Fortuna y Conflicto

Capítulo veintitrés: Ante el nuevo título

Capítulo veintitrés: Ante el nuevo título

Dos años después de haber entrado al libro, Saltus estaba casi consolidado en su totalidad, entonces, decidieron seguir dividiendo la capital.

Aqua, como se llamaba al terreno de la dragona Aqualia, era la más lejana de todos, con viajes en bote para poder llegar hasta su destino. Enviaron gente, que como en Saltus, inspeccionaría todo, marcaria los terrenos, harían mapas más detallados; luego comenzaron las construcciones. Aurum, también cruzando el mar, había tenido el mismo destino. La gente se veía más animada, con esperanzas de un futuro mejor.

Ignis, en las tierras carbónicas del norte, fue aceptado por el señor Falar, quien se puso manos a la obra para consolidar su reino. Se había proclamado rey de inmediato, y supervisaba con minucioso cuidado la construcción de su castillo, tan grande, imponente y orgulloso, tal como el.

Los empleos prosperaron, pues habían muchas cosas que hacer con fin de consolidar cinco reinos distintos. La granja Virmaris prosperaba también, bajo el cuidado de Loralin y Almer. Cuidando del puesto, bebían jugo de fruta en silencio. Aquellos habían sido comunes entre ambos, solo sintiendo la tensión y la presión de manejar un negocio familiar por su cuenta. Almer tocó su mano, despacio, como buscando aquel consuelo que solo podían darse entre ellos. Ella aceptó el contacto, uniendo sus manos, una promesa muda de que estarían juntos, sin importar que.

— ¿Tu padre quiere ser rey, igual que el señor Falar? — preguntó Almer, minutos después. Ella tragó un sorbo, antes de encogerse de hombros.

— Bueno, hay algo legal después de todo, ya sabes, habrá cordialidades, y documentos que firmar, y después de esa escena que el señor Falar hizo, cualquiera de ellos va a querer ser rey. Así que supongo que sí… se proclamará o algo parecido. — Almer asintió, mirando sus manos unidas, pensando. Ella se dio cuenta. — ¿Qué pasa? ¿No te gusta la idea? Seré una princesa gentil y buena, lo prometo. — dijo, con lo que intentaba ser un toque de humor. El solo negó con la cabeza.

— No es eso… es solo que… bueno, ¿que significa eso para nosotros? El que él se convierta en rey… ¿En que me convierte? ¿Un lacayo real? — murmuró, casi con sorna, Loralin no supo si era por la cuestión del título o porque le parecía injusto.

— Bueno, ahora eres la mano derecha de mi padre, no creo que tengamos que preocuparnos por eso… — murmuro, sin estar muy segura. Almer se enfado un poco, no por envidia, sino por vulnerabilidad. Aquel sentimiento de estar desprotegido.

— Tu no tienes que preocuparte, serás una princesa con trono asegurado, yo soy hijo de nadie. ¿Un huérfano con un título ostentoso? Por favor, no estamos dentro de un libro maravilloso…— Y se calló, porque aquello traía recuerdos malos para ambos.

Dejaron de hablar poco después, dejaron la conversación morir entre ambos, como si la mención del libro significará el silencio absoluto, el perder derecho del habla. Para ellos era así.

Los representantes de las familias financiaban, cada uno, la construcción de sus reinos, cobraban impuestos y se aseguraban del bienestar de sus militantes. Todos parecían felices con el acuerdo, y algunos habían empezado a adoptar títulos para sus gobernantes, pues aquel título se quedaba corto en comparación con los sentimientos de agradecimiento que les tenían, algunos alegando que el poder divino de los dragones era más grande que guardar sus territorios con un simple gobernante. Soberano, guardián, y a veces rey era como los llamaban. Los comerciantes, los niños, todos adoptaron la palabra de a poco. Loralin no podía acostumbrarse a recibir un respeto ciego, sentía que no lo merecía.

Se convocó a otra reunión, donde la bruja, más anciana que antes, cuidaba que, entre los cinco, no hubiera discusiones ridículas. Cada uno, sin embargo, estaba aceptando el cambio de la mejor manera, ahora se trataban como amigos de toda la vida, sin hostilidad.

Se repasaron los tratados entre reinos, uno de ellos, esencial para el futuro, que harían estas reuniones en cada cambio de gobernante, que se respetaran los intereses de los cinco reinos y que, al mismo tiempo, se priorizaría el bienestar común de la población general.

Se establecieron fronteras, que por el momento eran débiles, pues las personas seguían cruzando de reino en reino para establecerse. Se mejoraron las políticas de cada reino; los aspectos religiosos, los culturales, económicos, educativos.

La reunión terminó con un abrazo, con palmadas en los hombros, apretones en las manos, sonrisas confiadas, palabras amables. Y la construcción de la paz seguía avanzando. Pasaron semanas de trabajo sin descanso, todos hacían algo, contribuían para la construcción de cada soberanía, todas tan diferentes, tan únicas, y a la vez tan iguales. Se construían, desde cero, cinco reinos hermanos.

En un viaje hacia el centro de la ciudadela, Loralin encargó a un joyero realizar un anillo con la piedra preciosa que había traido del libro. Aquel hombre la miro con ojos abiertos, pues nunca había visto nada igual. Ella prometió una buena paga, entonces acepto sin rechistar. Loralin sonreía despacio, tratando de pensar en un diseño adecuado. — Es un regalo. — explicó, con una risita nerviosa.

Cuando volvió a casa (su nueva casa, aquel castillo pequeño que se sentía gélido), noto que en la sala principal había una familia, hablando con su padre. Ella se quedó ahí, espiando. Era una pareja, con dos pequeños niños, hablando entre gritos, asustando a los pequeños.




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