Fortuna y Conflicto

Capítulo veintidos: Ante la región Saltus

Capítulo veintidos: Ante la región Saltus

A finales de otoño, las condiciones eran un poco más llevaderas. Había un breve acuerdo entre votantes, no permitieran que la gente siguiera enfermando por falta de acceso a alimentos o recursos, sobre todo porque aquellas reuniones mostraban una esperanza en cada uno. Estaban cansados de pelear.

Loralin y Almer habían compartido su idea con la bruja, quien, con su ayuda, había dividido de mejor manera los territorios, en teoría, podría funcionar, entonces se organizó la tercera reunión. El señor Virmaris quiso a su hija presente, porque sería quien heredaría el poder cuando él muriera. El diálogo entre representantes de familia seguía tenso, pero todos estaban más flexibles al diálogo, aún si terminaba en discusiones.

A consecuencia de la presencia de Loralin en la reunión, los demás llevaron a sus herederos, incluyendo a Beltien a lado de su padre, lo que despertó nuevos roces y discusiones.

— Ese pequeño zángano, trató de quitarme la mitad de mi granja, ¿Con qué derecho? Mi hija heredará la granja, y no permitiré, si se casa, que el poder le sea arrebatado. — peleo, mientras el señor Falar, cuya primogénita también sería heredera, asentía de acuerdo.

El señor Soliann también intervino. — De cualquier manera, sería mucho poder concentrado en un solo matrimonio… Aquel podría ser un acuerdo entre territorios, sin matrimonios estratégicos, más que con la misma gente militante, no a la unificación de poder. — dijo, y aunque los Darona se opusieron, la mayoría votó de acuerdo, y la bruja lo escribió en un pergamino que tituló “Tratados entre regiones. División de Shahadur”.

Se trataron las posibles divisiones de territorio, algunos no querían ceder la región del centro, entonces esto se extendía más de lo requerido. La bruja dio por terminada la reunión cuando comenzaron a pelear de nuevo.

Almer estaba esperándolos afuera de aquella cabaña, en el centro de la ciudadela, cuando los vio salir, caminó hacia ellos de inmediato.

— ¿Cómo nos fue? — pregunto, mirando a Loralin y luego al señor Virmaris, que suspiraba mientras seguía caminando.

— Como siempre, algunos no quieren escuchar razones, pero algun dia de estos comprenderán que es lo mejor. — Almer asintió, dándole una palmada en el hombro.

— Verá que sí, señor. La bruja conseguirá que entren en razón. — y los tres caminaron a casa.

Habían pasado un par de meses desde que los Virmaris comenzaban a percibir a Almer como parte de la familia, el muchacho se había convertido en el mejor apoyo para que el negocio prosperará, mientras el padre de Loralin se encargaba del aspecto político; incluso había empezado a comer con ellos, dentro de la casa, y su aspecto dejaba de ser el de un simple ayudante, ahora coordinaba a los trabajadores. Estaba ganándose un lugar dentro de la familia.

Después de la cena, los padres de Loralin salieron a su reunión semanal con sus votantes; ellos se quedaron en la casa, en silencio, porque, aun con todo el amor entre ellos, habían cosas que cargaban, y que no podían perdonar.

Las peleas entre ambos no eran comunes, pero siempre había una. Recordaban a Nalyo de maneras diferentes, ambos con distintas versiones de lo que había sucedido, porque habían decidido olvidar, pero los seguía persiguiendo. — ¿Vale la pena todo lo que estamos haciendo? — preguntó Almer, mirando su plato vacío, sus manos entrelazadas sobre la mesa, para evitar tomar la mano de Loralin. Ella lo miraba, tensa.

— Vale la pena, es el lugar donde viviremos el resto de nuestros días. — murmuró, él la miró, como si la retará.

— ¿El resto de nuestros días? ¿Y cuántos días serán aquellos, eh? ¿Quince? — Él lamió sus labios, aquel gesto nervioso que usaba para dejar de hablar y decir algo de lo que se arrepentiría. Trago saliva antes de hablar. — No sabemos cuánto vamos a vivir, probablemente menos que tus padres… Si no hubieras matado… — se detuvo, se obligó a dejar de hablar, porque era el tema más delicado que tenían. Porque era el que más dolía, y que sin embargo los unía irreparablemente.

Ella se levantó de la mesa, asintiendo. — No sabemos si lo hice… — Trato de defenderse, él la miró con incredulidad.

— Tenías la navaja, por favor. — dijo, alzando un poco la voz. Ella no se quedó callada.

— ¡Tú me la diste! eres tan culpable como yo, Almer. No lo niegues. — Dijo con el mismo tono, poniendo sus manos en la mesa, su cuerpo rígido, su respiración cortada, como si tratara de controlar sus ganas de llorar. El lo noto, como siempre hacía, se levantó y tomó sus brazos, recargo su frente sobre la espalda de la chica y cerró los ojos, porque dolía.

— Tal vez nunca debimos entrar… Y si era nuestro destino, como dijo la bruja, entonces ojalá no nos hubiéramos conocido. — murmuró, tan doloroso y lento como una puñalada, una que ambos le hacían al otro. condenados y atados para siempre al otro.

Después del invierno, en la cuarta reunión se presentaron los planes económicos para cada familia, remarcando, de nuevo, los territorios que les eran útiles, a cada una, para proseguir con sus negocios, incluso extenderlos. Los demás estaban algo cerrados a aceptar recomendaciones de dos jóvenes inexpertos, pero confiaron en ellos después de decir que, bajo la tutela de la bruja, se habían empeñado en aprender sobre historia antigua, y tenían un gran conocimiento por canciones y antiguos rezos. De ahí, explicaron poco después, habían encontrado los nombres asignados a las regiones, gracias a los dragones.




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