.
La hizo sentir nerviosa, se sonrojo ligeramente, antes de carraspear. — Las fronteras pueden ser débiles al principio, pero debe haber alguna forma de establecerlas… algo mas fijo.— Almer ni siquiera entendió lo que había escuchado, solo asintió.
— Claro, la bruja podría darnos más ideas. — murmuró, ladeando su cabeza al mirarla a los ojos, su rostro ensuavecido, sereno. Ella bufó, luciendo casi ofendida.
— Ni siquiera sabes lo que dije. Estoy tratando algo serio aquí, Almer. — murmuró, frunciendo ligeramente sus cejas. Él sonrió.