Capítulo veinticuatro: Ante la consolidación
Cuatro años habían pasado después del libro y los reinos tomaban fuerza cada vez más. En Argentum, se consagraba el primer templo dedicado a Draciel, la dragona madre, en una ceremonia de toda una noche, en donde se esperaba la presencia de la comunidad, y de la familia real.
Habían asistido a varios eventos de la misma índole, y sabían que habrían próximos, pues el fortalecimiento de su reino era todavía un proceso, lento pero seguro. El rey delegó, dejó a su hija a cargo del evento, quien recitó unas palabras que había preparado, diez minutos antes. Por supuesto, Almer estaba ahí, cuidando de ella, ayudando y dividiéndose el trabajo. Eran un excelente equipo.
Se prendieron fogatas en honor a la familia, se preparó un banquete, la bruja apareció y desapareció, en medio de la fiesta, y la gente aprovechaba la ocasión para celebrar el nuevo reino pero también para agradecer a la dragona por sus nuevos líderes.
Loralin se paseaba entre la gente, escuchando sus bendiciones, regresando palabras amables, pláticas cordiales, solo socializando. Almer la miraba de lejos, sonriendo, pendiente a cada movimiento de aquella mujer que lo volvía completamente loco.
Ella se acercó a él una vez que se había librado de la gente, lucía agotada, una especie de cansancio que te hacía sentir bien, porque era para los demás. Ella le sonrió levemente.
— ¿Disfrutas la fiesta? — preguntó, como si ellos no se conocieran de toda la vida. Almer se rio ligeramente, asintiendo.
— Si, por supuesto. Una gran fiesta. — murmuró, siguiendo el juego. Ella rió levemente.
— Mientes, una fiesta no se disfruta hasta que bailas. — Almer frunció las cejas ligeramente, abriendo la boca para hablar, preguntar a qué se refería con eso. Ella no le dio oportunidad. Lo tomó de las manos y lo llevó al centro de la celebración, donde otras parejas también bailaban. Él era torpe, brusco, no sabia que hacer con las manos y perdía el control de sus pies, pues no encontraba los pasos correctos para moverlos. Ella se reía de él, él tenía las orejas rojas y acaloradas, con las cejas fruncidas, mirando ambos pares de pies, tratando con todo su esfuerzo seguirle el ritmo, copiar sus pasos.
Ella movió sus manos, las colocó donde debían ir, tomó su mentón y lo hizo alzar el rostro. Luego, le habló en un murmullo, dentro de aquella burbuja invisible donde solo existían ellos dos. — Hey, relájate. Déjame guiar esto… tú solo tienes que moverte. — indicó, mientras se movían, de lado a lado, despacio. Todos los demás seguían el ritmo de las canciones, con pasos complejos y divertidos, ellos dos, seguían el ritmo de su propia canción, una que sus corazones reproducían.
Se abrieron escuelas para los niños, se ofrecieron oficios, también se mejoraron las leyes marítimas, que permitían los negocios e intercambios entre reinos. Había descontento, por aquellos radicales que no querían a ninguna de las cinco familias; el rey, no tenía más opción que castigarlos. Suprimirlos… Loralin observaba aquellos choques sociales, Almer entendía el resentimiento que sentían. Veían al hombre, más canoso, más ojeroso, y cansado. Habían estado ahí cuando decidió expulsar a uno de esos grupos, ella estaba de acuerdo, él tenía dudas. No habían deseado gobernar con suciedad, y ahora tenían muchas cosas que los unían, no con el amor, como ellos deseaban, si no desde la culpa.
Detrás de todo el trabajo, el rey estaba saturado de papeleo, de obligaciones, de deberes. Como era de esperarse, comenzó a delegar, antes de que el peso de una corona que todavía no tenía lo quebrantará.
— Ve con el rey de Saltus y haz el intercambio personalmente. Una carretilla de hierbas medicinales para surtir al curandero a cambio de frutas de temporada que ellos no pueden cosechar allá. — había dicho, confiando tareas politizadas a su única hija. Loralin cumplía al pie de la letra lo que le era encomendado. El estaba orgullosa de su legado, vivo en carne y hueso en su única hija.
El chico, su mejor mano derecha, le aconsejaba. El rey era sabio, por supuesto, era un buen líder, con gran corazón, severo cuando se requería severidad, pero empezaba a escucharlo más.
— Si podemos pescar más, y vender esos pescados a Saltus, tan lejano de costas aptas para pescar, podemos sacar una ganancia. Es el reino más lejano de Aqua, y ellos con sus nuevas tarifas de precios, no ven un negocio factible. No afectaríamos los tratados, ni el negocio de Aqua. — Murmuró a su lado, mientras el rey repasaba un mapa en la mesa de su oficina, asintiendo.
— Comienza los preparativos, que los pescadores dirijan el producto hacia Saltus y que los vendan a un buen precio. — ordenó el rey, haciendo a Almer asentir obedientemente. En estos casos, él era el mejor para hablar con los trabajadores, y conseguir acuerdos aceptables para todos.
La relación entre ambos había ido mejorando conforme los meses, confiaban en el otro, y Almer era el único que tenía permitido decirle “Señor Virmaris” al rey, este lo reconoció públicamente.
— Hablen con Almer, cualquier cosa que decida, yo lo respaldo, responderé por él. — había anunciado una vez, cambiando todo ante el pueblo. En Almer veían a un hombre confiable, alguien abierto al diálogo que vería por los derechos de los de abajo, como el.
El secreto sobre su origen se volvió público poco después, el chico huérfano, que ahora era la persona en la que el rey más confiaba; una digna historia de superación. No mencionaban esa historia, pero la sabían, se identificaban con él, lo querían y sabían que él era una figura necesaria, el puente entre el pueblo y la corona.